América Latina: ¿Desencantados con la democracia?

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Contrapunto

América Latina es hoy la única región del mundo en desarrollo gobernada casi en su totalidad por líderes elegidos democráticamente. Sin embargo, buena parte de los ciudadanos desconfían de la eficacia del sistema democrático como medio para mejorar sus vidas. Este malestar se refleja en el informe sobre “La democracia en América Latina”, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, a partir de encuestas a más de 18.600 ciudadanos y entrevistas con 231 líderes políticos, económicos y culturales. Después de haber superado una época de dictaduras y golpes militares, de revoluciones y de guerrillas, ¿se han cansado ya los latinoamericanos de la democracia?

Este es el temor expresado en algunas reacciones que subrayan la fragilidad de la democracia en la región. Sin duda, hay una profunda insatisfacción popular con líderes elegidos democráticamente: desde 2000, cuatro presidentes electos de los 18 países del estudio se vieron obligados a renunciar antes del fin de su mandato por protestas populares. Se observa también una creciente impaciencia que hace que la popularidad de líderes elegidos con entusiasmo de multitudes caiga en picado al poco tiempo. Lula, cuya elección aglutinó tantas esperanzas, empieza ya a provocar esta decepción.

Quizá lo que ha despertado más alarma es que casi el 55% de los encuestados dijeran que preferirían un régimen autoritario a otro democrático, si supusiera un verdadero avance económico en sus vidas. Esta es una de las 11 preguntas utilizadas en el informe para calibrar si la postura del entrevistado es realmente favorable a la democracia. Pero quizá el problema no está en las respuestas sino en el tipo de pregunta, que enfrenta una situación real con otra hipotética. Como cuando se pregunta si es mejor para los hijos vivir en un hogar con padres enfrentados o sufrir un divorcio civilizado y sin traumas. Entre vivir en una democracia que no mejora tu vida o en un régimen sin libertad política pero que ofrece bienestar, no es extraño que una mayoría se apunte a lo segundo. Después de todo, nadie reduce sus aspiraciones a votar cada cuatro años.

Pero ¿el sacrificio de las libertades políticas puede ser necesario para impulsar el desarrollo económico? La propia experiencia de Latinoamérica, que ha conocido regímenes autoritarios de todos los colores, indica que nada de eso ha traído bienestar, y en muchos casos ha aumentado la pobreza.

Cada vez es más clara la importancia decisiva de los factores políticos e institucionales en el desarrollo económico. A escala mundial, todos los estudios empíricos encuentran una alta correlación entre desarrollo y libertad política y económica. Los países más pobres son también los menos libres. Y no es extraño que así sea. En un régimen autoritario es más probable que florezca la corrupción, aunque solo sea por la imposibilidad de denuncia pública; no es excepcional que los recursos se utilicen en beneficio de una elite privilegiada con gastos suntuarios y propagandísticos, en vez de en educación, salud y servicios sociales; las inversiones privadas serán siempre inseguras si no se garantiza el imperio de la ley. Y si tampoco se respeta la libertad económica para producir, emprender y comerciar, se está poniendo grilletes al desarrollo. Por el contrario, en un régimen democrático es más probable que los recursos públicos se recauden con mayor equidad y que se asignen con mayor rendimiento social, y que la inversión privada se sienta más segura.

En América Latina, lo que aparece cada vez más claro como un freno es que la democracia convive con los niveles más altos de desigualdad. Según el informe comentado, el porcentaje de la población bajo el nivel de pobreza bajó del 46% en 1980 al 42,2% en 2001, gracias sobre todo a los avances logrados en Brasil, Chile y México. Pero la desigualdad creció: el índice Gini de distribución de la renta (“0” representaría la igualdad perfecta y “1” la desigualdad total) subió del 0,554 en 1990 al 0,580 en 1999. Así que la distancia entre los niveles superiores e inferiores del ingreso va a más.

En Latinoamérica la igualdad política no ha traído aún una mayor igualdad de oportunidades económicas, en gran parte por las desigualdades educativas. Sin duda, son problemas que no se resuelven en una legislatura. Sin embargo, para no perder la confianza en las instituciones democráticas, el ciudadano tiene que ver al menos que empiezan a enderezarse, no a agravarse.

Ignacio Aréchaga

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