A mí me cae muy bien Luis de la Fuente. Pero, como a mí, a millones de españoles. Es verdad que hoy nos cae todavía mejor porque España acaba de ganar el mundial de fútbol. Pero pienso que, si hubiéramos perdido la final, seguiríamos votándole si se presentara a unas elecciones.
Y esto no es una idea para Pedro Sánchez, que ya quiso aprovechar el carisma de otro seleccionador querido (Pepu Hernández) y lo presentó a la alcaldía de Madrid con pésimos resultados. Al deporte lo que es del deporte y a la política, lo que es de la política.
Pero sí pensaba, viendo el hartazgo de una mayoría de españoles con quienes dicen representarnos, si no hay algunos valores del seleccionador que podrían imitar los Sánchez, Puentes, Feijóos, Abascales y Rufianes de la vida.
De la Fuente ha insistido hasta la saciedad en que, además de gente talentosa con el balón, es importante que los jugadores sean buenas personas, “gente solidaria, con valores, que sean capaces de formar un equipo, de cubrir al compañero”. Tengo que confesar que, en los primeros compases del Mundial, cuando el entrenador hablaba de ser buena gente y de la importancia del grupo yo pensaba que muy bien, muy bonito, pero un Mundial no es Disney. Y ahí estaban Mbappé, Messi, o Bellingham para recordarnos que ninguno era la princesa de Frozen. Me alegro de haberme equivocado y haber tenido que darle la razón a un señor que ha demostrado con una copa que “ningún jugador es mejor que todos juntos”.
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Qué bien nos vendría que los políticos eligieran a sus colaboradores con estas tres premisas: gente con talento, con valores y con capacidad de trabajar en equipo. No solo entre ellos sino con el resto de los españoles. Cuando ayer Ferrán decía que el gol lo habían metido 47 millones de españoles casi se me cae una lagrimita pensando en los políticos que solo gobiernan para sus hinchas más cercanos, ni siquiera para sus votantes… no digamos para los que no les votan.
A mí me cae muy bien de La Fuente pero me caen también muy bien Cucurella, y Oyarzabal, y Cubarsí, que se parece a mis sobrinos y que dice que si se envanece, su madre le pega una colleja, que es exactamente lo que haría mi hermana. Y Unai Simón, que ayer se acercó a cada uno de los jugadores argentinos para darles la mano. Me cae genial Pedro Porro y su abuelo. Y Nico Williams, que nada más recibir su medalla de oro, corrió a dársela a su madre, que emigró de Ghana embarazada para huir de la pobreza. Y Pedri, que después de cada título que gana, hace bajar a su padre al campo para que le pare un penalti. Es su muestra de agradecimiento a un hombre que sacrificó su deseo de ser portero profesional por sacar adelante a su familia. Son detalles que nutren las crónicas periodísticas de estos días y que revelan que, al final, los valores se reciben en la familia y se demuestran en el campo. Y si hay una continuidad entre familia y seleccionador, mejor que mejor. Hace dos años hablábamos del entrenador y las madres. Pero lo mismo se podría decir de los padres.
Porque además, De la Fuente, padrea de lo lindo. En el buen sentido de la palabra (si no saben lo que significa, pregunten a cualquier zeta). El seleccionador habla de sus jugadores como si fueran sus chavales y siente el mismo orgullo que muchos padres sienten por sus hijos. Escuchándole parece que el mérito es solo de ellos, que él está de prestado. Esa confianza impulsa y esa humildad se acaba contagiando. Si tienes un entrenador que solo echa flores al equipo no te las vas a echar a ti mismo por mucho que marques goles. No queda bonito. Cuánto podrían aprender tantos Narcisos que pululan por la política (no solo española), ávidos de medallas y suspirando por entrar en la foto. Que se lo digan a Trump.
Como se terminan contagiando también el respeto a las formas y a lo institucional de un entrenador que no insulta, que no grita, que respeta al rival y que se planta con chaqueta y corbata un 19 de julio. Es solo un detalle, y no el más importante, pero estás dando un mensaje, y es más fácil que tus jugadores sean capaces de mantener las formas ante un rival. Qué bueno sería que los políticos se contagiaran también y abandonaran los insultos y los tacos en sus tuits e intervenciones.
Por último, por ir terminando, que esto es solo una columna, muchos políticos podrían imitar la valentía de Luis de la Fuente para manifestar sus ideas y sus creencias. Siempre desde el respeto, el seleccionador ha hablado de su fe y ha explicado, por ejemplo, cómo influye la oración en su vida. Y lo ha hecho sin ninguna superioridad y sin ningún complejo. Sin miedo a que lo tachen de carca o meapilas. Y esto ha tenido también su influencia, porque algunos que, quizás, rezaban en secreto, se han atrevido a declararlo. El míster ha ido por delante. Qué bien le vendría también a algunos políticos miedosos emular al entrenador.
Hablando de fe y deporte, hace menos de un mes León XIV recordaba a un grupo de atletas que “la competición pasa pero los valores permanecen”. El mundial ha terminado. Queda la copa y, sobre todo, lo que algunos deportistas nos han enseñado.
Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta
2 Comentarios
Gracias Ana por tu crónica.
Aunque suene raro, el fútbol ha conseguido unir a todos los españoles en estos momentos de radicalización ideológica.
Que no olvidemos todas las enseñanzas que nos ha dejado nuestra selección este verano.
Gracias, Eloísa, por tu reflexión.