No hubo Arcadia en Centroamérica

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Duración lectura: 3m. 28s.

Contrapunto

El misterio que rodeaba a los mayas ha alimentado la creencia de que entre los siglos IV y IX existió una Arcadia feliz en Centroamérica. Según la imagen predominante, los mayas eran un caso excepcional en los anales de la humanidad: no tenían ciudades, ni reyes, ni guerras, ni palacios, ni fortalezas, ni siquiera historia. Crearon un minucioso calendario, pero no lo empleaban para registrar acontecimientos, sino con fines místicos. Vivían en aldeas dispersas, en íntima comunión con la naturaleza, y las ruinas que quedan son de templos habitados por sacerdotes embebidos en escudriñar el firmamento. Las inscripciones de los muros no corresponden a ninguna lengua: son signos indescifrables que representan las sacerdotales lucubraciones. Parecía que los mayas eran extraterrestres (no ha faltado quien lo ha dicho).

Pero ahora se sabe que eran del todo terrenales, no muy distintos a cualquier otro pueblo antiguo. El retrato tradicional que de ellos se nos ha transmitido -obra, principalmente, del norteamericano Sylvanus Morley y del británico Eric Thompson- ha caído bajo un cúmulo de investigaciones hechas a partir del decenio pasado, de las que The Economist ofrece un resumen en el número extraordinario de Navidad (21-XII-96).

La llave que ha abierto los secretos ha sido el descifre de la escritura maya. Transcribe la lengua hablada; no es cabalística, sino logográfica (en parte ideográfica y en parte fonética), como otras muchas conocidas. Una vez leída, ha permitido saber que los mayas tenían monarquía, ciudades y frecuentes guerras. Y también historia, relatada en las inscripciones con gran detalle. Los personajes representados en ellas son reyes y guerreros -algunos, adornados con cabezas reducidas de enemigos-; se han descubierto murallas defensivas.

Las ciudades mayas estaban gobernadas por reyes que hacían y deshacían alianzas entre ellos (de ahí las guerras). La mayor parte del tiempo dominaron los reyes de Tikal y Kalakmul, cada uno con sus ciudades tributarias.

En cuanto a la comunión con la naturaleza, los mayas consideraban la Tierra como un gran ser vivo: eran, pues, precursores de la moderna “hipótesis Gea”. La comunión con el prójimo no era tan fuerte. Creían que todo lo que el hombre toma de la naturaleza ha de devolverlo en forma de sangre. Por eso practicaban unos sacrificios horripilantes. Tampoco su agricultura cumplía los actuales cánones ecologistas: mediante canales de irrigación explotaron el suelo hasta el límite, causando erosión y provocando, así, varias crisis alimentarias.

El mayor enigma, la súbita desaparición de la cultura maya, se ha desvelado también. Se debió a un conflicto político. En el año 695, Tikal conquistó Kalakmul y sacrificó al rey rival; pero luego no fue capaz de someter todas las ciudades aliadas del enemigo. La civilización maya se disolvió en reinos de taifas, enfrentados en guerra casi continua. Los ejércitos arrasaban los campos y salaban el agua de riego. En torno al año 1000, la población se había reducido en un 90%. Aún hoy, la península de Yucatán tiene sólo 2 habitantes por kilómetro cuadrado, 150 veces menos que en tiempos del esplendor maya.

En fin, la historia de los mayas no es nada del otro mundo, ni en lo bueno ni en lo malo. Lo asombroso es la facilidad con que se idealiza a los pueblos antiguos o primitivos. También Margaret Mead creyó encontrar el buen salvaje en la Polinesia, donde, según ella, reinaba la felicidad gracias a que no había tabúes sexuales. Más tarde, otros antropólogos, que aprendieron el idioma del lugar y convivieron más tiempo con los nativos, descubrieron que también los polinesios tenían sus normas y que su relativo permisivismo sexual provocaba conflictos que no les hacían felices (o sea, como ocurre a los occidentales de hoy). Lo que muestra que ninguna época ni cultura ha sido un paraíso, si bien, por ejemplo, la civilización impregnada por el cristianismo ha logrado dejar atrás los sacrificios humanos.

Rafael Serrano

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