Los decepcionados artistas de Europa del Este

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Duración lectura: 6m. 25s.

Cinco años después del colapso del comunismo, Newsweek (3-IV-95) dedica un reportaje a explicar el panorama cultural de Europa del Este, donde los artistas han recuperado la libertad pero han perdido la seguridad económica.

(…) Los gustos populares recientemente liberados prefieren el jazz, la pornografía y las novelas románticas baratas. Las subvenciones se han acabado. La atenta audiencia que llenaba los teatros clásicos desde Berlín Este hasta Liubliana ahora ahorra su dinero para comprar un frigorífico o un Mercedes. Y lo peor de todo es que muchos de los artistas más creativos de esta región sienten que han destruido su propia razón de ser. Ahora que pueden decir lo que quieren, ¿qué es lo que merece la pena decir? (…)

La ansiedad de los artistas puede ser un tanto exagerada. Entre los escombros del Imperio del Mal está emergiendo un vigoroso panorama cultural. En cada país al menos un puñado de creadores, la mayoría bastante jóvenes, trabaja para hacer un arte significativo en medio de la radical ambigüedad de la nueva situación. (…)

Pero cinco años después de la caída del muro de Berlín, la inmensa mayoría de artistas e intelectuales de Europa Central y del Este se lamentan de un mundo al que no están acostumbrados, y que muchos consideran notoriamente hostil. “La triste verdad”, dice Miklos Stucs, un conocido pintor húngaro, “es que el viejo sistema era más cómodo para muchos artistas que el nuevo. El gobierno compraba 52 cuadros al año de cualquiera que hubiera logrado un diploma artístico oficial. Los artistas podían llevar una vida decente, aunque frugal”.

Al igual que los atletas de alta competición y los jefes del partido, los intelectuales (incluidos académicos e ingenieros, así como artistas) disfrutaban de privilegios inimaginables para el resto de los ciudadanos. Escritores de primera fila de Alemania Oriental, como Heiner Müller y Christa Wolf, pasaban más tiempo en el Oeste que en su país. (…)

Hacia mitad de los años ochenta, muchos de los viejos controles ideológicos se habían relajado. Hungría, Checoslovaquia y especialmente Polonia bajo el régimen de Jaruzelski, permitían a los jóvenes artistas y actores aceptar becas en el Oeste. El arte abstracto y la música moderna eran tolerados de mala gana en las tierras del realismo socialista. (…)

Aun así, prácticamente todos los intelectuales (incluso los que pertenecían al partido) llegaron a despreciar al régimen y trabajaron para provocar su caída. Al mismo tiempo, 40 años de adoctrinamiento habían logrado convencer a la mayoría de ellos de que un socialismo ilustrado podía conducir a una sociedad más justa y eficaz que el libre mercado sin trabas. Los intelectuales destruyeron el sistema que les había alimentado. Ahora están desconcertados y consternados por la arremetida del capitalismo, que no les mima. (…)

Esta súbita sacudida ha sido especialmente dura para las artes plásticas. Miklos Stucs estima que más de la mitad de los pintores y escultores que trabajaban antes de 1989 ya no siguen en el sector.

Más corrosiva que el descenso de ingresos ha sido la pérdida del sentido de misión y de comunidad. “En los viejos tiempos, nos apoyábamos unos a otros”, dice el compositor húngaro Zoltan Fenye. “Yo te compraba un cuadro, tú venías a mi concierto, todos leíamos los libros de los otros. Eran pequeños desafíos al régimen. De hecho, los propios intelectuales se proporcionaban una audiencia unos a otros”. Esos tiempos han pasado y el público local también se ha evaporado.

Los coleccionistas occidentales, que acudían en manada a Europa Central y del Este en 1990 y 1991 para comprar obras de arte valiosas y baratas, han desaparecido en su mayoría. Y la sed del público local por la cultura no ha resultado ser tan grande como habían creído los intelectuales. Según Jacek Sieradzki, crítico teatral de Varsovia, “el mito del amplio y cultivado público en nuestros países fue uno de los logros más importantes de la propaganda comunista. Se conseguía manteniendo unos precios ridículamente bajos para el teatro y para los grabados, y llenando el local con grupos traídos de las fábricas y de las escuelas”.

(…) Un masivo establishment del arte, basado enteramente en el apoyo y la organización estatal, va tambaleándose hacia el colapso. La mayoría de los países ex comunistas han intentado mantener las subvenciones para el teatro, la música clásica y la ópera -aunque no para las artes plásticas- al mismo nivel nominal que antes de 1989. Sin embargo, la fuerte inflación en los últimos cinco años ha reducido a un cuarto o menos el valor real de las subvenciones.

(…) Últimamente, los gobiernos han empezado a cortar las subvenciones a algunos teatros para concentrar la ayuda en unos pocos. El municipio de Berlín ha cerrado ya varios teatros en el Oeste y ahora prevé privatizar dos de los más famosos de Berlín Este. Todo sector de la vida cultural se ha visto afectado por la pérdida de la ayuda del Estado. (…) En el cine, las distribuidoras occidentales -la mayoría norteamericanas- han acaparado las tres cuartas partes del mercado en la mayor parte de las ciudades. Compañías discográficas antes florecientes han sido vendidas a gigantes occidentales como RCA y Deutsche Grammophon. Monumentos y museos están descuidados.

La palabra en boca de todos es mecenazgo, maná que se supone vendrá de las empresas occidentales que invierten en la región o de los nuevos ricos del Este. Pero no es probable que llegue mucho dinero privado mientras no se aprueben leyes que den un tratamiento fiscal favorable a las donaciones. (…)

Pero no todos los artistas de Europa del Este están a la espera de que alguien les eche una mano. (…) Entre el desolado panorama del cine del Este, un puñado de productores y directores están haciendo dinero y algunas buenas películas en coproducción con compañías occidentales (es el caso del productor polaco Lew Rywin, que colaboró con Steven Spielberg en La lista de Schindler; el director polaco Krzysztof Kieslowski, que obtuvo financiación francesa para su aplaudida trilogía Azul, Blanco y Rojo; o el productor húngaro Sandro Sima que ha aunado fondos públicos y privados para financiar Nunca morirá, el film húngaro con más éxito de los últimos años).

Los artistas de entre 40 y 50 años deploran la americanización y vulgarización de su amada herencia cultural. A pesar de la constante erosión de las ayudas del Estado a las artes, se aferran a la idea de que las actividades artísticas valiosas deben ser generosamente subvencionadas, preferiblemente por el sector público. (…)

Sin duda, muchos gobiernos postcomunistas de Europa Central y del Este seguirán subvencionado (al igual que hacen los occidentales) las grandes y caras iniciativas, como la ópera y las orquestas filarmónicas. Pero la mayoría de las actividades culturales tendrán que pasar la prueba del mercado. Gran parte de estas producciones serán vulgares. Algunas obras destacables no triunfarán. Pero, en último término, serán los lectores, los aficionados a la música y los coleccionistas de arte los que decidirán qué obras tendrán éxito, y no los burócratas que supuestamente actúan en beneficio del mejor interés del público.

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