Los tres “milagros” del aborto

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Aborto

Si alguna vez el lector se ve en la posibilidad de defender el derecho a la vida en un debate racional –por desgracia, algo poco frecuente–, recomiendo que utilice el vídeo “The Magical Birth Canal”, de la asociación provida canadiense Choice42. En él (siento el espóiler), una mujer joven trata de explicar la “magia” que convierte a un ente sin derechos humanos propios, el feto antes de atravesar el canal del parto y aparecer ante la vista de todos, en un ser humano; uno, además, que merece especial protección legal.

La ironía del vídeo demuestra el absurdo lógico (el pensamiento “mágico”, supuestamente propio de los credos religiosos) de la causa abortista. Al menos, de la variante más burda, la del “mi cuerpo, mi decisión”; aunque, ciertamente, tampoco las demás variantes (aborto por plazos, o por supuestos) resisten la mordaz diatriba del vídeo.

De todas formas, ese “milagro” biológico y jurídico es solo una de las manifestaciones del pensamiento mágico que impregna la defensa del aborto. También en el terreno de lo social se produce una transformación milagrosa, especialmente visible en el caso de los fetos a los que se les diagnostica alguna anomalía: si no llegan a nacer serán solo un problema para la madre, un disgusto que sabiamente –o incluso compasivamente– ha sabido evitar. En cambio, si ella decide continuar con el embarazo, se convertirá en una heroína, y el niño, en un ejemplo de superación que conmoverá nuestras conciencias al recordarnos lo que es verdaderamente importante en la vida.

Puede sonar duro, pero cuando Jesús Vidal, actor español con discapacidad, recogía su Goya por Campeones ante una sonora ovación –especialmente eufórica cuando mencionó las palabras “inclusión, diversidad y visibilidad”–, no pude dejar de pensar que algunos de los que aplaudían allí en frente, puede que incluso alguno de los creadores de la película, hubieran recomendado a la madre de Jesús que no lo hubiera tenido. Probablemente, el argumento hubiera sido que una vida así no merecía la pena (ahora, en cambio, se emocionaban cuando el actor decía aquello de “a mí sí me gustaría tener un hijo como yo”); o que solo merecería la pena si ella decidía tenerlo, si lo quería. Pero, ¿no es esta “externalización” de la dignidad una nueva muestra de pensamiento mágico? O incluso algo peor: ¿no nos enseña el feminismo que lo de valorar a una persona o valorarse a uno mismo/a por el amor que se recibe de otro es una alienación del heteropatriarcado; que no necesito a nadie para estar completo/a; que “porque yo lo valgo” y no hay más que hablar?

Hay un tercer milagro que rodea el nacimiento o no de un hijo. En este caso, la magia recae sobre el padre; o llamémosle inseminador, por ahora. El caso es que muchas personas defienden que, hasta antes de que se produzca el parto, este no debería tener ni voz ni voto en caso de que la mujer decida abortar. ¿Quién se ha creído que es? ¿Acaso ha llevado al niño durante nueve meses en su cuerpo? (Bueno, tampoco es que el verbo sea “llevar”, porque eso significaría que hay algo diferente al cuerpo de la mujer, y tampoco llamémosle “niño”… En cualquier caso, ¿quién se cree?) Pues resulta que, por arte del “canal mágico del parto”, esas mismas personas que recomendaban al varón hacerse a un lado, después del nacimiento le reclamarán –y con toda razón– que no deje sola a la madre con los cuidados, que si pueden repartirse 50/50, mejor, porque lo contrario sería machismo puro y duro.

El caso es que el aborto, por mucho que se empeñen, no tiene nada de milagroso. Que algunas veces –es difícil saber cuántas, pero ahí están asociaciones como REDMADRE que podrían contar bastantes historias–, el hombre que ha dejado embarazada a la mujer presiona para que esta aborte; que algunas veces –una vez más, pregúntese a este tipo de asociaciones o a algunos psicólogos– la “terminación” del bebé deja una herida psicológica en la mujer, o en el hombre, o en los dos, se califique o no científicamente como “síndrome post-aborto”; que los reparos éticos de muchos médicos a practicar abortos son también muy reales. En definitiva, que en todo lo que rodea el aborto, magia, magia, más bien poca. Dolor, en cambio, bastante.

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