Verdades de un laicista

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Duración lectura: 4m. 27s.

Contrapunto

El escritor mexicano Jorge Volpi propone “expulsar a Dios de las escuelas”, título de un artículo que firma en El País (26-I-2004). No se trata de velo más o menos, sino de un defecto insuperable de las religiones monoteístas (cristianismo, judaísmo, islam). Desde luego, en todas ellas hay creyentes educados y amables; pero el problema de fondo subsiste: “Las religiones monoteístas inducen a condenar a quienes no comparten su fe”. Explicación: “En todo momento sus creyentes -y en particular sus sacerdotes- se hallan convencidos de poseer la verdad: no una verdad capaz de ser conciliada con otras, sino la única Verdad posible”.

El artículo muestra que también Volpi está convencido de poseer la verdad -caso en que se halla todo el que manifiesta sus ideas-, mas no por eso lo catalogaremos como intolerante. Tampoco le condena por sí sola la verdad que mantiene como si fuera indiscutible: “El único ámbito posible para la religión debe ser el privado: el de los hogares, los templos, las escuelas y las organizaciones confesionales”. Aunque esta categórica tesis es más bien difícil de conciliar con las verdades de los descarriados discrepantes, no atribuiremos a Volpi la tendencia a condenar a quienes no piensan como él, si está dispuesto al diálogo.

Volpi parece ser de los que achacan a las divergencias religiosas un poder de generar violencia que no se supone cuando las disputas versan de otras materias. En esta impresión se confirmó durante una visita a Jerusalén, donde -dice- “lo primero que un visitante laico puede comprobar es que la tres veces santa ciudad se halla absolutamente devorada por el odio que los fieles de cada confesión -y de cada una de sus sectas y escuelas- mantienen entre sí”. Se podría recordar que es la misma ciudad que en 2000 vio a Juan Pablo II rezar ante el Muro de las Lamentaciones. Menos mal que el turista Volpi añade: “No pretendo detenerme ahora en analizar los cauces y perspectivas actuales del conflicto judío-palestino”; parecía a punto de revelar que cinco guerras y dos intifadas se han debido a una controversia teológica.

Lo que expresamente dice es que “las religiones monoteístas” son “profundamente antidemocráticas”. En cambio, ¡qué tiempos aquellos, los del panteón olímpico! “Frente a los fanáticos cristianos, judíos y musulmanes (…), nos queda el recuerdo del viejo y tolerante politeísmo griego y romano, a partir del cual surgió la democracia”. Habría que preguntar a los historiadores si estarían de acuerdo en incluir a Diocleciano entre los demócratas y a los que condenaron a Sócrates entre los tolerantes. En cualquier caso, queda en pie una dificultad: la religión de Júpiter y compañía no estaba reducida al ámbito privado; era el culto público y oficial.

En realidad, ni el politeísmo es un oasis de tolerancia ni el monoteísmo es tan fiero como lo pinta Volpi, aparte de que también el ateísmo y el laicismo tienen sus fanáticos. Entre los fundamentalistas más violentos de hoy se cuentan algunos politeístas hindúes, y en el siglo pasado el comunismo ateo hizo más muertos que cualquier guerra de religión. Por el contrario, ahora los tres credos monoteístas dialogan. Es más: las iniciativas se multiplican últimamente. El 17 de enero se celebró en el Vaticano el “Concierto de la reconciliación” entre judíos, musulmanes y cristianos; el acto sirvió para que conversaran el Papa y varios imanes y grandes rabinos (ver servicio 16/04). Dos días más tarde se reunió allí mismo -por novena vez- el Comité de Enlace Islámico-Católico. En la declaración conjunta firmada al final se lee: “Estamos convencidos de que la violencia genera violencia y de que este círculo vicioso debe acabar. Declaramos que el diálogo es la mejor forma para resolver los conflictos y las guerras y para establecer la justicia y la paz entre los seres humanos y las sociedades”.

Al mismo tiempo tenía lugar en la Universidad Yeshiva de Nueva York una “cumbre” judeo-católica, convocada por el director del Congreso Judío Mundial, Israel Singer. Asistieron grandes rabinos de Estados Unidos, Israel y otros países, y dignatarios católicos, varios cardenales entre ellos. De odio mutuo no hubo traza alguna en esa reunión, que permitió ver a “cardenales y arzobispos en medio de estudiantes judíos que explicaban a estos prelados (…) algunas claves de lectura del Talmud”, según describe Henri Tincq en Le Monde (24-I-2004).

De parte cristiana viene otra iniciativa de diálogo, el Comité sobre el Islam en Europa, creado en noviembre pasado por el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (católicas) y la Conferencia de las Iglesias Europeas (ortodoxas, anglicana y protestantes). El documento constitutivo afirma: “El Evangelio exige considerar a todo ser humano como hermano o hermana y amar a los enemigos”. Es una verdad, inconciliable con el fanatismo de cualquier signo, que ojalá fuera sostenida firmemente por más personas, incluso “laicas”, si no es mucho pedir. No hay que dar por descontado que los niños la aprenderán si se expulsa a Dios de las escuelas.

Rafael Serrano