Cuba-EE.UU.: ¿“Ya viene llegando”?

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Foto compuesta: Los presidentes Donald Trump (EE.UU.) y Miguel Díaz-Canel (Cuba) (a partir de fotos de Europa Press).

Una canción de 1992, Ya viene llegando, del cubanoamericano Willy Chirino, hizo soñar a millones de sus compatriotas con la posibilidad de que el sistema socialista de la isla sucumbiera como sus homólogos de Europa oriental. Más de tres décadas después, sin embargo, el cantante está blanco en canas y sigue exiliado en Miami, el Partido Comunista continúa al timón a noventa millas de Key West (el punto más meridional de EE.UU.), y dos millones de cubanos, cansados de esperar que llegaran la democracia y la prosperidad, se desperdigaron por el mundo a buscarlas.

En fechas recientes, la exitosa operación estadounidense de “extracción” de Nicolás Maduro y el establecimiento en Venezuela de una presidenta más sonriente con la Casa Blanca les han devuelto a muchos la sensación de que el cambio ahora sí estaría “llegando de verdad”. Además, el presidente Donald Trump ha amenazado con aranceles a los países que sustituyan a Caracas como suministradores de petróleo a La Habana, y no se descarta un bloqueo naval que decomise los tanqueros que se atrevan a acercarse a la costa cubana, tal como sucedió semanas atrás con otros buques en las aguas venezolanas y fuera de ellas.

La aguda escasez de combustible está haciéndoles muy difícil el día a día a millones de cubanos

Sin el ya menguante suministro venezolano –que en la década de los 2000 llegó a ser de 100.000 barriles diarios y últimamente había bajado a apenas 35.000, hasta que se cortó abruptamente en enero–, Cuba tiene en lo inmediato unas perspectivas muy sombrías. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha tratado de suplir en alguna medida el déficit energético con el envío de unos 22.000 barriles cada día, parte del pago por la presencia en su país de unos 3.000 doctores cubanos. Solo que, parafraseando el aserto, “no solo de médicos vive México”, sino de dólares, y La Habana no los tiene, razón por la cual la empresa Pemex paralizó días atrás unos embarques. Para coronar, está la presión directa de Trump a su homóloga para que no deje pasar una gota de petróleo más hacia la isla.

Como resultado, la situación se ha degradado severamente: hay colas de varios kilómetros para conseguir combustible –el litro de gasolina supera los dos euros, en un país donde el salario medio no llega a los 7 euros–, y se vuelve objetivo imposible para muchos trabajadores llegar a sus centros de trabajo, pues no hay apenas autobuses prestando servicio. En cuanto a la electricidad, los cortes son de 20 horas al día, pues la matriz energética del país descansa mayormente en la combustión de crudo. De un crudo nacional bastante pesado, por cierto, que, además de no ser suficiente, arruina la maquinaria de las centrales termoeléctricas.

En estas condiciones es prácticamente imposible producir y transportar nada, lo que aleja más y más al país de cualquier horizonte de desarrollo, mientras que la gente común se ve abocada al colapso, visto el encarecimiento brutal de los alimentos y la dificultad para conservar los pocos que tienen en sus neveras, dados los cortes de luz. Un recrudecimiento de la situación puede incluso afectar el vital suministro de agua, toda vez que buena parte de la que llega a los hogares lo hace impulsada por motores instalados en las viviendas o en el vestíbulo de los edificios. Y si no hay corriente para echarlos a andar…

“Así no se puede guapear”

La posibilidad de que el país llegue al cero absoluto, al “ni una gota”, está pasando ahora mismo por la mente de millones de cubanos dentro y fuera de la isla. Para muchos, sería el incentivo, la chispa definitiva para que el pueblo se lanzara a las calles a perseguir a sus dirigentes y arrojarlos a las turbias aguas de la bahía de La Habana. Muchos otros estiman, cautelosos, que más vale no quejarse: de las protestas de julio de 2021, todavía quedan unos mil cubanos en la cárcel, condenados a decenas de años.

El economista Omar Everleny Pérez Villanueva, exdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana, dice a Aceprensa que no debe de llegarse al cero total. “Cuba –apunta– produce el 40% del combustible para cubrir sus necesidades diarias. Es el que va a las termoeléctricas y las fábricas de cemento. Si las seis termoeléctricas existentes estuvieran en funcionamiento, y no descapitalizadas como están, y si pudieran echar a andar todas a la vez y no tuvieran tantas roturas, se garantizaría buena parte de la electricidad. ¿Dónde está el problema? En el combustible ligero, el de importación: el fuel oil, el diésel. Por ejemplo, para los coches privados que se mueven con gasolina que se pagaba en moneda nacional, hace dos semanas que no se distribuye nada”.

La afectación golpea igualmente a la pequeña empresa, habitualmente atormentada por las regulaciones absurdas de dirigentes que la ven desde los años 90 como una desviación ideológica, como un “mal necesario”. “Hay muchos negocios particulares –dice el investigador– que están desacelerando sus producciones. Estaban produciendo bienes a partir de sus plantas eléctricas, pero al escasear el petróleo han tenido que parar. Las neveras para productos cárnicos, los hornos de producción de pan…, todo eso está mermando. ¿Cuál será el límite de la crisis? No sabemos”.

Y será difícil de saber porque, si las amenazas de Trump pueden estar haciéndose sentir en el ánimo de los suministradores, lo cierto es que el país no anda sobrado de dólares para pagar a los que se atrevan a poner un tanquero en sus costas. “Si Cuba lograra tener alguna pequeña cantidad de divisas –asegura Everleny–, estoy seguro de que algunos barcos de la flota fantasma rusa llevarían allí su petróleo. Pero eso hay que pagarlo, y el país no tiene divisas suficientes para hacerlo”.

Ante la gravedad de la crisis, los habitantes de la isla están sobreviviendo más que viviendo, asegura. “Esta coyuntura nos ha cogido en la peor condición económica. Y como decimos los cubanos, no se puede guapear cuando tienes esta situación de policrisis”.

Advertencia: cuidado con tocar a Hammer

Puesto entre la espada y la pared, cualquier país normal se avendría a negociar con su adversario para llegar a un arreglo y evitar la catástrofe. Pero los dirigentes políticos cubanos no pierden ocasión de lucir una fuerte vocación numantina que implica ver cualquier concesión como una debilidad, aunque sobre esta Numancia caribeña ya se vean lenguas de fuego…

“Nuestros diplomáticos seguirán reuniéndose con el pueblo cubano”, advierte el Departamento de Estado

En sintonía con ello van ciertas afirmaciones y acciones que, lejos de buscar aplacar a la Casa Blanca, más bien provocan su ira. Ejemplo reciente fue la respuesta del vicecanciller cubano Alejandro Fernández de Cossío a la pregunta de si La Habana no se plantea –tal como hizo la “aconsejada” Delcy Rodríguez en Venezuela– dejar en libertad a los presos políticos cubanos, para que Trump no apriete demasiado las tuercas en el tema del petróleo. El funcionario fue tajante: “No vemos razón; no vemos qué vínculo tiene un tema con el otro. No tenemos intención de hablar sobre eso; no es parte del diálogo bilateral”.

Extraño modo de alejarse del foco de atención de Washington es también la creciente hostilidad desatada contra el encargado de negocios de la embajada estadounidense en La Habana, Mike Hammer. El diplomático tiene por costumbre caminar por la isla y reunirse con ciudadanos comunes, opositores políticos, miembros del clero católico, creyentes de diversas religiones…, y últimamente cada vez que hace acto de presencia en los sitios de encuentro le salen al paso “espontáneamente” personas de paisano que lo insultan y descalifican.

A Hammer, los ataques no le han borrado la sonrisa de la cara, pero sí a su jefe, Marco Rubio, de ascendencia cubana y jurado enemigo del Gobierno de la isla. En el post del Departamento de Estado sobre el tema, en X, se huele la amenaza: “El ilegítimo régimen cubano debe poner fin de inmediato a sus actos represivos de enviar a personas a interferir en la labor diplomática del CDA Hammer y de los miembros del equipo de la embajada de EE.UU. en Cuba. Nuestros diplomáticos seguirán reuniéndose con el pueblo cubano a pesar de las fallidas tácticas intimidatorias del régimen”.

Confirmado: hay contactos al más alto nivel

Durante todo el mes que ha seguido al vuelo involuntario de Nicolás Maduro a Nueva York, la especulación sobre qué haría Trump respecto a Cuba, brújula ideológica del chavismo y de los las fuerzas más incómodas para Washington en el hemisferio, desbordó las redes. Fuentes occidentales han asegurado una y otra vez que hay conversaciones entre las partes para evitar que los Delta Force repitan libreto en La Habana; que EE.UU. está pidiendo cosas y ofreciendo algunas salidas… Trump lo repite una y otra vez. Se ha dicho que en los contactos estaría participando Alejandro Castro Espín, hijo del expresidente Raúl Castro. Pero La Habana lo ha estado negando oficialmente.

Hasta el miércoles 4 de febrero. Ese día, el mencionado vicecanciller reconoció contactos con el Gobierno norteamericano. “En Cuba –dijo a CNN–, la mayoría de los asuntos relacionados con EE.UU. están vinculados al más alto nivel. Es un tema de gran importancia para nosotros, por lo que no hay decisión ni acción que no involucre a un alto nivel al Gobierno cubano”.

En la situación actual, el Gobierno “podrá tener cierta capacidad para mantener el control, pero no para ejercer la política” (Roberto Veiga)

Para varios analistas, estaba claro que Washington podía estar puenteando al Ejecutivo cubano, encabezado por Miguel Díaz-Canel, y tratando directamente con Raúl Castro, al que, aunque está retirado (tiene 94 años), se le supone la autoridad real. “Hay conversaciones entre la Casa Blanca y el poder en Cuba, que no siempre se identifica con el Gobierno –nos dice el abogado y politólogo cubano Roberto Veiga, miembro del Diálogo Interamericano–. El poder puede parcialmente estar en el Gobierno e influir sobre él, y trascenderlo”.

En opinión del experto, las autoridades cubanas están forzadas a la negociación y a alcanzar un acuerdo porque, de no ser así, el país podría quedar en la situación de mayor precariedad en su historia moderna. “Sea que haya protestas sociales o no –asegura–, un país en ese estado es inmanejable, y menos con su actual dirigencia, que no tiene capacidad política. Podrá tener cierta capacidad para mantener el control, pero no para ejercer la política”.

Si se da por hecho que las partes están sentadas a la mesa, ¿qué estarían tratando? Es tema de especulación. Al negociador Castro Espín le interesará, por ejemplo, que su familia y algunos de los dirigentes de la “generación histórica”, la que hizo la revolución de 1959, obtengan algún tipo de garantías de que no se les perseguirá judicialmente; o que se les permitirá un exilio tranquilo, que bien puede ser en la Rusia que ha acogido al sirio Bashar al Assad y que pudo haber hospedado a Maduro si se hubiera decidido a tiempo, o bien en otros países. Es conocido que el presidente actual y la familia Castro, entre otros dirigentes cubanos, tienen ascendencia española, por lo que no habría que descartar que un pasaporte granate les ayude a aterrizar en Madrid, establecerse y pasar página.

Washington, por su parte, podría estar pidiendo que se libere de una vez a los presos políticos y que La Habana acepte a todos los cubanos que tienen orden de deportación en EE.UU. Además, tal vez le interesaría que dirigentes más técnicos y menos significados ideológicamente queden al mando, al estilo Delcy Rodríguez, para liderar una transición que, obviamente, estos rehusarían llamar de ese modo. Quizás querría que mantuvieran el control de las fronteras para evitar un éxodo migratorio y que el crimen organizado que campea por el Caribe se aprovechara de un eventual desmadre en la mayor isla de la región. Igualmente, exigiría que un nuevo Gobierno favoreciera la entrada de capital norteamericano en términos menos restrictivos que los planteados por La Habana en tiempos de Obama, y que chinos y rusos, tradicionales aliados del sistema, quedaran definitivamente fuera de la ecuación.

Tendrá que hilar fino la Casa Blanca; considerar, con la misma serenidad que en el caso venezolano, la mejor opción, y templar el ánimo de la comunidad cubanoamericana –también del canciller Marco Rubio, partidario de una acción más expedita– para que el paso que se dé no termine convirtiendo a un país geográficamente tan cercano a EE.UU. en un avispero, ya en el umbral de las elecciones de noviembre. Los cubanos, de dentro y de fuera, agradeceremos que sea lo que fuere que esté “llegando”, no termine de despeñar a nuestra tierra en una tragedia mayor.

“¿Qué hacemos? ¿Nos rendimos?”

El presidente Miguel Díaz-Canel compareció el jueves ante la prensa nacional para informar sobre la actual situación de crisis, agravada por las presiones que ejerce la administración Trump. El mandatario se dijo dispuesto al diálogo con EE.UU., pero “sin abordar temas que nos laceran y que podamos entender como injerencia en nuestros asuntos internos”.

Sobre el grave déficit energético que atraviesa el país y que lo acerca a la paralización total de la actividad económica y educativa, pronosticó un cambio total a fuentes renovables de generación eléctrica para el muy lejano 2050. La paradoja es que muchos cubanos no pudieron escuchar las “buenas nuevas”, porque el Sistema Eléctrico Nacional tuvo durante la jornada un déficit de 1.800 megavatios/hora, de los 3.500 que se necesitan para mantener alumbrado todo el territorio nacional.

Anunció además que vendrían “tiempos difíciles” (el propio jueves, el transporte público quedó totalmente suspendido por falta de combustible), pero aseguró que los vencerían con “resistencia creativa”, aunque reconoció el hartazgo del pueblo con la constante llamada de la dirigencia a soportar privaciones materiales. “Yo sé que la gente dice: ‘¿Pero otra vez sacrificio?’. Bueno, si no nos sacrificamos y no resistimos, ¿qué vamos a hacer? ¿Nos vamos a rendir?”.

La respuesta, si se diera voz a la gente, no le iba a gustar.

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