¿Conquista de derechos o intrusismo del Estado?

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Duración lectura: 3m. 13s.

El proyecto del presidente francés François Hollande de legalizar el matrimonio gay está encontrando una resistencia también por parte de intelectuales, que reprochan al gobierno no haber abierto un debate a la altura de lo que está en juego.

Entre ellos está la filósofa Chantal Delsol, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, fundadora del Instituto Hannah Arendt.

Chantal Delsol piensa que presentar el “matrimonio para todos” como una cuestión de justicia supone una incomprensión de los derechos humanos. “Los derechos humanos –afirma en declaraciones al diario italiano Avvenire– no consisten en otorgar derechos según una estricta paridad. Porque los derechos, que son ‘posibilidades de’ y no ‘derechos a’, dependen justamente de la capacidad y de las disposiciones. Es injusto no dar a las mujeres el derecho de hacer estudios superiores, porque tienen la misma capacidad que los hombres. Pero sería estúpido reclamar que todos los estudiantes tienen derecho al título, por ejemplo. Los derechos del hombre no consisten en conferir derechos para obedecer los caprichos de un grupo. El capricho y el deseo no son la justicia”.

Sobre la posibilidad de que las parejas del mismo sexo puedan adoptar o tener hijos por procreación artificial, advierte el peligro de que en vez de tener padre y madre los niños pasen a tener un “progenitor 1” y “progenitor 2”. “Por dar satisfacción a una pequeña camarilla activista, se trastoca todo el derecho de filiación”, señala Delsol. “Porque todo lo que tiene que ver con los niños y la transmisión simbólica es de capital importancia”. Aludiendo a los que en su país invocan el “principio de precaución” para no dar luz verde al maíz transgénico, se pregunta si los niños son menos importantes para que se hagan experimentos con ellos.

En el Reino Unido, Brendan O’Neill escribe en Spiked un artículo que aporta un enfoque novedoso acerca del matrimonio gay. Tras conocerse las propuestas del gobierno conservador para introducir el matrimonio gay, se ha producido un intenso debate sobre si este nuevo matrimonio supondrá un ataque a la libertad religiosa, al obligar a las confesiones a llevarlo acabo. El gobierno ha asegurado que no será así. Sin embargo, hay otro problema que puede estar pasando inadvertido, a juicio de O’Neill: el Estado se está arrogando la competencia de redefinir el significado del matrimonio y, por extensión, de la familia y de nuestras relaciones personales más íntimas.

El movimiento a favor del matrimonio gay se ha presentado como una continuación de la batalla por los derechos civiles surgida a mediados del siglo XX. Pero, en realidad, tal unión ha sido promovida por élites de abogados y activistas profesionales. No se trata en absoluto de una reivindicación popular. El carácter elitista de la campaña a favor del matrimonio gay se manifiesta en que ni siquiera se propone un debate sobre este matrimonio. El beneficio del matrimonio gay para los actuales gobernantes es doble. En primer lugar, les permite presentarse como progresistas y políticamente correctos. En segundo lugar, satisface el instinto de las autoridades por controlar la vida conyugal y familiar.

La concepción milenaria y civilizadora del matrimonio es la unión de un hombre y una mujer con la posibilidad de tener hijos y educarlos. Ahora, avanza una nueva idea individualista del matrimonio para satisfacer las estrechas necesidades de los activistas gays y los prejuicios de las modernas élites burguesas. El informe presentado por el gobierno del Reino Unido afirma que los procesos administrativos para el matrimonio seguirán siendo los mismos. Pero lo que realmente está ocurriendo es que el significado de esta institución está siendo reinterpretado por una intervención estatal que usurpa el sentido de nuestras relaciones familiares.

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