Enrique García-Máiquez: “El sentido común se ha convertido en un privilegio extraordinario”

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Duración lectura: 18m. 40s.
Enrique García-Máiquez (foto: Juan Marqués)

Fotografía: Juan Marqués

 

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) es poeta, crítico literario, escritor, profesor, columnista, traductor y padre. Con asiento en Cádiz y aroma del tiempo. Un vino generoso y fino de los de Jerez, que no es cualquier blanco. Con denominación de origen e indiscutible en su autenticidad. Es, sobre todo, un tipo que viene reflexionado de sí mismo y de los instantes, con la mirada experimentada sin contagio de cinismos.

En marzo da a luz un nuevo libro de poemas: Inclinación de mi estrella. En mayo saldrán sus poesías completas –Verbigracia– en La Veleta. Que por mayo, era por mayo entrará, también, en la Real Academia Hispano Americana con un discurso sobre José María Pemán.

Este tedeahache literario palpita más asuntos pendientes a corto plazo: está cerrando “un ensayito” sobre el sentido del humor del Jesús evangélico: La gracia de Cristo. Además, prepara un volumen que recogerá artículos largos y ensayos cortos sobre pensadores que se han opuesto a la sociedad líquida, de John Henry Newman a François-Xavier Bellamy: Los antiposmodernos. En toda esta recámara de horizontes de imprenta están sus mareas y su orilla.

Así vibra la primavera de este hombre-orquesta de las letras en ristre. En ebullición. En plena cuesta de febrero, con los cerezos en flor, subimos por el albero de los versos, los senderos de la prosa, el asfalto de la realidad y los mares del sur, bajo el cielo de siempre. Entre risas y rimas, entre veras y veremos, paseamos por las dunas con un chestertónico pemaniano que se agarra “a la verdad y a la luz”. Sin miedo a meternos en la harina de cada costal.

— Dicen que García-Máiquez es poesía, pero no de versos que salen gratis porque se disparan sin compromisos, sino de versos de prosa de padre, periodista, analista político, profesor y poeta.

En realidad, no sé si lo dicen, pero, desde luego, ya lo confieso yo, que no paro. Aunque la poesía es mi vocación literaria primera, me he desparramado por aquí y por allá: columnas, clases, conferencias, algún ensayo… Que con tantas curvas no se me derrame lo esencial es una de mis preocupaciones más acuciantes.

— ¿Lo esencial?

— Escribir análisis político es una parte de mi estar en el mundo y en la sociedad, o hacer crítica literaria, pero el centro de todo, en mi caso, es la poesía y la mirada poética. Pretendo girar en la vorágine sin que se perturbe ese centro invariable de paz y celebración.

“Ingenuamente, me extraña el prestigio intelectual y artístico del que goza la tristeza, con la pena que da”

— ¿Cuál es su compromiso con el mundo: destriparlo, comprenderlo, decorarlo, idealizarlo o mitificarlo antes de la conquista del metaverso?

Ninguna de las propuestas que me lanza para tirarme de la lengua. Destriparlo sería lo último. Por el otro extremo, el mundo es tan hermoso que la decoración lo estropea, porque lo tapa. Tampoco lo haría. Ni hace falta idealizarlo, porque su realidad es, con todo, lo mejor que tiene. Ni lo mitificaría: como Tolkien explicó a C. S. Lewis, Cristo ya ha dado la clave de todos los mitos, siendo Él mismo un mito que, encima, es verdad. Comprender el mundo sí me interesa, pero ese es mi empeño como lector. Como autor mi compromiso con el mundo es agradecerlo.

— ¿Cómo se ve nuestro tiempo con sentido común?

— El sentido común se ha convertido en un privilegio extraordinario, en el mismo sentido en el que Gregorio Luri repite que “una familia normalita es un chollo psicológico”. El sentido común es una bicoca metafísica. Y mediática. Basta tenerlo para que te consideren un pensador audaz, un rebelde indomable, prácticamente un provocador. Con el encanto añadido de que no tienes que forzar tus posturas para ganar esa aura de maldito. El conservadurismo es el nuevo punk, dicen, y es así, aunque los conservadores hubiésemos preferido ser la Filarmónica de Viena. Encima, además de revestirte de un fotogénico malditismo, el sentido común te ofrece muchos más lectores de los esperados. Contra el antitópico, sí es el más común de los sentidos, aunque sea el más reprimido. Muchos se identifican contigo y te leen con algo muy parecido al alivio y al reconocimiento.

— Usted escribe con tinta y luz. ¿Se ve así más cerca el final de un túnel?

— Es muy bonito: tinta y luz. Muchas gracias. El imprescindible pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila decía que había que escribir mojando en tinta infernal la pluma arrancada al ala de un arcángel. Es la misma idea: un equilibro entre ser consciente del mal que hay, y no perder nunca la luz que resplandece. Si la luz la irradia el espíritu, siempre está cerca, dentro, incluso, del túnel.

— ¿La alegría es un tema, un estilo, un filtro, un tintero, una provocación o un brote de ingenuidad sobre la tarima de los sabelotodo?

— Ja, ja, ja. La alegría es todo eso, porque es un abrazo que lo acoge casi todo. Qué fino es san Pablo [Rm 8, 28]: Omnia in bonum!, ¡toma ya! Me encanta la provocación que dice, la que conlleva la alegría, y cada vez más, por contraste, en una sociedad que se empeña en lo taciturno y lo depresivo. También soy un firme partidario de la ingenuidad, quizá porque carácter es destino. Hablando de ingenuidad, ingenuamente me extraña el prestigio intelectual y artístico del que goza la tristeza, con la pena que da. Yo, como ya me he dado por muerto en los floridos campos del prestigio académico y del rédito institucional, me muero de risa. Lo mejor que se le puede dar a un mundo a veces demasiado triste, es una carcajada, más que acompañarlo en el sentimiento.

— Sus columnas periodísticas casan poema, ensayo y actualidad. ¿Umbral ha resucitado en Cádiz?

— Que no se le escape al lector que usted me está citando una bellísima tesis de Francisco Umbral. Decía que una buena columna exige tres sacrificios: el de un poema -esto es, salvar una emoción-, el de un ensayo -o sea, incluir una idea o una comprensión del mundo-, y el de una noticia -ha de tener, como mínimo, la punta de un pie en la actualidad-. Si solo es una de esas cosas, será o un poema malo y largo, o un plomo profesoral, o un teletipo de la agencia EFE. De la teoría de Umbral me interesa la palabra “sacrificio”, que es la clave. Pero luego, en el día al día, quisiera ser más chestertónico y/o más pemaniano que umbralista.

— Entre su paleta de asuntos canta usted en sus versos y en sus columnas a las virtudes humanas, a las mujeres y a los hombres de una pieza, a los valores sociales que nos hacen mejores, aunque no sean nuevos. Trae usted en sus piezas un punch de neocasticismo de las virtudes que recuerda a esos movimientos culturales que encarnan Ana Iris Simón o C. Tangana. La antropología de lo bueno ha vuelto y tiene hambre.

Fotografía: Fito Carreto

— Admiro el neocasticismo de Ana Iris Simón, y lo de C. Tangana, también. Pero no he sido neo de nada, ni de joven… Cuando hacía windsurf y vela ligera, a lo que llaman “neopreno” yo lo llamaba “traje de agua”, porque tengo alergia a todo lo “neo”. Seré, si acaso, un veterorrancio. Mi viejo conservadurismo no me impide admirar, con vivo entusiasmo, el retorno a unas tradiciones profundas y a unas costumbres populares que los más inteligentes de los más jóvenes no quieren que les manguen. Son cosas muy interesantes que están pasando en el ámbito cultural. Permanezcamos atentos a nuestras pantallas y a nuestros libros.

— ¿Qué verdades nos gusta leer siempre, votemos a quien votemos, creamos en quien creamos y lloremos lo que lloremos?

— La verdad es la primera de esas verdades. Ni siquiera el más relativista de nuestros congéneres lleva bien que se le mienta. Y con la verdad vienen la emoción, la nobleza, la entrega, el sacrificio, la maternidad, la paternidad, la abuelidad… Hay mucho en común –como decíamos antes del sentido común– por debajo de la discusión política. De hecho, lo más importante de la discusión política versa sobre las mejores maneras de amparar y fomentar eso común y valioso que todos compartimos.

— ¿Cuánto pesa el compromiso social sin virtudes personales?

— Me temo que muy poco. Y uso el verbo “temer” en primera persona del singular del presente indicativo. Me pregunto si estoy a la altura de mis ideales, aunque es una pregunta retórica, por desgracia. Por eso me repito tanto el hermoso endecasílabo conminatorio de la Epístola Moral a Fabio: “Iguala con la vida el pensamiento”. Empeoraría las cosas, sin embargo, que mi falta de virtudes personales me retirase del fragor del compromiso social. Lo dijo para siempre don Quijote: “No es bien que mi flaqueza defraude esta verdad”.

— ¿Qué rumbo toma el progreso social sin virtudes o contra ellas?

— Decía Charles Baudelaire, gran profeta de la poesía moderna: “Teoría de la verdadera civilización: no reside en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas de tres patas, sino que reside en la disminución de los rastros del pecado original”.

— Habla, por ejemplo, de la nobleza de espíritu. Del ideal del caballero y la dama en el país del Quijote, pero en el siglo de los zascas en Twitter y las cosas de Eurovisión.

— La nobleza de espíritu es una de esas verdades que emocionan por debajo y por encima del vuelo medio de las diferencias ideológicas, sociales y generacionales. Desde Sócrates sabemos que consiste en el cuidado del alma. Y todo el mundo, lo verbalice o no, piensa como María Estuardo: “I have a soul, and I would not endanger it for the sake of all the grandeur of the world”, o sea, que todos queremos salvar el alma que sabemos que tenemos; o que sospechamos o que estamos deseando sospechar que tenemos. Yo voy por ahí hablando de las armas y las letras como don Quijote a los cabreros y me encuentro, como él, un auditorio interesado y generoso. De vez en cuando, por supuesto, algunos se ríen, pero les pasa, ay, como a aquellas mujeres de partido que encontraron irrisorio que don Quijote las llamase “doncellas”. Como subrayó Unamuno: “Y ved que las desgraciadas se ríen precisamente del mayor honor que pudiera hacérseles”.

— Nobleza es realismo en una sociedad que, según los tertulianos y algunos sociólogos, es cada vez más intolerante a la frustración.

— Todo eso que dice es la prueba evidente de que hace falta nobleza de espíritu a punta pala. Lo detectó Albert Camus: “Este mundo se mueve tanto –como un gusano al que cortan en pedazos– porque ha perdido la cabeza. Busca a sus aristócratas”. E insiste: “Por más que pretenda otra cosa, el siglo anda buscando una aristocracia. Pero no ve que para ello necesita renunciar al objetivo que se fija como principal: el bienestar. No hay aristocracia sin sacrificio. El aristócrata es, en primer lugar, el que da sin recibir, el que se obliga. El Antiguo Régimen murió por olvidar esto”.

— La nobleza es, también, elegancia. ¿Saber estar estrangula el afán de autenticidad? ¿Puede ser la libre autenticidad la medida de todas las cosas en un mundo en el que no vivimos solos?

— Las formas, en el fondo, son fundamentales; y el espíritu aristocrático –siempre incómodo con su exigencia de la postura más erguida–, nos inmuniza contra la demagogia de la espontaneidad o de la autenticidad. Juan Ramón Jiménez, que no tenía ni un ribete de esnob, defendió una aristocracia de intemperie que sostenía una firme delicadeza y un vigoroso buen gusto. No deberíamos olvidar su lección ética-estética. El libro donde recogió sus espléndidas conferencias aristocráticas se llama, significativamente, Política poética.

“El espíritu aristocrático nos inmuniza contra la demagogia de la espontaneidad o de la autenticidad”

— En sus textos se leen ideas claras, pero no trazas de un martillo de herejes. Se observa que propone y dialoga, pero sin difuminar sus esencias ni licuar sus principios. Ponerse de perfil es una tentación con fácil argumentario ante la tiranía de lo políticamente correcto.

— Jamás insultaría o despreciaría a nadie, salvo que tenga la seguridad de que busca el mal a sabiendas o defiende una mentira aposta. Tengo un enorme interés en no dejar escapar ninguna bondad, hermosura o verdad que digan mis oponentes o rivales ideológicos. Pienso, con santo Tomás, que una verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo. Eso me permite –salvo en los casos de mentirosos compactos– mirar incluso con veneración a mis más fieros oponentes.

— Apostola usted la “defensa del nicho”, aunque eso suene a inmovilismo conservador.

— Ah, claro. Exijo el mismo respeto para mí que el que doy a todos. Si yo digo una verdad, algo bonito o bueno, eso es inatacable. Por eso me concentro en decir cosas así. Pienso que ponerse de perfil, rebajar el propio pensamiento o hacer cabriolas políticamente correctas, ya sea con el lenguaje o con la inteligencia, distrae de lo esencial. Además, el lector, aunque no piense como tú, detecta de inmediato el miedo, o la vanidad, o el maquiavelismo del adulador, y le repugna. Al menos al lector al que yo aspiro. Si alguien, para leerme, exige que yo ponga sordina a mis ideas o falsete a mi voz, no es el lector que busco. El mío es el que me exige mucho más: la verdad, la bondad, la belleza, la nobleza, el esfuerzo y el ánimo. Y puede que yo esté equivocado o que quien me lea esté seguro de que lo estoy, pero eso es muy distinto de ponerse a engañar a nadie, aunque sea con buenas intenciones de marketing o relaciones públicas. Ese es el sentido en que defiendo escribir desde el propio nicho, exentos de excursos, excusas y excursiones.

Ya conoce la historia de Hilaire Belloc. Se presentó a las elecciones por un distrito minero con hondos prejuicios anticatólicos y sus rivales empezaron a acusarle de papista. Él, muy calmado, empezó así su primer discurso: “Caballeros, sí soy católico. En la medida de lo posible, voy a misa todos los días. Esto es un rosario [sacándolo del bolsillo]: siempre que me resulta posible, me arrodillo y rezo con él cada día. Si me rechazan por mi religión, agradeceré a Dios que me haya librado de la indignidad de ser su representante”. Yo también tengo lectores protestones [sic] y hacen bien, pero si me rechazan por mi rosario o por mi misa, me acojo a Belloc y santas pascuas. Por cierto, que Belloc ganó su mayoría de forma aplastante en uno de los distritos más anticatólicos de todo Inglaterra. Los rudos mineros ingleses entendieron las exigencias de la integridad.

— ¿No darse importancia, reírse de uno mismo y dialogar con humor son virtudes o defectos de personas sin ideas claras?

— La gente que se da importancia suele quitársela al de enfrente, porque nadie da lo que no tiene. O sea, que terminan siendo de muy desagradable trato. Reírse de uno mismo, en cambio, facilita el intercambio social, porque la gente está deseando reírse, pero prefiere empezar contigo. Luego, le coge el truco y la risa de uno mismo también es contagiosa. El humor es una forma de pedir perdón por tener las ideas muy claras y reírse es una forma de perdonar a tu interlocutor por tener las suyas tan arraigadas. El sentido del humor se está convirtiendo en la última defensa de la seriedad y la trascendencia.

“El sentido del humor se está convirtiendo en la última defensa de la seriedad y la trascendencia”

— ¿Cómo progresamos si desconectamos de la sabiduría que nos antecede en generaciones que compran pocos libros?

— ¿Ha visto la serie Upright, de Tim Minchin? El mensaje es poderosísimo. Con mucha frecuencia, lo mejor que podemos entregar a las próximas generaciones, desde nuestro pobre presente herido, es lo que nos legaron las generaciones pasadas. Es tan prodigioso el salto generacional que hay que dar hasta el corazón de nuestros hijos que hemos de coger carrerilla en nuestros abuelos y padres.

— ¿Cómo se frena la inercia que nos conduce interesadamente a un humanismo sin Humanidades?

— Lo que más me está gustando de la entrevista no son mis respuestas, sino esa pregunta en la que hablaba de verdades que laten por debajo de las polémicas políticas y sociales y las modas superficiales. Creo que el gran legado de la civilización occidental es una de ellas. Puede que las reformas educativas pongan cada vez más trabas a la transmisión, pero, cuando ésta se produce, el efecto es deslumbrante. Por supuesto, si fuese ministro de Educación o director de un colegio, tendría muchísimas cosas que hacer.

Pero, en la vida cotidiana, mi pequeño consejo es que protestemos menos por el estado de la educación y leamos nosotros más. Que se vea que preferimos no ir a una fiesta o ver la tele o el móvil, porque nos entusiasma estar leyendo. Citemos más a los clásicos. Ha de notarse que vivimos mejor y con más emoción gracias a que los leemos. Si uno tiene en casa la Biblia, a Homero, a Propercio, a don Francisco de Aldana y a T. S. Eliot, entre tantos, tiene que ir por la vida consciente de ser el poseedor de un tesoro. ¿Pertenecemos o no a los happy few, band of brothers? Pues sí es así, se nos tiene que ver pocos, felices y arriscados. Los jóvenes, que no son tontos, se interesarían. A la queja de brazos caídos en tono menor no se apunta nadie.

— ¿De qué se nutre una persona que no para de escribir ideas vivas?

— Yo rezo el Veni Creator todas las mañanas. Luego me nutro de las lecturas –“vivo en conversación con los difuntos/y escucho con mis ojos a los muertos”- y de las conversaciones de la calle. Mis amigos saben que no me siento a una cena sin advertir antes: “Todo lo que se diga en esta reunión es susceptible de salir mañana publicado en un artículo”. Firmo yo, pero mis escritos son un trabajo en equipo.

— ¿Convertir en verso la vida cotidiana es de neorrancios?

— Hasta donde les leo, los neorrancios también lo hacen, en efecto. Los veterorrancios lo hacemos sin parar. Pero la poesía de Lope de Vega ya chorreaba vida cotidiana, y Garcilaso, en su dolorido sentir, y Jorge Manrique, y los romanos, y Safo. Creo que la literatura y la vida personal se han llevado extraordinariamente bien desde siempre.

— ¿Sabe un poeta si el mundo desinflado por la pandemia exige más napalm y menos azúcar?

— En mi casa jugamos a asociar alguno de los sabores principales a la personalidad de los conocidos. Empezamos por nosotros. Mi hija Carmen es, sin duda, dulce; mi hijo Enrique es salado; mi mujer es bastante ácida, sobre todo conmigo; y yo soy amargo, que es un sabor, por ejemplo, en la tónica, que me gusta mucho. Todos los sabores son buenos, en su momento, salvo ser insípido. Con la poesía, igual. Me gusta la que combina todos los sabores y me aburre la insípida. Tampoco me gusta la empalagosa, ni la solo salerosa, ni la astringente. En todo en la vida, pero en la poesía aún más, la clave está en la medida.

— La Veleta, prestigiosa colección dirigida por Andrés Trapiello, publicará en mayo su poesía completa. Esta primavera entrará usted en primera división.

— A estas alturas de la entrevista no le voy a engañar ni me voy a hacer el adusto. Estoy entusiasmado. En La Veleta leí a muchos de los poetas que han sido esenciales para mí: el mismo Trapiello, Miguel d’Ors, Leopoldo Panero, Jon Juaristi, Sánchez Mazas, Fernando Ortiz, Aquilino Duque, Amalia Bautista… Es un honor formar parte de ese catálogo. Además, está la belleza y el cuidado de sus ediciones. Repasar mis casi treinta años de poesía ha sido un viaje de la memoria de una intensidad personal muy impactante.

— ¿Qué rima espera que deje ese volumen en el retrogusto de sus lectores?

— La poesía completa se va a titular Verbigracia, se lo digo en exclusiva. Sábato decía, con acierto, que el título es la metáfora esencial de un libro. En Verbigracia, además de la referencia literal al carácter anecdótico o, mejor dicho, referencial y vivido que tienen mis poemas, no dejo de guiñar en varias direcciones. El ligero anacronismo de la palabra es el tic de un tradicionalista. El título también subraya el carácter marcadamente verbal, de atención a la palabra, que buscan mis versos. Y tras el verbi siempre la gracia, que ya quisiera yo para mis verbos. Un vago eco al agradecimiento, que tampoco falte. Y más allá, la Gracia a la que me gusta invocar, como quien no quiere la cosa, siempre por dentro de mis palabras…

Álvaro Sánchez León
@asanleo

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2 Comentarios

  1. Álvaro: deliciosa entrevista. Sigo a Enrique García-Máiquez. He leído algo de su poesía y bastante más de sus ensayos. La combinación Chesterton/Pemán me va muy bien. Me alegra muchísimo que escriba y hable de Pemán. Admiro la valentía, elegancia y buen humor de Enrique.

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