Enero siempre sabe a principio y a interrogante. En el calendario de las esperanzas, el primer mes del año no es uno más: es la promesa que nos hacemos a nosotros mismos de corregir el rumbo, de recomponer lo que duele, de tender puentes donde sólo ha habido ruido. En estos días de arranque, mirando por el retrovisor cómo ha ido la Navidad, se instala también una pregunta urgente, delicada, definitiva, que late en las familias: ¿cómo hacemos para que nuestros hijos sean felices?
No hay prime time más insistente en la vida contemporánea que ese empeño íntimo de los padres. ¿Cómo conseguirlo? ¿Qué receta funciona? ¿Quién tiene la verdad? Y, sin embargo, entre consejos virales, frases motivadoras y atajos bienintencionados, se nos escapa lo esencial: la felicidad de un niño no es un producto final, ni un porcentaje de sonrisas, ni un marcador en una app. Es, sobre todo, un ambiente. Un tejido de presencia, de límites, de disponibilidad y de ejemplo adulto. Hay algo radical en esa propuesta: cambiar el mundo empieza por curar el lugar donde crece una infancia.
De todo este mar de fondo hablamos con Rafa Guerrero (Madrid, 1981), psicólogo y psicoterapeuta especializado en infancia y adolescencia. Autor, entre otros libros, de Trauma: Niños traumatizados, adultos con problemas; 9 reglas para una educación consciente; Menudas rabietas; El cerebro infantil y adolescente; Vinculación y autonomía a través de los cuentos… En primavera dará a luz Adictos a las pantallas, que “no trata de adicciones, sino sobre lo que hay detrás: las heridas, los vacíos, las huidas…”. Mientras, sigue divulgando salud y valores en las redes sociales y en los medios.
Recorremos la delgada línea entre deseo y realidad, entre bienestar y salud mental, entre a-ver-sis y ojalás. Hablamos de la responsabilidad compartida de todos –familias, escuelas, instituciones, sociedad entera– para mejorar el clima en el que se hacen adultos los más jóvenes. De ese desafío complejo. Sin agua limpia, una planta no prospera. Sin una tribu emocionalmente consciente, un niño tampoco.
No es sencillo. Pero no hay atajos. Eludir la importancia de la virtud para cosechar pilares sólidos de bien, de verdad y de belleza sería cobardía. Sólo los mediocres no son audaces. Esta conversación es un acto de valentía para mirar de frente lo que duele, y para imaginar, juntos, un futuro mejor para los herederos de nuestro mundo.
– Le he preguntado a ChatGPT cómo hacer que los hijos sean felices… y me ha respondido en apenas unos segundos con ocho claves muy claras. Qué fácil es dar consejos al por mayor…
– [Ríe] Miedo me da a mí el ChatGPT…
– Lo primero que subraya es “Hazle sentirse querido sin condiciones. El mensaje fundamental es: pase lo que pase, estoy contigo”.
– Esa es la idea. Acompañar, aceptar sin condición. La única condición se produce en el momento de la concepción: tu hijo ya está aquí. A partir de ahí, hay aceptación incondicional de la persona. No aceptación incondicional de todo lo que hace, ojo. Una cosa es la conducta y otra es mi hijo. La mirada incondicional es eso.

– Más. Dice: “Enséñale a manejar la frustración, no a evitarla”.
– La frustración no mola. A nadie le gusta sentirse frustrado, ni tener miedo ni estar triste. Pero si tuviera que quedarme con tres grandes aprendizajes emocionales, serían: gestionar la frustración, afrontar los duelos y enfrentarse a los miedos. Eso es la vida. No se trata de proteger de todo eso, sino de acompañar cuando aparecen esos episodios a lo largo de sus biografías.
– “Dedícale tiempo real, no sólo presencia”.
– Claro. A veces creemos que con estar es suficiente. “Yo estoy todas las tardes con mis hijos”. Bueno, vale, pero no consiste sólo en estar, sino en estar conectado. En entenderle, en ayudarle con lo que realmente necesita. La presencia vacía no vincula.
– “Pon límites claros y coherentes”.
– Y yo añadiría: que sean respetuosos. Los límites son necesarios. Los necesitamos los adultos y los necesitan también los niños y los adolescentes. Son una forma de protección.
– “Sé ejemplo, no sólo instructor”.
– La información está en Google y en todas partes, pero luego hay que predicar con el ejemplo. Si tú le dices a tu hijo que no fume, y fumas, se queda con lo que haces, no con lo que dices. Siempre.
– Hay una clave que me parece muy potente, pero abstracta: “Ayúdale a descubrir que su vida tiene sentido”. ¿Cómo?
– Todos tenemos el reto de descubrir el sentido de nuestras vidas. Y ese sentido no se aplica solo al trabajo. Puede estar detrás de una afición, de un proyecto de voluntariado, de ayudar a otros. Conozco a varios supervivientes del accidente aéreo de los Andes; Roberto Canessa siempre habla de esa idea esencial: encontrar en qué puedes ayudar y en qué encuentras paz haciendo el bien. Eso, en cada casa, se transmite con el ejemplo. No puedo exigir esfuerzo a un hijo si yo no me esfuerzo. No puedo pedir compromiso si yo no lo tengo. Darle un sentido a la vida es una forma de andar hacia adelante en todo lo que hacemos y en todo lo que somos, y se aprende desde la infancia.
“Sufrir emociones puede ser incómodo para el padre, pero también para el niño. A nadie le gusta sentir miedo, pero es fundamental”
– ¿Desde la infancia el niño debería entender que camina hacia una meta?
– Sí, pero no una meta impuesta, sino algo que quiera y le motive. Cuando algo te motiva, no lo vives como una obligación. Eso se transmite desde la tribu: la familia, la escuela, la sociedad… Las metas que valen la pena son los grandes valores que debemos enseñar.
– ChatGPT dice también: “Acompaña su vida interior. Un niño al que se le permite sentirlo todo, aprende a vivirlo todo”.
– Venimos de infancias donde no se nos permitía sentir. El miedo, la vergüenza, incluso decir que una comida no te gustaba estaba mal visto. Y todas las emociones son necesarias: las agradables y las incómodas. El miedo informa, protege. Hay que escucharlo y hacerse cargo.
– Aunque responder con equilibrio a las emociones del niño sea incómodo para los padres.
– Sufrir emociones puede ser incómodo para el padre, pero también para el niño. A nadie le gusta sentir miedo, pero es fundamental. Todas las emociones nos están diciendo algo. Hay que parar y escuchar.
– La inteligencia artificial acaba su prontuario con un consejo realista: “No necesitas hacerlo perfecto”.
– De hecho, la investigación nos dice que basta con ser padres suficientemente buenos. Se trata de atender, conectar y cubrir necesidades, al menos una de cada tres veces. Aun así, nos exigimos ser perfectos en todo, y quien mucho abarca, poco aprieta.
– Con todo lo que ves en consulta, ¿cuánto depende la felicidad de los hijos del equilibrio emocional de los padres?
– Bastante. No diré que el cien por cien, pero somos muy responsables. No somos culpables de la felicidad, de las tristezas o de los traumas de los niños, pero sí responsables. Esto implica algo muy importante: no podemos con todo, pero sí tenemos que hacernos cargo. Y cuando yo no puedo, cuando no soy capaz de gestionar todo esto, es bueno que pida ayuda al resto de la tribu o ayuda profesional. Al final, la felicidad y el equilibrio emocional de los hijos dependen, en esencia, de mamá, de papá y del resto de adultos que forman parte de su contexto vital, incluyendo a los amigos cercanos y a los maestros.
– ¿Cuál es el punto medio del equilibrio emocional?
– Prefiero hablar de inteligencia emocional. Una persona emocionalmente inteligente siente miedo, se enfada, se entristece. Lo contrario no existe en la realidad. Una persona con inteligencia emocional conecta con lo que siente, es consciente de sus emociones, sabe ponerles nombre y es capaz de gestionarlas.
Cuando yo siento rabia porque alguien me invade o me hace sentir mal, es muy importante saber qué me pasa y poner límites. También es clave saber decir no y permitirme estar triste sin que una voz interna me diga que no puedo estarlo. ¡Claro que puedes estar triste! De hecho, lo lógico es estarlo cuando hay una pérdida, un cambio, una muerte, un despido… ¡Eso también es inteligencia emocional!
“Un hogar es seguro cuando los adultos generan un contexto de tranquilidad, donde el niño puede contar algo malo y el adulto se hace cargo”
– En un contexto de incertidumbre social, económica y cultural, ¿cómo puede una familia convertirse en un lugar seguro sin aislarse del mundo?
– Podemos ser refugio seguro para nuestros hijos siempre y cuando tengamos esa capacidad. Y eso no consiste en querer, sino en poder. Nos han vendido el mensaje de que puedes conseguir todo lo que te propongas, y lo siento, pero eso no es cierto. Si queremos ser refugio seguro, vincularnos de manera sana, desarrollar la inteligencia emocional de nuestros hijos, enseñarles a poner límites…, Todo eso está muy bien como objetivo. La pregunta es: ¿tenemos los recursos? ¿Tenemos, por decirlo con una metáfora, descargadas las aplicaciones cerebrales necesarias?
Yo puedo querer que mi hijo ponga límites, pero si yo no sé ponérmelos a mí mismo o respetarme, el mensaje se queda en algo tipo Mr. Wonderful: bonito, inspirador, pero inútil en la práctica.
Un hogar es seguro cuando los adultos generan un contexto de tranquilidad, donde el niño puede contar algo malo y el adulto se hace cargo. Puedes reprochar una conducta, pero sin atacar a la persona: “Lo que has hecho está mal, pero tú no eres malo”. Eso es clave.
– ¿Qué efectos tiene crecer con padres habitualmente cansados, acelerados o emocionalmente desbordados?
– Los efectos los estamos viendo cada día: aumento de la ansiedad en niños y adultos, incremento de las tasas de depresión, de los suicidios, de los intentos de suicidio, de las adicciones… Vivimos en lo que Byung-Chul Han llama “la sociedad del cansancio”, y las consecuencias son estas.
Tenemos una salud mental muy deteriorada. Padecemos mucho sufrimiento, muchos trastornos y grandes dificultades para conectar entre nosotros. Y ojo, no hay una sola causa: el ritmo de vida, el estrés, la tecnología, las redes sociales… Se trata de un conjunto de factores.
– ¿Cómo influye la manera en que los padres gestionan sus conflictos, enfados o fracasos en la forma en que los hijos entienden la vida?
– Muchísimo. La manera en la que yo me autogestiono y me relaciono con mi pareja es un mensaje constante para mis hijos. No sirve decirles “tenéis que hablar bien” si luego nos gritamos, nos ignoramos o nos faltamos al respeto en su presencia. Al final, lo que queda no es lo que decimos, sino lo que hacemos. No se enseña a resolver conflictos explicándolo, sino viviéndolo. No es lo que mi padre dice, es lo que hace o deja de hacer.
– En tu experiencia clínica, ¿qué heridas emocionales ves con más frecuencia en niños criados en hogares aparentemente funcionales?
– Los grandes traumas visibles –accidentes, atentados, catástrofes…– representan sólo un diez o un quince por ciento de las heridas que nos marcan. La mayoría de los traumas que padecemos son invisibles. Me encuentro constantemente con situaciones de abandono emocional: padres presentes físicamente, pero no accesibles emocionalmente. Niños a los que no se les escucha, no se les comprende, no se les acompaña…
También veo muchos contextos sometedores: niños silenciados, chantajeados, castigados de forma habitual, criados desde el “yo mando, porque soy tu padre”. Eso deja huella. Aprenden que las personas mienten, ignoran, someten o huyen ante el conflicto, y eso aumenta mucho la probabilidad de sufrir psicopatologías o adicciones.
“No estoy seguro de que estemos preparados como tribu para acoger a niños en este contexto de estrés, presión, mala alimentación y poco descanso”
– “Abandono emocional”. Suena muy duro. En el fondo, ¿no sabemos querer?
– No sabemos querer. Venimos de generaciones donde la emoción no tenía cabida, donde había miedo y sometimiento. Ahora tampoco estamos bien: hemos pasado del blanco al negro. No funciona ni extirpar la emoción ni estar completamente desregulados. Hay que dejar el móvil en modo avión y atender de verdad a nuestros hijos.
– ¿Los hijos de hoy sabrán querer mejor que nosotros?
– Tengo mis dudas. Creo que la respuesta está en los grises. Veo padres muy conscientes, que vienen de infancias duras y están intentando romper patrones. Pero no es fácil. Desinstalar lo aprendido lleva tiempo. A mí mismo, con 44 años, no me resulta fácil.
– ¿Qué señales indican que un niño no está siendo feliz, aunque “no dé problemas”?
– Justamente esa: que no dé problemas… Los niños tienen que desregularse, enfadarse, frustrarse. Un niño excesivamente “bueno” suele estar pagando un precio alto por cumplir expectativas. Mucho estrés, mucha exigencia, mucho sufrimiento interno. Luego aparecen síntomas como la apatía, la tristeza, la ansiedad, el refugio constante en las pantallas, o en el porno y las redes sociales durante la adolescencia… No es lo más adaptativo, pero es lo mejor que tienen a mano en ese momento.
– ¿Ser padre es cada día más complejo?
– Muchísimo más. Tenemos demasiada información y, en algunas cosas, muy contradictoria. Además, cada vez contamos con menos tiempo y menos recursos emocionales. Conectar no es solo ir a Disneyland, es hablar de lo que ha pasado en el patio. Corremos tanto por la vida que a veces no tenemos tiempo ni calma para eso.
– ¿Vivimos en una sociedad un poco “infanticida”?
– Totalmente. No estoy seguro de que estemos preparados como tribu para acoger a niños en este contexto de estrés, presión, mala alimentación y poco descanso.
– En la educación de los hijos, ¿cómo se puede mirar al futuro sin morir en el presente y sin quedarse atrapado en el pasado?
– Respecto al pasado, debemos hacer ese ejercicio de ser conscientes y hacernos cargo de la infancia y la adolescencia que hemos vivido nosotros. Es probable que nos toque sanar rupturas, ventilar duelos que han quedado enquistados y que son patológicos, curar heridas… Todo eso es un trabajo individual. Después, eso hay que ponerlo en común con nuestra pareja para conocernos a fondo, porque es probable que muchas veces seamos bastante desconocidos. Este esfuerzo previo nos permitirá plantear expectativas, que es bueno que sean ajustadas, porque si no, estaremos frustrándonos constantemente. Cuando hablamos de la felicidad de los hijos, hablamos también de nuestra felicidad.
– Sin embargo, transmites esperanza.
– Claro que hay esperanza. Nuestro sistema nervioso siempre está orientado a la salud. Pero hay que trabajar con todo el sistema: familias, escuelas, instituciones, medios de comunicación, políticos… Si cada uno rema en una dirección distinta, no avanzamos. No es sencillo, pero merece la pena. La conciencia, el autocuidado, la empatía y el vínculo son el camino.
Un comentario
Pésimo “lead” con challipití.