Francisco el “liante”, el aura de León y otros giros (más culturales)

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El Papa Francisco durante la Jornada Mundial de las Misiones de 2024 (20-10-2024) Foto: Stefano Spaziani / Europa Press

Hace un año se fue Francisco. Llevaba tiempo enfermo pero murió en el campo de batalla. De hecho, no murió en la plaza de San Pedro de milagro. Por unas horas. Anciano, débil, desfigurado, no quiso dejar de celebrar la Pascua con los fieles que estaban en Roma.

Murió un lunes laborable muy temprano, un detalle que siempre le agradeceremos algunos. En este año han pasado muchas cosas. Ha pasado sobre todo un cónclave y un nuevo Papa, que ha confirmado que la Iglesia está por encima de los relatos. Y también de las diferencias de personalidad, nacionalidad, acento y vestimenta. La catolicidad de la iglesia y, en el fondo, su carácter sobrenatural, se demuestra en que es una institución capaz de albergar en su seno –y sin que le estallen las costuras– a un Papa ataviado con poncho y camiseta y a otro con muceta y brocados. O, trascendiendo las frivolidades, a un papa deportista, filósofo y vehemente anticomunista con otro pianista y teólogo; un misionero canonista y un especialista en meterse en charcos y “montarla”.

Porque Francisco empezó su pontificado animando a los católicos a hacer lío, y decidió ir por delante, para desesperación de algunos creyentes y regocijo de los periodistas. 

Pero hoy, un año después de su muerte, no quiero fijarme tanto en sus “líos” como en su apuesta por una Iglesia en salida, y en cómo esta apuesta ha podido influir en lo que, durante estos últimos meses, algunos han llamado giro católico de la cultura.

Llevo estos mismos meses pensando que la machacona insistencia de Francisco en la misericordia, su “todos, todos, todos”, sus continuos guiños a los de fuera (tantos, que llegaron a doler a los de dentro) y su afán de ensanchar los muros de la Iglesia, abonaron el terreno para que esos que estaban fuera empezaran a interesarse por la Iglesia y por quien la había fundado.

En este tiempo de crisis y superación de la posmodernidad, de vacío y sed espiritual, de cansancio del cinismo y, al mismo tiempo, de suma fragilidad, creo que tener un Papa hablando de un Dios que es misericordia y una Iglesia que es hospital de campaña ha hecho que más de un artista, literato o cineasta se plantee que quizás esa casa pueda ser la suya. Que, si hay tanto espacio y le van a querer tanto, por qué no darse una vuelta y aspirar a una habitación, aunque sea de invitados.

O, sin llegar a tanto –es lo que narra Javier Cercas en su novela El loco de Dios en el fin del mundo—, al menos tomarse un té con los integrantes de esa gran familia para descubrir que, junto a pecadores que manchan el rostro de la Iglesia, hay hombres y mujeres dando su vida por Dios y por los más necesitados.

Uno de esos, por cierto, es Robert Prevost, que fue misionero antes que Papa. 

En estos meses me he preguntado muchas veces si alguno de los que han vuelto a la Iglesia no lo han hecho gracias a que Francisco les abrió la puerta con un “pasen, están en su casa”. 

O si muchos de los que ahora escuchan a León XIV, valoran su serenidad, la fuerza de su discurso y alaban su aura no lo hacen, en parte, gracias a que Francisco llevaba trece años dirigiendo la mirada hacia la Iglesia. 

Aunque fuera para “liarla”.

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