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La conquista de la libertad

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La conquista de la libertad

Se suele decir que cuando la sociedad habla mucho de algo, es porque ese algo brilla por su ausencia. Creo que esa idea se cumple a rajatabla cuando hace referencia a la libertad. Pocos conceptos llenan más las tertulias televisivas, los titulares de prensa y los mítines políticos. Es interesante pararnos a analizar cuál es la concepción que se tiene acerca de la libertad y así entenderemos por qué vivimos en un mundo cada vez más condicionado, limitado y restringido en todos los sentidos.

Se entiende la libertad como la capacidad de tomar decisiones sin que nada ni nadie me las puedan coartar. Por eso las sociedades capitalistas unen con tanta frecuencia la libertad al status económico. Si tengo dinero podré dar rienda suelta a mis sueños. Podré satisfacer todos y cada uno de mis deseos. Pero la realidad es tozuda y las cosas no son tan fáciles como parecen. ¿Son las personas más ricas más libres? Solo hay que asomarse un momento a las redes sociales y observar con detalle cómo se comportan ricos y famosos. ¿Cómo es posible que entre las personas que, aparentemente, pueden conseguirlo todo abunden los insatisfechos, los adictos, los inestables y los suicidas?

Es obvio que nuestra capacidad para hacer cosas está condicionada por miles de factores externos: nuestros genes, nuestra posición económica, nuestra cultura y nuestro nivel de salud, pero puntuar alto en todos y cada uno de estos factores no nos garantiza nada. Ser sanos, fuertes, acaudalados e inteligentes no tiene por qué ser sinónimo de alcanzar la libertad.

Desde un punto de vista psicológico, una de las acepciones que tiene el término de normalidad psicológica es la capacidad que tenemos para adaptarnos al cambio. Hacer frente de manera efectiva a los desafíos y demandas del entorno en el que uno se encuentra. Según este enfoque, bastante certero, la persona libre es aquella que es capaz de tomar decisiones a pesar de los condicionamientos externos. Sean estos buenos o malos. Adversos o beneficiosos. Y es entonces cuando aparece la paradoja. Si yo tengo todo lo que quiero. Si he nacido en la abundancia material. Si tengo un físico espectacular y un intelecto poderoso, aunque lo tenga todo algo más fácil, tendré mayores dificultades para enfrentarme a la contrariedad.

Navegar contra aguas turbulentas. Enfrentarse a la muerte y al dolor. Superar el fracaso, la traición, el desamor. Soportar con alegría las mil y una contrariedades del día a día. Esos son símbolos claros de haber alcanzado la verdadera libertad. Y para eso, y aquí está la paradoja, es imprescindible sufrir limitaciones.

Las personas libres se autodominan sin caer en la angustia y la represión. Son dueños de sus actos y responsables de sus acciones. No viven un bamboleo emocional ni una inestabilidad sistémica. Cuando las cosas van bien, son capaces de prever los futuros nubarrones y ponen los medios para adelantarse a las cosas malas que puedan venir. Como las hormigas de la célebre fábula de la cigarra, ahorran lo que ganan y no creen ser los únicos artífices de su éxito. Son humildes y certeros. Son ecuánimes cuando analizan el éxito. Por tanto, evitan absurdos subidones sentimentales que tan poco duran y tan poco aportan.

Y cuando las cosas van mal y no salen como ellos quieren, tienen la capacidad de sobreponerse y desdramatizar sin refugiarse en el pozo oscuro de las emociones negativas, sin recrearse en el lamento inútil de los deberías y de los condicionales. Por eso consiguen esquivar los bajones infinitos. Y no desarrollar rasgos de dependencia emocional refugiándose en otras personas sobre las que desahogar sus traumas eternos. Traumas que, duro es reconocerlo, muchas veces solo están en su cabeza.

Las personas libres no piensan lo que les da la gana. No dan rienda suelta ni a pensamientos destructivos ni a pesimismos baratos. No edulcoran la memoria pensando aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No se atrincheran en nostalgias fantasmales ni en recuerdos inventados. Aceptan la realidad tal y como es. Entienden que el mundo, las circunstancias y la época que les ha tocado vivir son las mejores de la historia porque son las que ellos tienen que protagonizar. Para alcanzar semejantes niveles de libertad interior es imprescindible hacer algunos ejercicios mentales que permitan que en nuestro interior no anide la crítica ni la murmuración. Disculpar las intenciones ajenas, perdonar el mal que uno padece, relativizar el sufrimiento al que uno se enfrenta son claves si queremos ser de verdad libres.

Y después de andar por estos derroteros de la madurez, el hombre libre entiende que es responsable de sus éxitos, pero también de sus fracasos. Y descubre, no sin cierta sorpresa, que la libertad no tiene mucho que ver con hacer lo que me apetece en todo momento, ni en comer lo que me gusta, ni en viajar a donde me plazca. La libertad tiene mucho más que ver con elegir lo correcto. Los auténticos universales. El Bien, la Verdad, la Belleza, la Unidad. Esas son las auténticas señales de la autopista que lleva a la conquista de la libertad.

Y es ahora cuando la paradoja cobra sentido. El hombre libre ha conseguido aceptar la frustración como parte del camino. Ha entendido que hay que vivir una cierta pobreza para ser realmente rico. Ha vivido en sus carnes que hay que padecer algún tipo de enfermedad para descubrir la importancia de la salud. Y por encima de todo ello, se ha dado de bruces con una realidad, y es que es imposible alcanzar la libertad en la soledad. La persona libre vive enamorada de la vida y también de sus iguales.

El que ama con locura a sus semejantes es capaz de superar la esclavitud del yo y se sorprende a sí mismo cuando entiende que hay mucha más felicidad en dar que en recibir y que pocas acciones nos hacen más libres que aquellas que tienen como único fin aliviar el sufrimiento de los demás.

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