Moro político: compromiso e integridad

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Duración lectura: 3m. 44s.

El canciller inglés tuvo dos vocaciones y fue fiel a ambas: la intelectual y la política.

Como estadista, Tomás Moro fue un hombre eminentemente práctico y prudente; supo mantener intacto el compromiso con sus convicciones e indemne su integridad, en un momento en el que la manera más cómoda y fácil de medrar era la adulación y la hipocresía.

En su caso, y tal vez con mayor razón que en otros pensadores, las soluciones políticas parten del análisis detallado de la situación y descansan en un prolijo y atento examen de los problemas sociales. Es de esa inteligencia práctica que disecciona los conflictos y sus causas de donde surge su compromiso político. En este sentido, Utopía se ha considerado un verdadero documento que refleja la situación de la sociedad inglesa del siglo XVI.

Moro se preocupa en su obra de la incipiente mercantilización del trabajo y la pérdida de relevancia del campo. Revela su inquietud por la manipulación de los precios, la desigualdad económica y la propagación de la pobreza, pero alude también a otros fenómenos no económicos como la crueldad y la ineficacia del derecho penal, por ejemplo.

La vida y la obra de Moro ilustran magistralmente que la honestidad y la integridad no están reñidas con el ejercicio del poder

Gracias a ese conocimiento, su labor política fue fructífera. Si se repasa su carrera, es difícil encontrar un político profesional tan preparado, honesto y leal como el “humilde servidor” de Enrique VIII. Fueron sus virtudes y cualidades humanas –y no el servilismo arribista– las que le valieron para alcanzar los cargos más importantes y convertirse en el colaborador más cercano del monarca.

Moro mostró prudencia y un atinado olfato diplomático para defender los intereses de la corona que tenía encomendados, pero también arrojo y valentía cuando lo que estaba en juego eran sus creencias más íntimas. La defensa que hace en Utopía de la política gradualista y pragmática no es una posición acomodaticia ante el poderoso, sino una forma perspicaz de enfrentarse a la debilidad humana y combatir las servidumbres del poder y sus tentaciones.

Hubiera sido fácil para un hombre de la competencia intelectual de Moro desentenderse de la vida política y de los problemas de su tiempo. Por ello, su dedicación a la función pública y su confianza en la prudencia y en los cambios paulatinos ilustran magistralmente que la honestidad y la integridad no están reñidas con el ejercicio del poder político. Es esa unidad de vida lo que explica que Juan Pablo II le nombrara patrono de los gobernantes y de los políticos (ver Aceprensa, 1-11-2000).

Gerard Wegemer, experto en la obra del canciller inglés, ha destacado alguna de sus contribuciones más importantes. Por ejemplo, en un momento de tensión entre el parlamento y las exigencias económicas del rey, abogó con valentía por la libertad de expresión y por los derechos de esa cámara, sabiendo que sus miembros podían verse coaccionados para satisfacer las demandas de la monarquía. Se cree, asimismo, que pudo haber sido uno de los principales impulsores de un proyecto de reforma elaborado por políticos ingleses en 1530, en el que, entre otras cosas, se diseñaba un sistema de asistencia social para los más desfavorecidos bastante adelantado para su época.

Si se leen las principales biografías sobre Moro, desde la primera escrita por su yerno, William Roper, hasta las publicadas por los investigadores contemporáneos, una de las cosas que más llaman la atención de este político invulnerable al soborno no es únicamente la fidelidad a sus convicciones, sino su profunda honestidad y su extraordinario sentido de la lealtad, una cualidad que le permitió sostener, antes de ser condenado por traición, que jamás había hablado, ni en público ni en privado, sobre el polémico matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena.

La vida y la obra de Moro nos recuerdan hoy, ante el desprestigio de las instituciones y los representantes públicos, que el crédito y el respeto en política depende sobre todo de la integridad y la altura de miras de quienes la ejercen.