El “Día de la raza” y lo que no hay que celebrar

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Duración lectura: 7m. 24s.
El día de la raza y lo que no hay que celebrar

Monumento a Cristóbal Colón en la capital de Guatemala (CC René Hernández)

 

Ciudad de Guatemala.— Lo que tradicionalmente ha sido una fecha de ferias, desfiles y celebración se convirtió en este año en un día de reflexión y preguntas sin respuesta: ¿Qué celebramos el 12 de octubre? ¿El día de la raza, de la hispanidad o de la resistencia indígena? ¿Ninguna de las anteriores es correcta?

En Guatemala, el último 12 de octubre atravesamos la jornada con altibajos emocionales: por la mañana una turba pintó y dañó monumentos localizados en la avenida Las Américas, entre ellos el de Cristóbal Colón y la estatua del general José María Reina Barrios. A Colón no lograron derribarlo por más que lo intentaron (les obligó a renunciar la colmena de abejas a las que despertaron con sus ataques), pero ello no impidió que estos grupos llamaran la atención sobre el objetivo de sus acciones: hacer una revisión histórico-crítica de la conquista y reclamar ese día como el día de la resistencia indígena.

La licenciada Carroll Ríos de Rodríguez es catedrática de política, economía e historia en la Universidad Francisco Marroquín. Para ella, esta forma de crítica ignora lo positivo del mestizaje y la unión de dos culturas. “Cuando era niña –recuerda–, los colegios aprovechaban esta fecha para recordarnos cómo fue que Cristóbal Colón logró atravesar el océano y descubrir América. No se negaba que algunos españoles trajeron enfermedades que aquí no se conocían, y que otros se comportaron de forma cruel en su trato con los indígenas, ni tampoco que las expediciones venían en busca de riquezas para alimentar un sistema centralizado y mercantilista. Pero también se señalaba que ese encuentro entre dos culturas distintas produjo una nueva cultura que abrazó elementos hispanos e indígenas, y también que una de las riquezas más grandes que compartió el reino español con nosotros fue su cristianismo. Me quedo con una fecha que nos permite reflexionar sobre el pasado y atisbar la verdad, con sus cosas buenas y malas”.

El indigenismo se entrelaza con una interpretación de la historia como un choque entre clases o grupos necesariamente antagónicos

Por su parte, el profesor Moris Polanco, filósofo y escritor, explica que el nombre ha cambiado para adaptarse a la sensibilidad histórica. “Es una señal clara de que en nuestro tiempo no estamos seguros de qué conmemoramos. En lo particular, no tengo vergüenza en referirme a él como Día de la Hispanidad, pero soy consciente de que debemos profundizar en el concepto de ‘hispanidad’, de manera que se refiera a una cierta cosmovisión que nos diferencia de otras formas de ver el mundo. ¿Qué caracteriza esa cosmovisión? No puedo abundar en esto aquí, pero creo que es una tarea pendiente para los pensadores españoles e hispanoamericanos”. Para él, este día es precisamente una ocasión de reflexionar sobre estos temas.

De la misma manera que debemos plantearnos lo que significa una identidad hispánica, es también menester preguntarse por lo que reclama este esencialismo indígena. La indigeneidad, ¿es algo genético? ¿Eres indígena si te ves de cierta manera o usas traje? No puede ser tampoco una cuestión de lengua ni de tradiciones, pues estas no son uniformes ni comparables (los indígenas de Quiché tienen poco que ver con los de Petén), por lo que vemos entonces que la identidad indígena que estos grupos reclaman es artificial y vacía de contenido, definida únicamente por su exclusión del ladino y del mestizo: cuestión aún más llamativa, puesto que, como hemos dicho, somos todos mestizos en mayor o menor medida.

Buscar lo que nos une

En lo que ambos intelectuales concuerdan es que en el objetivo de estos movimientos revisionistas hay más que un deseo de reparación histórica. Carroll explica que hay diferentes movimientos que rechazan la conquista y diferentes motivos detrás de ellos. “Quizás –dice– la voz más exaltada es la del marxismo gramsciano que quiere reescribir la historia, o derrocar la historia, o negarla, porque es una historia escrita por hombres heterosexuales explotadores que crearon un sistema mediante el cual pueden ejercer un poder hegemónico sobre otras razas y otros géneros. Para estos grupos, es importante derribar las estatuas de Colón para derribar también el sistema. Es una mentalidad revolucionaria que ve la necesidad de destruir para poder construir un orden distinto”.

Según la catedrática, el indigenismo se entrelaza con esta interpretación de la historia como un choque entre clases o grupos necesariamente antagónicos, impelidos por un determinismo histórico.

Polanco concuerda en que muchos de estos movimientos tienen como base una ideología marxista. “Las manifestaciones en torno al 12 de octubre tienen una finalidad política, muchas veces inspirada por esquemas de pensamiento marxista. En este caso, se trata de definir dos supuestas etnias (ya no clases) y enfrentarlas. Pero es un error. El buen político sabe que su misión es unir, no separar. El bien común llama a reflexionar sobre nuestras raíces y a tomar lo mejor de ambos mundos, sin insistir en buscar víctimas o culpables. El mestizaje no es un fenómeno de décadas, sino de siglos, y en nuestro caso es incipiente”.

“Reconocer que, tras varios siglos de historia, ya todos somos bastante mestizos, tiene una gran ventaja: resta importancia a la raza” (profesora Carroll Ríos)

Pero las ideas que estos movimientos promueven no son inocuas. Las consecuencias no intencionadas de sucesos como los del 12 de octubre van desde un demérito de la realidad mestiza hasta un odio a lo que se percibe como la raza o etnia ajena (aunque en realidad no sea totalmente ajena, por el profundo mestizaje que hay en estos países). Según Polanco, es peligroso insistir en la división y en la confrontación. “Por encima del reconocimiento de nuestra identidad ‘racial’ está nuestra identidad como guatemaltecos. Insisto en que debemos buscar lo que nos une: un conjunto de leyes, la historia, los retos que como sociedad debemos afrontar, el idioma español, la gastronomía, el humor y cierta actitud ante la vida, que yo diría que es básicamente optimista y positiva”, explica. Insistir en lo que nos une y no en lo que nos distingue es también para la profesora Ríos la clave de la actitud hacia la historia que debemos tener si queremos construir un futuro nacional.

El valor de no ser puro

El problema de estos movimientos, según ella, es que “se niega la realidad y el valor del mestizaje. Se vuelve imposible abrazar ambas herencias, o hacerlas una, o combinarlas. Se vuelve imposible celebrar el encuentro de dos culturas que aportan algo valioso a nuestras vidas. Se quiere mantener las dos tradiciones muy separadas y reñidas una con la otra. En cambio, el reconocer que, tras varios siglos de historia de la humanidad, ya todos somos bastante mestizos, tiene una gran ventaja: resta importancia a la raza. Ya no es importante el color de nuestra piel, sino los valores que abrazamos y que nos unen a otras personas”.

En esto mismo insiste también Polanco: “Si alguien busca la confrontación, cualquier excusa es buena. Hoy se ha tomado la bandera de la cultura; antes eran las diferencias económicas o de clase… No hay que ocultar el hecho de que en nuestros países se da la discriminación por motivos raciales o culturales, pero todos reconocemos que es algo que hay que superar. El camino no es la confrontación, sino la educación. Si a los niños se les hace ver, en la familia y en la escuela, que, por encima de las diferencias raciales está la dignidad del ser humano, que merece un infinito respeto, creo que las cosas mejorarían”.

La realidad es que estos movimientos pueden confundir el deseo de reconocimiento y el reclamo de igualdad con un rechazo a quien es diferente. En este sentido, Ríos hace una reflexión sobre lo que Martin Luther King habría pensado sobre las graduaciones segregadas en los campus de algunas universidades prestigiosas de Estados Unidos. “Su visión era una de encuentro, de unión porque él reconocía en cada persona un hijo de Dios merecedor del derecho a la libertad, la vida y la propiedad. Y veía las barreras artificiales que habían colocado en el camino de algunas personas –prohibiciones e impedimentos legales– como barreras injustas”.

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