Las fuentes culturales de Europa

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Duración lectura: 15m. 22s.

Atenas, Roma, Jerusalén
Uno de los puntos debatidos en la Convención que prepara una posible Constitución de la UE es la conveniencia de enunciar los valores que definen la noción de Europa, entre ellos los religiosos (ver servicio 20/02). Geográficamente Europa es solo un apéndice de la inmensa Asia. Pero una tradición milenaria ha producido un área cultural dotada de una identidad original e inconfundible con las otras. Por eso la identidad de Europa no puede ser geográfica, sino espiritual, afirma el filósofo italiano Gianfranco Morra en un artículo publicado en Studi Cattolici 489 (noviembre 2001), del que seleccionamos algunos párrafos.

Preguntaron un día al gran poeta francés Paul Valéry: ¿Qué es Europa? Y respondió con tres palabras: Atenas, Roma, Jerusalén. Europa es hija de estos tres lugares o, mejor, de estas tres civilizaciones.

Atenas: filosofía, libertad política y arte

En el plano moral, Grecia ha descubierto la libertad del ciudadano. (…) Significaba la participación de todos en las decisiones comunes, la igualdad de derechos, la responsabilidad de los cargos, la soberanía popular. La democracia griega era más restringida que la actual, porque no alcanzaba a mujeres ni esclavos. Pero estaba regida por el principio de libertad.

(…) Esta libertad del ciudadano, que caracteriza al espíritu europeo contra todo despotismo asiático, encuentra una correspondencia en la libertad del pensamiento frente a los mitos religiosos. Estamos ante el gran descubrimiento de los griegos, que corresponde sólo a los griegos: la filosofía.

(…) Crítico y sintético, el pensamiento filosófico es también formativo. (…) Su fin es la formación de la persona, su educación en lo verdadero, lo bello y lo bueno. (…) Formar hombres libres en el pensamiento y, por tanto, libres en la acción.

(…) La herencia helénica se puede compendiar en tres palabras: verdadero, bello, bueno, los tres valores que dan sentido a la vida del hombre. Verdadero, es decir, filosofía y ciencia; bueno, moralidad social, coincidencia de ley y libertad; y bello, la creación artística como revelación de lo verdadero y del bien.

Roma: derecho natural y organización del Estado

(…) El gran legado de Roma a la cultura europea fue conservar la herencia de Grecia. Pero también algo original: la creación del Derecho y la organización del Estado (…) Los romanos dejan a Europa el derecho natural que, asumido y profundizado por la filosofía cristiana en el Medievo, constituirá el fundamento del liberalismo moderno y de la democracia.

La teoría de los derechos naturales, el iusnaturalismo, constituye la especificidad de Europa. Ninguna otra civilización la ha enunciado. Pensemos en la islámica, donde falta por completo: no existe ley natural, sino sólo revelada, totalmente contenida en el Corán, texto a la vez religioso y político. Europa funda en los derechos naturales la distinción entre legalidad y legitimidad. Los derechos del hombre no proceden del Estado; los posee antes de formar parte del Estado, por su misma naturaleza. (…)

Jerusalén: Dios, hombre y mundo

La Iglesia católica salvará la herencia del mundo clásico, lengua, cultura, derecho, cuando presionen desde Oriente primero las invasiones bárbaras, y luego el Islam. Es lo mismo decir civilización europea que civilización cristiana (…) La expresión “civilización cristiana” indica que el ánimo de Europa ha sido permeado por el cristianismo, y que todas las acciones de los europeos, las buenas y las menos buenas, son comprensibles sólo con referencia a la revolución cristiana.

(…) Respecto de la civilización grecorromana, el cristianismo introduce un modelo diverso de hombre. Un modelo diverso, en cuanto es diverso el concepto de Dios (la teología es siempre antropología). El Dios de los hebreos es un Dios creador, el de los griegos sólo ordenador (Demiurgo). (…) La novedad de la revelación hebraica es la entrada de Dios en el mundo, con la creación y con la Alianza: el cristianismo hablará, más allá y frente al hebraísmo, de un “Dios hecho hombre”.

La tarea del hombre es dominar la naturaleza y someterla, aun respetando el orden de la creación. De ahí deriva una civilización activa y trabajadora, que no desprecia el trabajo, como los griegos, sino que lo incorpora al plano de la salvación. No es casual que la ciencia y la tecnología se hayan desarrollado al máximo justamente en Europa. (…) La civilización industrial es hija del cristianismo, con sus ventajas (prolongación de la vida, disminución de la fatiga, aumento del bienestar, eliminación de epidemias, del hambre y del frío) y también con sus inconvenientes.

Laicidad cristiana

Pero el cristianismo introduce también una relación diversa entre el hombre y la sociedad. Para los pensadores griegos y romanos el hombre es sobre todo un ciudadano que participa en la vida del Estado al que pertenece. Por el contrario, para el cristianismo, el hombre es en primer lugar un “hijo de Dios”, y sólo en segundo lugar un ciudadano.

(…) Un episodio ejemplar introduce esta revolución cristiana, que rompe la unidad del hombre y reconoce dos ciudadanías: es la conocida frase de Jesús sobre “Dios y el César”. Para los romanos política y religión, fiesta civil y fiesta religiosa, eran todo uno. El mismo emperador era venerado como Dios. Y esto no puede admitirlo la revolución cristiana. (…) En otras palabras, la laicidad nace cristiana: es la imposibilidad de confundir Dios y Estado, autoridad civil y religiosa, religión y política.

(…) Resultaba inevitable que Iglesia e Imperio se combatiesen, pero ni el Papa ni el emperador han pretendido nunca unir los dos poderes, como sucedía en cambio en Oriente con el cesaropapismo de Bizancio y después de Moscú. En el fondo, los conflictos entre Papa y emperador son la prueba de la separación entre política y religión. Donde Dios y César son una sola cosa, el conflicto es imposible. Esta doble ciudadanía es la garantía y defensa de la libertad de los ciudadanos contra el poder político tiránico, simbolizado en el Apocalipsis por la imagen de la bestia que surge del mar.

Tres grandes construcciones europeas

Atenas, Roma y Jerusalén no agotan las fuerzas culturales presentes en la formación de Europa. Alguna influencia ejercieron sobre la naciente civilización europea el espíritu germánico y la civilización islámica, que añadieron algunos elementos a la síntesis de Atenas, Roma y Jerusalén que el cristianismo de los primeros siglos había ya definido. (…)

De esta síntesis entre Atenas, Roma y Jerusalén, surgen las grandes construcciones de la Europa medieval. Basta recordar las tres principales. Primero, la universidad, expresión máxima del espíritu europeo, de la que no hay trazas en ninguna otra civilización. (…) La universidad no es una escuela de educación cívica o de catecismo, sino un lugar consagrado a la búsqueda de la verdad por sí misma.

La segunda encarnación del espíritu europeo fue la catedral gótica, que expresa con su verticalidad la tensión hacia Dios, pero constituye una síntesis del saber divino y humano, de Biblia, ciencia, técnica y oficios.

La tercera encarnación del espíritu europeo fueron los grandes tratados de la ciencia filosófica y teológica de la época, las llamadas Summae, es decir, síntesis del saber. La más importante por inteligencia y lucidez fue la de santo Tomás de Aquino. Europa enunció una cultura unitaria y sistemática, que sabía unir la verdad de la experiencia, la del pensamiento y la de la mística.

Plataforma común

El desarrollo de la modernidad se realiza como acentuación de la laicidad europea, en términos anticlericales e incluso antirreligiosos (…) Si en un primer momento la política se separa de la religión, después se convierte ella misma en religión, en proyecto de salvación del hombre mediante la construcción de una sociedad totalmente nueva. (…)

El cristianismo es el elemento principal del compuesto cultural llamado Europa, como se ha expresado, con la frialdad del historiador auténtico, Federico Chabod: “No podemos no ser cristianos, aunque no sigamos las prácticas del culto, porque el cristianismo ha modelado nuestro modo de sentir y de pensar hasta extremos indelebles; la diferencia profunda que se da entre nosotros y los antiguos, entre nuestro modo de sentir la vida y el de un contemporáneo de Pericles o de Augusto, se debe a este gran hecho, el mayor hecho sin duda de la historia universal, que es el verbo cristiano”.

No hay duda de que la reducción historicista de la religión no puede satisfacer plenamente al espíritu religioso. Pero además no es menos cierto que puede constituir una plataforma laico-religiosa común al propio creyente y al que no lo es. Y puede permitir al mismo tiempo, esta religión en lo civil, un encuentro fructífero de la tradición cristiana y de la libertad en la defensa laica de la libertad contra el clericalismo católico (que no deja de asomar la cabeza aquí y allá) y contra el clericalismo laicista, también difuso y peligroso para la verdadera laicidad. (…)

Concluido el milenio de la modernidad, en el que el espíritu laico ha permeado cada vez más las conciencias y se ha ido apagando en un nihilismo lúdico sin esperanza, las dos laicidades, la laico-religiosa y la religioso-laica, deben sostenerse recíprocamente.

Unidad europea: del pragmatismo a los valores Cuando se debate la conveniencia de que la Constitución de la UE evoque las raíces religiosas de la identidad europea, algunos observan que los fundadores cristiano-demócratas (Schuman, Monnet, De Gasperi) no creyeron necesario hacer tal cosa en los comienzos de la Europa unida. El ex comisario europeo Marcelino Oreja explica la necesidad de hablar de valores y principios de la Unión, en una conferencia recogida en el Boletín de la Asociación Católica de Propagandistas (julio de 2002), de la que ofrecemos algunos fragmentos.

“La construcción europea no se hará de golpe, ni en una construcción de conjunto, sino mediante realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho”, declaró Robert Schuman en su histórico discurso de 1950 por el que anunciaba la creación de la CECA (Comunidad Económica del Carbón y del Acero).

Había que renunciar a lograr de un salto la soñada Europa federal, y confiar en las virtudes de la progresividad y en el poder integrador de la economía.

Generalmente, la búsqueda del consenso y de soluciones políticas y técnicas adecuadas ha primado sobre el debate ideológico y la reflexión constitucional. Incluso, en ocasiones, se ha evitado deliberadamente el desarrollo de un debate constitucional profundo, con el fin de que las diferentes posiciones políticas de los Estados miembros y las querellas terminológicas no paralizasen el proceso ni entorpeciesen la toma de decisiones. Este método funcional ha tenido un éxito indiscutible. En cincuenta años los europeos hemos construido una entidad política sin precedentes, que sin llegar a ser un Estado federal, se halla ya muy lejos de una organización internacional clásica.

Sin embargo, el método comunitario también ha tenido sus carencias, entre las que una reviste especial gravedad: a lo largo de estos años el proyecto europeo no ha logrado incorporar plenamente a los ciudadanos. Lo cierto es que Europa se ha construido a través de la integración económica y se ha evitado siempre un debate abierto sobre los valores y las finalidades últimas de la Unión, y sobre su modelo político. A esto hay que sumar la complejidad de las normas comunitarias y de la euro-jerga, un lenguaje indescifrable que los ciudadanos no comprenden.

El método funcional fue un hallazgo incuestionable, una muestra extraordinaria de pragmatismo y de talento político, pero su potencialidad se ha agotado.

En estos momentos, en los que la inminencia de una ampliación sin precedentes exige reformar las instituciones y reforzar la integración política para que la nueva Unión, más amplia y más diversa, no se diluya ni pierda eficacia, es preciso abandonar el camino funcional y volver a la política. Hablar de valores y de principios, discutir, con los ciudadanos y sus representantes más directos (parlamentarios nacionales y europeos) sobre la Europa que queremos, para, al término de este nuevo debate, más abierto y más profundo, aprobar un texto fundamental con el que se identifiquen los europeos: una Constitución.

La Convención deberá garantizar el equilibrio entre las instituciones europeas, de una parte, y los gobiernos nacionales y locales de otra, para la consecución del bien común. El éxito de la Convención dependerá también de que los ciudadanos de la Unión Europea conciban dicha Unión como una comunidad de valores que les invita a participar y contribuir plenamente y en todos los niveles.

La Carta de Derechos Fundamentales

El reconocimiento y la protección de los derechos humanos es una importantísima consecución del constitucionalismo moderno, que cuenta con el respaldo y el impulso que le brinda la doctrina social de la Iglesia católica. La proclamación de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea en diciembre de 2000 constituye un logro de gran relevancia, en la medida en que el concepto de dignidad humana se sitúa en el punto de partida de toda la construcción europea siguiendo claramente la concepción judeo-cristiana de la persona humana. Aunque como se ha puesto de relieve en muchas ocasiones, existen importantes lagunas y ambigüedades en el texto de la Carta, sobre todo en cuestiones como la clonación, el matrimonio y la familia, hay que reconocer que en materias como la libertad religiosa, la educación y los derechos sociales, el tratamiento de la Carta parece adecuado a un marco constitucional.

Pienso, sin embargo, que debería darse un paso más. Un texto constitucional cuyo objetivo es movilizar a los ciudadanos, debería también reconocer el conjunto de fuentes de las que los ciudadanos extraen sus valores. En ese sentido quisiera recordar el preámbulo de la Constitución de la República polaca, que incluyó el siguiente texto: “A quienes creen en Dios, como fuente de la verdad, de la justicia, del bien y de la belleza, y a quienes no comparten tal fe pero respetan esos valores universales que se derivan de otras fuentes”.

Se podía sugerir que el texto constitucional reconociera la apertura y la alteridad última vinculadas al nombre de Dios. Considero que una referencia a la trascendencia constituye una garantía para la libertad de la persona humana.

Esa es la razón por la que, a mi juicio, más allá de la atribución de un estatuto jurídico adecuado en defensa de la persona, es necesario que existan unas garantías fundamentales para el ejercicio de la libertad de conciencia, de religión y de creencias.

El papel de las Iglesias

Otro principio, el de subsidiariedad, conduce a una comprensión mucho más sofisticada de la distribución y del ejercicio del poder. Cada vez más se debe apelar, en el ámbito europeo, al papel de instituciones intermediarias, legítimamente arraigadas en la sociedad, que desempeñan una función de punto de apoyo. Los dirigentes políticos deberían reconocer su función y apoyarse en la fuerza de la experiencia y del saber hacer de que disponen muchas de esas instituciones. El principio de subsidiariedad se aplica, de forma horizontal, a todos los aspectos de la sociedad.

Iglesias y comunidades religiosas representan, salvaguardan y estimulan aspectos muy importantes para establecer los fundamentos espirituales y religiosos de Europa y se ponen al servicio de la sociedad, en especial en los ámbitos de la educación, la cultura, los medios de comunicación o los proyectos sociales. Desempeñan una importante función a la hora de promover el respeto mutuo, la participación y la ciudadanía, el diálogo y la reconciliación entre los pueblos de Europa del Este y del Oeste. Subrayan la responsabilidad de Europa no sólo para con sus vecinos más próximos sino para con toda la familia humana. Por ello, la contribución específica de las Iglesias y las comunidades religiosas, debería quedar plasmada en el tratado de base para la futura Unión Europea. El tratado también debería contemplar la posibilidad de un diálogo estructurado entre las instituciones europeas y las Iglesias y comunidades religiosas.

Un futuro tratado constitucional de la Unión Europea debería incluir la declaración número 11 del Acta final del Tratado de Amsterdam, en la que se garantiza el respeto al estatuto de las Iglesias y de las comunidades religiosas. Incluso yo me atrevería a ir más lejos y podríamos pensar en desarrollar la declaración número 11 del Acta.

Propondría tres posibles modalidades para insertar la situación jurídica de las Iglesias y comunidades religiosas:

a) La elaboración directa de una legislación Iglesia-Estado a nivel de la Unión. Pienso por ejemplo en el caso de los capellanes militares de un eventual ejército europeo o en los cursos de religión en las escuelas europeas.

b) Otra cuestión sería la relación entre las instituciones de la Unión y las representaciones transnacionales de Iglesias y otras comunidades religiosas. Parece lógico que las religiones participen de una u otra forma en los debates políticos que afectan al bien común y a su propia situación.

c) Un paso más sería la conclusión de acuerdos entre las distintas agrupaciones religiosas y la Unión Europea. No se trata naturalmente de concordatos, pero sí de acuerdos más flexibles y limitados en el tiempo y que se refieren a cuestiones concretas, por ejemplo en el ámbito social.

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