María Elvira Roca Barea: “Discrepar es un acto heroico que te convierte en un paria universal”

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Duración lectura: 16m. 18s.
María Elvira Roca Barea

María Elvira Roca Barea (El Borge, Málaga, 1966) escribió en 2016 Imperiofobia y leyenda negra, un éxito editorial, una catarsis, un desfibrilador, un nuevo rumbo y un viejo revuelo entre las cortes que marcan la pauta de cómo se debe pensar para no salirse por la tangente sin pedir permiso.

Filóloga clásica e hispánica. Maestra y divulgadora. Punto de inflexión. Del hito de su valentía suenan hoy relatos paralelos a los enquistados por los intereses de la desinformación. Su ensayo fue un acierto de Siruela y los lectores lo convirtieron en el más leído de la última década, porque hay personas que buscan con sed la verdad sorteando los dogmas del prejuicio. Aunque nadie sea el Oráculo de Delfos.

Ensayista, escritora, profesora. Una sonrisa desestabilizante que lidia con la agresividad de los emperadores del relato. En 2018 sacó 6 relatos ejemplares 6, y en 2019 volvió a remover el cocotero con Fracasología. España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días.

Imperiofobia ha sido madre de España: La primera globalización, un documental de José Luis López-Linares que ha pasado con méritos por los cines del país y que ha llevado a la gran pantalla los agujeros de los mitos interesados, los postulados acomodados por la mediocridad, los trampantojos de las ideologías y las mentiras de una Historia que parece periodismo de clic. Antes, discrepar era cool. Ahora puede ser un billete hacia el patíbulo de la cancelación masiva.

Hay sol en Málaga y se otean aquí mares sin cerrazones por donde se navega a vela suelta.

¿Qué ideas sobre la historia le rondan en este momento histórico?

— No es una cuestión puramente de actualidad, pero cada vez tengo más claro que la historia necesita nuevos enfoques para que sea más comprensible. Urge incorporar elementos mayoritariamente marginados hasta ahora, como el clima, los fenómenos naturales como la pandemia, y el estudio razonado, no prejuicioso, de los imperios. Miro hacia una concepción de la historia menos limitada y más verdadera, porque la superespecialización fomenta unos localismos temáticos que la desenfocan. La historia siempre ha sido un campo abonado para toda clase de colonizaciones ideológicas, y entre los localismos mentales, los geográficos, las historias nacionalistas, que son una enfermedad grave y eterna, y tantos condicionantes deshonestos, queda claro que los estudios históricos requieren una renovación.

¿Esa renovación implica honestidad, una disposición sincera a enfrentarse a los hechos en una disciplina que debe ser aséptica, o mirar el pasado sin prejuicios es imposible?

— Yo abordo la historia con la máxima objetividad posible, no tanto por ser honesta con los demás, sino por mí. Intento que lo que he visto, voy a ver y veo no me lastre y no me limite más. La vida es una cosa que dura cinco minutos. Puesto que estamos vivos, intentemos comprender el mundo que vivimos lo mejor que podamos. Y si llego a una ligera conclusión, quizá me decida a compartirla con mis semejantes, pero, egoístamente, divulgar esos descubrimientos es secundario para mí.

Usted se salió del bucle con razonamientos y enfoques diferentes sobre historia con Imperiofobia y leyenda negra. Y le han llovido palos. ¿Qué ha pensado desde entonces sobre la sociedad de los datos, el peso de los argumentos y la batalla emocional?

— Que no existe relación… La batalla emocional mezcla asuntos distintos y enfanga la objetividad, a veces, en busca de adeptos para la causa que sea. Una intenta exponer argumentos lo más racionales posible con honestidad, y la pelea emocional lo enreda todo sin escuchar, con juicios previos. A la verdad nos acercamos trabajosamente con unas limitaciones enormes, pero el ser humano no es solo un ser racional. Tiene unos componentes de racionalidad, pero son muy escasos, y debe defenderlos con muchísimo esfuerzo. La batalla emocional funciona casi sola. Basta dejarse llevar por la pendiente y, automáticamente, lo que le sale al ser humano es avenirse a esto o a aquello emocionalmente y defenderlo con la fe del carbonero hasta morir, literalmente.

“En esta sociedad-hormiguero se tacha de indeseables a quienes pronuncien una verdad que no se convierta en dogma asumido por toda la manada”

— Ante los datos y los argumentos –usted lo ha vivido en sus carnes–, ¿la sociedad líquida responde con un tsunami emocional que ahoga el diálogo?

— Todo lo que parte del insulto, la difamación o la calumnia debe ser expelido de nuestras vidas, porque nos conviene no pastar en esa ciénaga deconstructiva. La confrontación a mis datos y mis argumentos se planteó siempre en esos términos. Nunca ha existido la voluntad de mantener un debate entre estudios serios, voces con prestigio, ideas sólidas y conversación respetuosa. La pugna contra Imperiofobia se dirigió desde el arranque a lo exclusivamente emocional, recurriendo a las descalificaciones ideológicas, algo que es muy significativo de las sociedades que comienzan a padecer un déficit democrático importante. En ese caldo de cultivo siempre reluce el comisario ideológico que establece las idoneidades y te coloca el brazalete amarillo con la estrella de David para situar los argumentos en posiciones débiles.

Yo soy un pájaro absolutamente solitario, no pertenezco a la pomada de los grandes popes de la cultura, ni del mundo académico. Un éxito como Imperiofobia ofendió a muchísima gente que llevaba tiempo en el camino hacia la visibilidad y, de pronto, fueron adelantados por una maestra de pueblo. Las críticas estomacales a este ensayo también tienen que ver con la enorme virulencia política que padece España en los últimos años. Los argumentarios de la leyenda negra no son solamente parte de la historia de muchas naciones; son parte, también, de los nacionalismos cantonales, y ellos siempre quieren sangre.

— Si el fango emocional e ideológico imposibilita el diálogo, ¿buscar la verdad de la historia y de la sociedad será cada vez más difícil?

— El ser humano camina hacia un tipo de sociedad en la que cada vez hay más individuos aglomerados. Las colmenas y los hormigueros ahora son más grandes. Se observa a simple vista que nos amontonamos, y este crecimiento de las ciudades es una realidad sin precedentes. Para que los seres humanos puedan vivir en tal grado de aglomeración, es necesario que se limen las características de la individualidad. Vamos hacia una sociedad de hombres y mujeres tipo, donde cunden los individuos mucho más aborregados y mucho menos desafiantes con respecto al grupo. Ese contexto hace que toda verdad que no se convierta en un dogma colectivo asumido por todos y todo planteamiento que no vaya a favor de la manada, vuelva indeseables a sus sujetos.

Como los límites de los márgenes son muy estrechos, las vidas de esas personas se hacen muy difíciles. La discrepancia se transforma en una dificultad enorme, casi insalvable, y en miedo a ser apartado del rebaño. Los medios y las redes sociales cuentan con una gran capacidad para ocupar todos los espacios posibles, y ya casi no hay lugares donde refugiarse. Eso asfixia la contestación, porque discrepar te convierte en un paria universal. Discrepar es un acto cada vez más heroico, porque al individuo que se sale del parámetro se le condena a muerte en vida. Los linchamientos mundiales a los que asistimos no son físicos, pero eso no quiere decir que no afecten al derecho a vivir de manera respetable. No es fácil salir de esas campañas masivas de cancelación, que muchas veces pivotan sobre mentiras de diseño.

¿Dónde están los intelectuales honestos influyendo en la opinión pública?

— Nunca he tenido vocación clerical. No me entretengo en buscar la honestidad o la deshonestidad de nadie. Hago como Sócrates: tengo mi daimon e intento hacer lo que considero decente, en función de mis parámetros de decencia. No juzgo a mis semejantes. Cada uno sabrá qué hace y por qué lo hace. Me repugna esa clerecía que corona al sexador de pollos ideológicos para que diga quiénes son los buenos y los malos señalando a quién hay que cortarle la cabeza.

¿El mundo de la cultura no tiene arrestos para enfrentarse a este fango?

— Cuando estudias la historia entiendes perfectamente que el mundo de la cultura siempre ha estado en los aledaños del poder. Tal y como lo entendemos, lo forman poetas, escultores, pensadores, que son gente que no produce nada y debe vivir de otros. Ahí están los filósofos griegos yéndose a las cortes de los tiranos para convertirse en adornos de mesa, incluido Platón. No hay nada nuevo bajo el sol. Es que hace mucho frío cuando uno está solo ante el peligro.

“La comodidad, la sobrealimentación y la seguridad no generan gente feliz. El ser humano está hecho para la dificultad, y superando dificultades es mejor”

— The Economist dice que España pierde calidad democrática.

— Es una cuestión que avanza en los últimos años. Hemos perdido una educación en democracia, en libertad, pero no creo que sea algo solo de España. Es un problema que afecta a todas las democracias occidentales por diversas causas. La primera es que ya son mayores de edad demasiadas personas que no son conscientes de lo trabajoso que ha sido estabilizar las democracias, no solo en España, insisto. Las democracias son muy difíciles de sostener, y perderles el respeto es un peligro. Antes de la caída del muro de Berlín, Occidente sabía de primera mano que existía un mundo sin libertades democráticas. El paso del tiempo hace que se difumine esa experiencia por la que muchas personas han dado su vida.

A eso se suma el peso social de las generaciones criadas en la sociedad del bienestar, habituadas a existir en una adolescencia perpetua, en la medida en que no reconocen gratitud. No son conscientes del enorme esfuerzo de lo que han hecho las generaciones anteriores. Para muchos, el sacrificio de sus antecesores era solo un paisaje. La sobrealimentación, el narcisismo, la sed de ideologías o la necesidad de integrarse en un grupo a cualquier precio son circunstancias que han llevado a estas generaciones que no valoran la democracia a no saber vivir en democracia. Son los mismos que viven en una sociedad del bienestar sin saber vivir en una sociedad del bienestar y los que, siendo auténticos privilegiados de la historia, han sobrepasado los récords de depresión. Es una estupidez pensar que la comodidad, la sobrealimentación y la seguridad generan gente feliz. El ser humano está hecho para la dificultad, y es más virtuoso y más feliz superando dificultades.

Como filóloga, cree que “el mundo clásico nos hace adultos”. Pero los clásicos están cada vez más lejos de las aulas, de los medios, de las tribunas…

— Los clásicos estorban muchísimo.

¿Por qué?

— Los clásicos están cada vez más olvidados en las aulas, en los medios y en las tribunas porque molestan: te enfrentan a realidades humanas que son eternas y muy incómodas. El mundo clásico no tolera la canción protesta. El mundo clásico engendra la tragedia y la épica. Esos textos están escritos en una época en la que no existía la adolescencia. Después de la infancia venía la edad adulta, y en seguida te hacías cargo de tus obligaciones en una sociedad en la que, si todo te iba mal, lo razonable era el suicidio. El mundo clásico expone una ciudadanía con unos niveles de soberanía personal, de autodisciplina y de moral propia que ahora son completamente inconcebibles. El mundo clásico es la antivictimización y nosotros hemos engendrado un mundo en el que la promoción y gestión de la víctima forman parte de la educación. Es así: hoy somos incompatibles con el modelo humano que proponen los clásicos.

En este contexto y en estas circunstancias, ¿cómo se cultiva el pensamiento crítico?

— El pensamiento crítico se cultiva poniendo en peligro la vida. La libertad individual ha sido siempre un riesgo. Ahora es peor porque, al menos, antes uno podía huir. ¿Qué hacía un griego cuando se veía obligado a exiliarse de la polis? Irse a otra polis y empezar una vida nueva. Solo tenía que atravesar la frontera para pasar página. Ahora no hay fronteras que traspasar y la asfixia es el clima del ambiente. Esta es una de las razones por las que el pensamiento crítico se reduce en la misma proporción en que menguan las libertades personales. Al ser humano, sobre todo al que estamos educando en las últimas generaciones, no hay que pedirle heroísmos, porque no tiene capacidad para afrontar riesgos. Es la pescadilla que se muerde la cola…

El éxito de ensayos como Imperiofobia o El infinito en un junco, de Irene Vallejo, demuestra que hay mucha gente que sigue teniendo hambre de verdad y salta por encima de las listas oficiales de los más vendidos.

— Es posible, porque hay de todo en todas partes, pero en cualquier sociedad existen unas mayorías que imponen su estilo y marcan la pauta. Nunca faltarán francotiradores. Después de muchos años como profesora, constato que hay un tipo de alumno que, aunque lo metas en un saco y le tapes los ojos, va a aprender. No importa el desastroso sistema educativo en el que se forme. Esa clase de estudiantes aparecen todos los años y los ves ahí, sobrevolando la ola, en medio del caos más absoluto. Cuando los miras a los ojos sabes que van a sobrevivir y que va a ser muy difícil que se conviertan en un ladrillo más en el mundo. La persona que impone su ley ahora mismo es una criatura pseudoanalfabeta, muy infantil, narcisista a tope, a quien no puedes contradecir, porque se ofende. Este es nuestro módulo social.

“Los clásicos están cada vez más olvidados en las aulas, en los medios y en las tribunas porque molestan: te enfrentan a realidades humanas que son eternas y muy incómodas”

¿Ve riesgos de sostenibilidad en las democracias europeas?

— No veo peligros inminentes severos, pero sí síntomas de lenta putrefacción. Las ideas democráticas están firmemente arraigadas, pero una democracia no es solo que la gente pueda votar de vez en cuando. Es fácil mantener la fachada de la democracia y dejarla completamente vacía de contenido.

— ¿Cómo ve a la izquierda política occidental?

La izquierda nacional e internacional se ha transformado en aliada del gran capital y ha abandono a los trabajadores. El populismo ha marginado ese ámbito, donde vemos que se cuece una enorme insatisfacción. El 80% del sostenimiento del Estado sale de las rentas del trabajo, y eso es un disparate. Estamos subsidiando la pobreza, sin pensar cómo dejar de sobrecargar a las clases trabajadoras, lo cual sería infinitamente más justo. La izquierda ha caído en un severo papanatismo y se ha olvidado de la gente. Nos hemos quedado sin una izquierda que vaya a lo mollar de las desigualdades sociales.

Después del brexit, de la pandemia, y de las ineficacias prácticas, ¿hay peligro de europofobia?

— En España, no. La adoración española por Europa lo sobrepasa todo. Sí veo peligros para el futuro de la Unión Europea (UE), porque creo que ha quedado muy tocada después del brexit. Por eso ahora está parada: ni para atrás, ni para adelante. En la crisis ruso-ucraniana, que viene de lejos, la UE ha demostrado ser inoperante en cuestión de política exterior. Eso no es nuevo, pero la cuestión es que no mejoramos. La UE tiene un poder tan frágil que, si no avanza, retrocede. En el ámbito de la política interior, ahí está, en medio de un conglomerado en el que la moneda única no ha sido capaz de desarrollar líneas hacia una hacienda común que unifique el sistema de tributación, lo cual es un disparate. La UE debe demostrar que la unidad es la mejor opción, especialmente frente a Gran Bretaña. Si no lo consigue en diez años, se hundirá, languideciendo hasta morir.

¿España tiene alguna relevancia mundial?

— ¡Ninguna! Otra cosa es que, en el pasado, existiera el imperio español o monarquía hispánica, como usted quiera llamarlo, que fue la potencia hegemónica que duró tres siglos y que ha sido el imperio occidental más influyente desde el Imperio Romano. Pero eso no es la España europea de ahora… Hay gente que no ha salido mentalmente de ahí, como el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Hace doscientos años que ese imperio implosionó y se fragmentó, y generó un montón de realidades políticas, ninguna de las cuales ha demostrado capacidad ni para estabilizarse, ni para tener la más mínima influencia, no ya en el mundo, sino ni siquiera en su continente. La vida de aquel imperio dejó una lengua colosal y millones de hablantes sin cabeza. Su fuerza cultural es innegable –la música, la literatura…–, pero nada más. Desde el punto de vista político y económico todo es una catástrofe, porque hemos conseguido ser los últimos de la compañía: los que estamos en Europa, en Europa, y los que están en América, también.

¿Cómo son las relaciones entre España e Iberoamérica?

— No creo que España sea una realidad distinta desde el punto de vista hispanoamericano. Las relaciones en el interior del mundo hispano las veo muy mal. Todos los países hispanos sufren por dentro un trastorno bipolar por no haber sabido entender y aceptar el final del imperio. Dos siglos después, siguen con cantinelas que son cortinas de humo de procrastinación inoperante.

¿A qué pueden aspirar las próximas generaciones de españoles?

— Las nuevas generaciones de españoles tienen delante una tostada muy difícil, porque viven en un país en plena balcanización. Va a ser muy arduo intentar que no se produzca una fragmentación política. Además, están en medio del futuro incierto de la Europa occidental. Habrá que ver si es capaz de unificarse de manera que esté en condiciones de defender sus intereses, porque ya no puede vivir más tiempo bajo el paraguas de Estados Unidos, una potencia en plena decadencia.

¿Somos conscientes de la relevancia de Oriente?

— No. Lo estamos viendo ahora: si China apoya a Rusia, la cosa es tremendamente difícil. Pero los europeos estamos muy perdidos y seguimos viviendo de las viejas glorias. No asumimos que viene un mundo nuevo en el que Occidente retrocede frente a una hegemonía asiática evidente. A lo mejor la jugada inteligente era haber atraído a Rusia hacia Occidente…

Álvaro Sánchez León
@asanleo

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Un comentario

  1. Encuentro muy sobrevalorado el libro de Roca Barea. Me llama la atención que sólo cite a Francisco de Vitoria como de pasada, sin detenerse en su doctrina. Me pregunto si habrá leído sus “Relecciones sobre los indios y el derecho de guerra “. No se puede escribir un libro serio sobre el tema ignorando la doctrina De Francisco de Vitoria.

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