Elogio de la familia extensa

CC Suttonls

“La familia nuclear fue un error”, titula categóricamente el periodista David Brooks un artículo en The Atlantic. ¿A qué familia alude? A la de “toda la vida”: la del hogar formado por la madre, el padre y los hijos, que según explica el columnista de The New York Times, ni estuvo ahí “toda la vida” ni, previsiblemente, estará.

El autor lo ilustra a partir de los cambios socioeconómicos ocurridos en EE.UU. desde principios del siglo XIX, una sociedad entonces cuyos tres cuartos de población vivían en zonas rurales. No era raro que los matrimonios tuvieran entre siete y ocho hijos, y que en el ambiente del hogar estuvieran presentes además “tías, tíos, primos, sirvientes, aprendices y personal agrícola”.

Aquella era la familia extensa, en la que los menores podían ser educados por los padres y por el resto de los mayores cercanos, y en la que los ancianos tenían una red de apoyo bastante más amplia (“en 1850, aproximadamente tres cuartos de los estadounidenses mayores de 65 años vivían con sus hijos y nietos”).

El declive de este tipo de familias habría venido de la mano de la transformación económica, que restó importancia al campo en favor de otros sectores. Los hijos ya no eran criados para asumir roles económicos en la granja, sino para abrirse camino autónomamente en otro sitio. “Hacia 1920 –señala Brooks–, la familia nuclear, con el varón proveedor, había reemplazado a la familia corporativa como la forma dominante. Para 1960, el 77,5% de todos los menores vivían con sus dos padres, apartados de su familia extensa”. La posguerra, con su boom económico, y los 60 habrían sido el momento de consolidación del modelo nuclear.

Pero con los años 70 llegaría el momento de su “desintegración”. Fruto del cambio cultural y de la caída de los ingresos de los trabajadores, “la sociedad se volvió más individualista” y “la gente otorgó mayor valor a la privacidad y a la autonomía”. El matrimonio pasó a percibirse, no ya como el ámbito en que nacían y se educaban los hijos, sino como una meta de realización personal, y el modelo nuclear sufrió las consecuencias: según Brooks, de 1970 a 2012 el número de familias compuestas por un matrimonio con hijos se redujo a la mitad.

“Hoy –subraya–, solo una minoría de los hogares estadounidenses son familias nucleares tradicionales; apenas un tercio de los norteamericanos viven en este tipo de familia. Esa ventana abierta entre 1950 y 1965 no era lo normal. Fue un momento histórico extraño, en el que la sociedad conspiró, a sabiendas o no, para ocultar la fragilidad esencial de la familia nuclear”.

Un panorama sombrío

El autor no oculta su preferencia por el modelo de familia extensa, con sus puntos fuertes y aun con sus problemas, como la falta de privacidad.

Entre las primeras, cita la resiliencia: “Una familia extensa es una o más familias en una red de apoyo. Tu cónyuge y tu hijo van primero, pero también hay primos, parientes políticos, abuelos… una compleja red de relaciones entre 10 o 20 personas. Si una madre muere, los hermanos, los tíos y tías, y los abuelos están ahí para hacerse cargo. Si la relación entre un padre y su hijo se rompe, otros pueden cubrir la brecha. Las familias extensas tienen a más personas para compartir las cargas inesperadas”.

También estaría su mayor fuerza de socialización, pues agrupa no a dos, sino a más adultos que pueden enseñarle al niño lo que está bien y lo que está mal, cómo comportarse con los otros, cómo ser amable…

Las familias nucleares, en cambio, no tienen estos apoyos, o al menos no las de menor estatus económico. Si los progenitores gozan de una buena posición, recurren a otros formadores particulares para que suplan el tiempo que ellos no dedican personalmente a la enseñanza de hábitos y aptitudes a sus hijos. Pero los de menores ingresos no se lo pueden permitir, con lo que en esos hogares aparece un déficit de socialización y formación.

Como derivación del modelo nuclear, Brooks dibuja un panorama verdaderamente sombrío: “Las personas que crecen en familias nucleares son propensas a tener una mentalidad más individualista que quienes se crían en un extenso clan multigeneracional. La gente con mentalidad individualista tiende a tener menos disposición a sacrificarse por el bien de la familia, y el resultado es más ruptura familiar. Quienes crecen en familias rotas tienen más problemas para recibir la educación que se necesita para tener una buena carrera profesional. Y a quien no tiene una buena carrera, le resulta difícil formar una familia estable, tanto por los problemas económicos como por otros factores estresantes. Y los hijos de esas familias se aíslan y traumatizan más”.

La familia  extensa cuenta con una mayor fuerza de socialización, pues agrupa a varios adultos que enseñan al niño cómo conducirse socialmente

“Bajo doce pares de ojos”

La familia nuclear, en el criterio de Brooks, ha sido una “catástrofe” para los no privilegiados. No valdría la pena intentar restaurarla, tal como querrían los conservadores, porque las condiciones que la hicieron posible en la década de los 50 ya no volverán, y tampoco por su fragilidad.

Pone así el acento, una y otra vez, en la familia extensa, que en situaciones como la gran recesión de finales de los años 2000, supuso un colchón para muchísimos jóvenes que debieron regresar a la casa paterna, o para muchos mayores que se fueron a vivir con sus hijos. “En 1980, solo el 12% de los estadounidenses vivían en hogares multigeneracionales. Pero la crisis financiera de 2008 propició un notable incremento de estos. Hoy, el 20% de los norteamericanos, 64 millones de personas, viven en hogares multigeneracionales”.

Ahora bien, en caso de que no haya muchos de la misma sangre a cuyas puertas tocar, Brooks se decanta con entusiasmo por otra variante: la familia elegida o forjada, grupos de personas con intereses afines que se unen en una suerte de colonias. El autor cita algunas iniciativas que lo facilitan, como la web CoAbode, en la que madres solteras pueden ponerse de acuerdo para compartir casa; o la empresa Common, que gestiona casi 30 comunidades de co-housing para solteros jóvenes, en 30 ciudades.

Una de estas comunidades es Temescal Commons, en California. Cuenta con 23 miembros – desde recién nacidos a ancianos en la ochentena– que viven en pequeños apartamentos, comparten un patio y una cocina inmensa donde preparan una cena común los jueves y los domingos, y se encargan todos del mantenimiento. “Se toman prestados el azúcar y la leche; los padres mayores aconsejan a los más jóvenes, y cuando alguno se queda sin empleo o sufre una crisis de salud, todo el clan se une [para socorrerlo]”, asegura.

Para él, es el momento de impulsar estos proyectos, y aun el gobierno debería apoyarlos: “Los estadounidenses están deseosos de vivir en familias extensas, forjadas. Esta es una gran ocasión para consolidar y ampliar las relaciones familiares, una oportunidad para favorecer que más adultos y niños vivan y crezcan bajo la mirada amorosa de doce pares de ojos, y ser levantados, cuando caigan, por doce pares de brazos. Llevamos décadas comiendo en mesas cada vez más pequeñas, con cada vez menos parientes. Es hora de buscar fórmulas para volver a las mesas grandes”.

La culpa no es de la familia nuclear

El artículo de Brooks ha tenido la respuesta de varios expertos, recogidas en el blog del Institute of Family Studies. Entre ellos está Rod Dreher, autor de The Benedict Option (La opción benedictina), y quien avala la creación de comunidades de espiritualidad cristiana.

Dreher coincide con el ensayista en que la familia nuclear está en crisis: “[El sociólogo Carl] Zimmerman señaló que la familia ‘atomística’ –lo que llamamos familia nuclear– es siempre la forma final antes del colapso de la civilización, habiendo rendido, ante el hedonismo y el individualismo radical, aquello que es necesario para mantener unida a la sociedad”.

El escritor refiere que experimentos como los mencionados por Brooks tienen lugar tanto en los ambientes mencionados por él como en la vida cristiana, y les desea éxito, pero advierte que la vía para revalorizar a la familia pasa por revivir el compromiso religioso. “La renuncia al concepto contemporáneo de matrimonio y religión como autorrealización, y el redescubrimiento del sacrificio, firmemente arraigado en lo divino, es la única manera de salir de este oscuro bosque”.

Por su parte, la también escritora norteamericana Kay Hymowitz discrepa de Brooks en varios aspectos. Entiende, por ejemplo, que es una inexactitud histórica ubicar el despunte de las familias nucleares en el siglo XX, toda vez que un experto en historia de la familia, Steven Ruggles, estima que en 1880 más de dos tercios de estas ya eran nucleares entre la población blanca, y entre los afroamericanos constituían el 57%.

Según Dreher, el redescubrimiento del sacrificio, firmemente arraigado en lo divino, es la única manera de revalorizar a la familia

Asimismo, resta importancia al papel que puede desempeñar la familia extensa ante percances como el divorcio de los progenitores. En caso de separación, dice, “los hijos perderán rituales y contactos diarios básicos, generalmente con sus padres (…). Los celos, la ira, las heridas, las atracciones inconvenientes, las dudas y las alianzas cambiantes, no serán más fáciles de capear en familias forjadas o elegidas que en familias nucleares”.

“El desastre que sufren los estadounidenses menos prósperos –concluye– no es la familia nuclear, sino la erosión de las condiciones socioeconómicas que les ayudan a mantener unos lazos duraderos. Para hacer algo con la desconexión y la inestabilidad que infectan la vida de los estadounidenses, hay que empezar por ahí”.

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