La familia transnormal

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Contrapunto

Desde que en España tenemos el Derecho matrimonial “más avanzado del mundo”, vamos de estreno en estreno. La posibilidad de matrimonio civil entre dos mujeres o entre dos varones no ha provocado una avalancha de bodas, pero se ha devaluado como noticia periodística y a la salida ya no hay fotógrafos diciendo “¡que se besen!”. En cambio, acabamos de enterarnos de otra première: en el Ayuntamiento de Girona se ha casado la primera pareja de transexuales, que se sienten mujeres y además son lesbianas. Y otra vez tenemos foto y reportaje, al menos en “El País”, que en estos casos actúa como el “Hola” de las parejas “no convencionales”.

A primera vista, parece que para este viaje no hacían falta alforjas. Si quien nació varón quiere casarse con una mujer es señal de que responde a los estímulos propios de su sexo biológico, así que no debería sentirse psicológicamente “trans”. Pero este planteamiento es demasiado simple para los tiempos que corren. Las protagonistas, Sabrina y Ángela, movidas por un afán didáctico, quieren que “la ceremonia y su publicidad sirvan para aclarar la diferencia entre identidad sexual y orientación sexual”. Es decir, que una cosa es que se sientan mujeres, aunque biológicamente nacieran como hombres, y otra que ambas sientan una atracción sexual por las mujeres, como también les ocurre a los varones. Su orientación sexual es la misma que tendrían por su sexo biológico, pero ellas no se identifican con ese sexo. Si no me hago un lío, quieren ser deseadas como mujeres, pero por otra mujer.

Identidad sexual y orientación sexual, todo se construye, todo se elige, todo se transforma. Hasta ahora creíamos que los hombres eran de Marte y las mujeres de Venus, y que por eso era difícil entenderse. Pero ahora hay combinaciones que parecen de otra galaxia. Hoy la biología no cuenta, aunque si uno observa los rostros de las protagonistas de la noticia no es difícil advertir que los cromosomas también tienen algo que decir.

Para los adeptos a la ideología de género, el sexo biológico no es más que un accidente, pues lo prioritario es el género elegido y la orientación sexual preferida, que a su vez puede ser cambiante.

Sabrina, mexicana, y Ángela, española, viven el “sueño” de poder casarse, “algo que solo se puede hacer en España”. Pioneros somos y en el camino andamos abriendo paso al mundo. Si todavía les queda algún fleco legal que arreglar, podrán acogerse a la futura ley de identidad de género, que permitirá a los transexuales elegir el género que quieran. Y como la ley no dice que solo se pueda cambiar una vez, no hay que excluir el género de ida y vuelta. Todo sea por el libre desarrollo de la personalidad.

Pero no está claro si Sabrina, mexicana, está al día de toda la legislación española sobre el matrimonio. “Ángela me ha prometido que el compromiso durará al menos 30 años”, dice confiada. ¿Es que no sabe que en España uno se puede divorciar de modo unilateral y sin causa a los tres meses de casarse? ¿A qué viene ese atavismo por el lazo matrimonial permanente en una pareja tan innovadora?

En el fondo, esta obsesión por convertir cualquier tipo de parejas en matrimonio responde a un anhelo convencional de respetabilidad, a un antojo de normalidad. “Simplemente, somos otra forma de familia”, dicen Ángela y Sabrina. Una familia, digamos,… transnormal. Porque para definir lo que es una familia normal tendría que haber alguna anormal que sirviera de contraposición. Pero ¡cómo discriminar así a alguien! Todos normales.

Hasta los X-Men podrían constituir una familia normal. El género del futuro es el mutante.

Ignacio Aréchaga

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