En la acción exterior de la Casa Blanca no priman las alianzas con otras democracias, ni la lucha contra las autocracias: todo es cuestión de intereses, y los primeros son los de Estados Unidos.
El nuevo secretario de Estado, del que se podía esperar un enfoque más internacionalista por sus orígenes y trayectoria política, disipó esta posibilidad en su primer discurso.
El autor, que ya subrayó en su anterior libro el peso de los condicionantes orográficos y climáticos en la política, se centra ahora en el ejemplo de diez países; España entre ellos.
El ocaso del panarabismo, el apoyo de EE.UU. a las monarquías tradicionales, el recelo frente a Irán o el recuerdo de la Primavera Árabe debilitan el apoyo a Palestina.
La Cumbre confirma la división del mundo en dos bloques y en dos escenarios de tensiones y enfrentamientos: la Europa fronteriza con Rusia y la región del Indo-Pacífico.
El fin de la Guerra Fría dejó a Estados Unidos como única superpotencia. Pero ahora China y Rusia desafían el dominio norteamericano y amenazan con nuevos conflictos.
El país busca afianzar su influencia por varias vías. En lo militar, se apoya en sus milicias aliadas; en lo diplomático, en las bazas del antiimperialismo y la “paciencia estratégica”.
La invasión rusa de Ucrania ha dado cohesión a la Alianza, pero los socios europeos ven el peligro más cercano y dudan del compromiso de Estados Unidos.
Que por primera vez el ejecutivo norirlandés esté presidido por una nacionalista es un paso adelante en la normalización política, pero no significa que se haya alcanzado la reconciliación en la sociedad.
El conflicto ha provocado una sacudida en la región que parece favorecer los intereses de Irán y trastoca el acercamiento entre Israel y varios países árabes.
Robert Gates, secretario de Defensa con Bush y Obama, sostiene que la falta de consenso bipartidista en el Capitolio debilita a EE.UU. para contener a China y Rusia.
El gobierno de Erdogan conmemora el centenario de la República de Turquía invocando a Atatürk, pero afirmando una versión distinta del nacionalismo del fundador.
La muerte de Prigozhin, sean quienes sean los culpables, refuerza el mensaje nacionalista de Putin y enlaza con una triste tradición de la política rusa.