El sábado, a clase

Al menos una lección pueden aprender los sistemas educativos occidentales de los países asiáticos: los chicos aprenden más con más horas de clase, comenta Chester Finn en The Wall Street Journal.

Mientras las escuelas públicas de Estados Unidos se plantean ya la semana lectiva de cuatro días por una simple cuestión de ajuste presupuestario, otras voces defienden la vuelta a las clases de los sábados, como un modo de reforzar el rendimiento escolar. Los resultados académicos de los jóvenes norteamericanos han descendido en los últimos años, como puede comprobarse en la mayoría de las pruebas internacionales de Ciencias y Matemáticas, donde resulta evidente la fortaleza de los estudiantes asiáticos con horarios lectivos mucho más exigentes.

La prolongación del horario escolar resulta necesaria y acabará imponiéndose, a pesar de que tenga aún que superar numerosas resistencias y cambiar hábitos y horarios familiares, según Chester E. Finn, ex vicesecretario del Departamento de Educación. En su opinión, a la vista del descenso en el nivel de rendimiento escolar, no cabe otra opción: “Casi todos los jóvenes norteamericanos necesitan aprender más de lo que están aprendiendo ahora mismo, por sus propios proyectos personales y por la competitividad de la nación”. No hay más que comparar, aseguraba, el tiempo que los jóvenes norteamericanos dedican semanalmente a sus clases -30 horas- y el que destinan al ocio, 53 horas entre Internet, videojuegos, móvil y televisión.

Para Finn, que actualmente preside el Thomas B. Fordham Institute, existen argumentos poderosos a favor de las clases de los sábados, como el “éxito extraordinario” conseguido con Knowledge Is Power Program (KIPP) en ochenta charter schools con jóvenes procedentes de minorías o con menos recursos económicos. En esos centros los alumnos tienen de ocho a diez horas de clases al día, acuden también los sábados por la mañana y cuentan con unas vacaciones de verano más cortas que el resto de los estudiantes del país.

Uno de los problemas de la escuela pública norteamericana es el tiempo que se dedica a actividades como el cambio de aulas, reuniones, celebraciones de todo tipo, películas, o simplemente los minutos que transcurren hasta conseguir silencio… horas que, según Finn, podrían emplearse en fortalecer la preparación para las pruebas académicas o profundizar en materias como la literatura o el álgebra. Precisamente, las escuelas que siguen el programa KIPP cuentan con un horario más amplio para poder tener todas esas actividades de entretenimiento o sociabilidad, que también son necesarias, sin reducir el horario académico.

Entre las propuestas de Chester Finn para reforzar la exigencia en los colegios, se contempla un uso de la tecnología mucho más planificado, con la incorporación de programas on line invidualizados, de acuerdo con las necesidades de cada alumno. Aunque probablemente este plan no se generalizará hasta dentro de unos años -se aplica todavía en muy pocas escuelas-, una versión más modesta -combinando el aprendizaje mediante tecnología con la enseñanza presencial- está teniendo ya resultados positivos en una red de escuelas de California. Esta fórmula, de respuesta segura entre jóvenes acostumbrados al uso de Internet o videojuegos para el ocio, permitiría sortear uno de los principales obstáculos a la ampliación del horario escolar, la oposición de los sindicatos de profesores.

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