La polémica que divide a los conservadores

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Duración lectura: 7m. 44s.
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Dentro del debate sobre cómo afrontar la batalla cultural, en el ámbito conservador cristiano sigue viva la cuestión de si los creyentes tienen un aliado en el orden liberal, o si este juega en su contra.

Recientemente, R.J. Snell, director de la revista Public Discourse, ha llamado la atención sobre una idea que está calando entre los conservadores: la sospecha de que apelar a la razón pública –esto es, a unos argumentos civiles, válidos para todos– no solo no sirve para hacer frente a la intolerancia del progresismo cultural, sino que le hace el juego.

Según esta visión, acceder a debatir las cuestiones sociales controvertidas en los términos que dicta el liberalismo contemporáneo lleva a los creyentes a asimilarse y a olvidar el “propio lenguaje, argumentos, autoridades y compromisos morales”. De ahí que los conservadores que siguen defendiendo la posibilidad de un diálogo en esos términos se hagan “cómplices” y “colaboradores del enemigo”.

Este es el cambio decisivo en un debate que lleva años en marcha y que tiene muchas vertientes. Ya no se discute simplemente si la tradición liberal clásica ha sido distorsionada por el relativismo o el secularismo, sino si las propias reglas de juego liberales lastran la opciones de los cristianos en el debate cultural.

Redescubrir la ley natural

Pocas cosas reflejan mejor ese giro que la evolución de la revista First Things, bastión del conservadurismo estadounidense. Del planteamiento de su fundador, Richard John Neuhaus (1936-2009), que no veía incompatibilidades de fondo entre el orden liberal y el catolicismo, aunque no ocultaba las tensiones que podían darse entre ambos, la revista ha pasado a convertirse –bajo la batuta de su actual director, Rustin Reno– en una plataforma para la nueva derecha posliberal. En ella sobresalen pensadores católicos como Patrick Deneen, Sohrab Ahmari o Adrian Vermeule, y cristianos de otras denominaciones, como Rod Dreher.

En su artículo, Snell admite que apelar a la ley natural para hacerse entender “en tiempos que no son particularmente razonables” suena utópico. Él también percibe con claridad “las muchas patologías” del debate público contemporáneo. Con todo, añade, “algunos de nosotros mantenemos (de forma tozuda) que, dado que la ley natural no puede ser extirpada del ser humano –pues eso supondría el borrado de lo humano–, existe una razón pública, ya que todo el mundo tiene acceso a los principios básicos de la razón y la moral”.

La razón pública no tiene por qué aguar la identidad cristiana, como tampoco la filosofía quita nada a la religión. En cambio, prescindir de la ley natural es privarse de recursos para conocer la naturaleza humana, los principios que guían la vida buena, el bien común…

Cuestión de pluralismo

Lógicamente, el planteamiento de Snell queda abierto a la réplica posliberal. Pero quizá lo más significativo del momento es que se cuestione el pluralismo cristiano, como si solo hubiera un modo correcto de ser creyente en la sociedad actual.

En este duelo intelectual, los conservadores partidarios de subrayar lo distintivo cristiano, incluso con contundencia, se quejan a veces de la fijación que los conservadores de corte liberal tienen con ellos. Pero se les puede objetar que los que han abierto el fuego amigo han sido ellos, primero con su sátira a la moderación, y luego con sus anatemas, que convierten a los conservadores partidarios de la razón pública en cómplices del izquierdismo.

La cuestión quedó paradigmáticamente expuesta en el debate entre Sohrab Ahmari y David French, dos reputados conservadores estadounidenses. Primero hubo un cruce de artículos entre ambos, y luego siguió un evento en la Universidad Católica de América moderado por Ross Douthat, otro importante intelectual conservador.

Sohrab Ahmari es el jefe de opinión del New York Post, converso al catolicismo desde el ateísmo, apasionado, crítico con el liberalismo clásico y uno de los representantes más destacados de la derecha posliberal, junto a Rod Dreher y Patrick Deneen, dos de los autores con los que firmó una importante declaración contra el viejo consenso republicano (ver: “Debate sobre el conservadurismo post-Trump”).

David French ha ejercido la abogacía durante muchos años y actualmente trabaja como comentarista político en The Dispatch, tras su paso por National Review. En el ámbito conservador cristiano, era conocido sobre todo por su historial a favor de la libertad religiosa. Es un hombre analítico, sereno, partidario del liberalismo clásico, muy crítico con Trump y de confesión evangélica.

Hay que imaginar cómo serían las cosas sin las salvaguardas del orden liberal

Guerreros culturales

En mayo de 2019, Ahmari abre fuego con un artículo en First Things, titulado “Against David French-ism”. Más que un ataque personal, es una enmienda a la totalidad a una forma de ser conservador.

Ahmari reprocha a French que su tono moderado, su cortesía y su liberalismo clásico son completamente inadecuados para el momento presente. Es ingenuo pensar –dice– que las instituciones liberales garantizan el pluralismo suficiente para que los creyentes lleven una vida en paz. La “única forma” de que los creyentes se hagan respetar en la esfera pública es “librar la batalla cultural con el propósito de derrotar al enemigo y de llevarse el botín en forma de una plaza pública reordenada al bien común y, en último término, al bien supremo”. Y para esto, hacen falta guerreros culturales, no tipos agradables como French.

Ahmari también reprocha a French que fíe el avance de la causa conservadora principalmente a la cultura; es decir, a los cambios en las mentalidades y los valores, y le afea que desprecie “el uso del poder político para promover el bien común, incluso en el ámbito de la moral pública”. No está muy claro qué es exactamente lo que está proponiendo Ahmari. Pero si uno sigue leyendo su artículo descubre que, como mínimo, significa dos cosas. Primera, que la batalla cultural es inseparable de la batalla política. Y segunda, que, en las circunstancias actuales, el estilo de hacer política de Trump es necesario para hacer avanzar la causa conservadora en el espacio público.

El último párrafo de su artículo, resulta particularmente inquietante: “Los progresistas entienden que la guerra cultural significa desacreditar a sus oponentes y debilitar o destruir sus instituciones. Los conservadores deberían abordar la guerra cultural con un realismo similar. El civismo y la decencia son valores secundarios. Regulan el cumplimiento de un orden y de una ortodoxia establecidos. Debemos tratar de utilizar estos valores para imponer nuestro orden y nuestra ortodoxia, no pretender que puedan ser neutrales. Reconocer que la enemistad es real es un deber moral”.

Pluralismo y libertades

Al día siguiente de que Ahmari publicara su artículo, French le dio su réplica en un artículo publicado en National Review. Considera que Ahmari ha simplificado su postura. Que sea cortés no significa que sea equidistante. Y pone como ejemplo una de sus victorias legales más sonadas: tras un proceso de 7 años, un tribunal federal reconoció que a un profesor universitario, cliente de French, se le había negado un ascenso debido a su fe. El caso estableció un precedente a favor de la defensa de la libertad de expresión de los profesores, y su cliente recibió el ascenso.

French se defiende de quienes le acusan de ingenuo, como si no supiera qué es dar clases en una facultad de Derecho en la que él era el único profesor conservador. Pero experiencias de este tipo son las que le permiten sostener que el orden liberal garantiza el pluralismo suficiente y las libertades de todos los ciudadanos: creyentes y ateos, progresistas y conservadores… También es un firme defensor de los valores conservadores cristianos. Y añade un tercer ingrediente a su propuesta sobre cómo afrontar el debate cultural: el mandato evangélico de amar a los enemigos.

Lejos de ser ingenua, puede que la postura de French sea la más realista, pues la realidad es que las ideas y los valores dominantes en Occidente ya no son los cristianos. En este escenario, es un auténtico lujo vivir bajo un sistema de gobierno –la democracia liberal– que, al menos idealmente, aspira a ofrecer a todos los mismos derechos y libertades, gobierno representativo, división de poderes, Estado de derecho, elecciones libres e imparciales, una opinión pública abierta, gobierno de la mayoría con respeto a las minorías…

Otra cosa es que el sistema sea imperfecto y que a veces haga falta acudir a los tribunales para defenderse de situaciones injustas, como en los casos de Hobby Lobby, las Hermanitas de los Pobres o el pastelero de Colorado. O que estemos llamando liberalismo a algo que, en realidad, es bastante iliberal: la intolerancia hacia quienes piensan y viven de forma diferente. Pero entonces hay que imaginar cómo serían las cosas sin las salvaguardas del orden liberal.

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