El padre, si casado, mejor

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Duración lectura: 5m. 12s.

Existe una relación directa entre la proximidad física de un progenitor a su hijo y a la madre y su mejor desempeño como padre. Lo dice un informe de 2013 de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) de EE.UU., que compara a los padres que viven con sus hijos con los que no. De modo que de vivir juntos va el asunto, aunque no solo de eso: también de matrimonio.

El tema es el eje de un artículo publicado en Family Studies (19-06-2015) por la periodista Alysse ElHage, quien comparte su experiencia como hija de padres divorciados. Su padre, según narra, se comportó de modo responsable y cariñoso con ella, tanto mientras duró su matrimonio con su madre como después, cuando él formó una nueva familia. Sin embargo, la obligada distancia física de su hija no era algo que asumiera con gusto, sino que casaba con la descripción que hacía el escritor Solomon Jones de una situación similar: la definía como “un tapiz fragmentado de amor y distancia, ansiedad y desgarramiento”.

Jones, también con una hija de su primer matrimonio, afirmaba que un padre lejos de su niña “puede verse reducido a una voz en un teléfono, un compañero de juegos durante el fin de semana o un nombre en un cheque”. Y eso le dolía amargamente porque “el amor de un padre se expresa dando y protegiendo, y es difícil dar y proteger sin estar presente”.

Y es que el acompañamiento al hijo, desde luego, deja huellas positivas en el chico, pero en ello también hay un “camino de vuelta”, una influencia “desde” el hijo, que conlleva incluso transformaciones físicas en el progenitor. Muestra de lo anterior es una investigación de la Universidad de Michigan, que constata cómo el padre experimenta cambios físicos incluso antes del nacimiento de su hijo, como una caída en sus niveles de testosterona durante el embarazo de su pareja, lo que favorece un comportamiento más acogedor hacia el niño.

En sintonía con lo anterior, otras investigaciones detectan en los hombres un incremento de sus niveles de prolactina antes del nacimiento del bebé y, tras el parto, un aumento del cortisol, la hormona del estrés. Según el estudio Mother Bodies, Father Bodies, tales cambios están relacionados con el contacto del hombre con la madre y con su bebé, y aquellos que ya tienen hijos exhiben un mayor nivel de prolactina y menos testosterona que los padres primerizos.

Mayor bienestar para los hijos

Por otra parte, mientras que los padres casados y los que solo están en relación consensual con su madre experimentan este cambio y tienden a implicarse más con los chicos que los padres no residentes, hay un plus, una mayor posibilidad para los casados que para los que no lo están, de comprometerse más en el largo plazo, por lo que no es igual la cohabitación que el matrimonio en términos de bienestar filial.

ElHage cita un sondeo de la National Fatherhood Initiative, el cual concluye que el 81% de los padres consideraban que los hombres “generalmente se desarrollan mejor como padres si están casados con las madres de sus hijos”.

Luego, ¿mejores padres por estar casados? Es lo que parece. La periodista remite, en tal sentido, a David Blankenhorn, fundador y presidente del Institute for American Values, quien ha apuntado que el cuidado paterno de los niños se ha basado sólidamente en dos pilares: el vivir con su hijo y la alianza parental con su madre, y que ambos son más posibles en el contexto de una relación matrimonial que fuera de esta.

“El matrimonio confiere, per se, ventajas en materia de implicación de los padres, por encima y más allá de las características de los padres en sí mismos”, señala otra investigación citada por ElHage, esta vez de la Universidad de Oklahoma, que añade que los padres únicamente convivientes, aun si son los progenitores biológicos del chico, no le dedican a este tanto tiempo como los que sí están casados, sin contar que son, además, menos cariñosos que estos últimos.

De modo que un buen desenvolvimiento como padre estaría muy en relación con la calidad del nexo que el hombre guarda con la madre de su hijo. En efecto, si ese vínculo se rompe, tiene más posibilidades de salir igualmente de la vida del pequeño.

La madre, “ama de llaves

En cuanto a la madre, señala ElHage que esta ejerce una poderosa influencia sobre la relación padre-hijo, al punto de que puede afectar tanto positiva como negativamente el desempeño del progenitor. La autora afirma que, como “primera cuidadora”, la madre tiene la llave para interferir en esa relación de muchas maneras, bien desautorizando su papel como padre, bien criticándolo en presencia de los chicos, o no permitiendo que se implique en determinados aspectos de la atención a los menores. Si hay divorcio de por medio, la situación se agrava, y puede llegar a impedir todo contacto entre ellos o ponérselo un poco más difícil.

Por eso, si en vez de primar el desacuerdo, prevalecen las buenas relaciones, el progenitor se ve más animado a ejercer su rol de un modo más gustosamente comprometido. Para apoyar esta idea, ElHage cita un estudio de 2008, el cual asegura que “en la combinación de una relación cooperativa entre ambos progenitores y un padre motivado, es posible un comportamiento paterno competente e implicado”.

“En resumen –concluye la autora–, los hombres se involucran más y son mejores padres si están casados con la madre de sus hijos. Hoy día, con un tercio de los chicos creciendo en hogares con padres ausentes, es más importante que nunca que reconozcamos el vínculo probado entre un matrimonio saludable y una paternidad responsable. No solo interesa que, por el bienestar de los hijos, el padre esté, sino que, para la paternidad, interesa el matrimonio”.