El sentido común, el pudor y el decoro

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La vida está llena de situaciones que exigen una determinada forma de vestir y desaconsejan otras, sin que esto suponga un atropello a la libertad de expresión

En primera instancia, parece lo más normal del mundo que cada uno pueda vestir como mejor le parezca. Aunque en seguida se suele señalar un límite: mientras no moleste a los demás. Claro es que debe haber un amplio margen para eso que llamamos mal gusto. La pregunta es: ¿se puede regular el buen gusto?, ¿Cuál es el límite de la libertad en el modo de vestir?

Ser hortera no es delito

Desde luego, la mera extravagancia no puede estar tipificada como delito. El hortera se considera elegante a su manera y sería absurdo que la administración se pusiese a dirimir quién tiene razón, si es que alguien la tiene. Por otro lado, la vida está llena de situaciones que exigen una determinada forma de vestir y desaconsejan otras, sin que esto suponga un atropello a la libertad: la chaqueta y la corbata aún son prendas fijas en el desempeño de muchos trabajos, por no hablar de camareros, pescaderos o los maceros de algunos consistorios, cada uno con sus particulares uniformes.

Con todo, nadie entendería que un gobierno se arrogara la capacidad de multar al pescadero que no luciera su delantal limpio, o al empresario que no acudiera con corbata a su trabajo. Se entiende que son cuestiones internas de la empresa, que sí tiene autoridad para limitar la libertad de expresión indumentaria puesto que sus empleados la representan mientras ejercen su trabajo. Ahora bien, esas limitaciones deben ser razonables y estar indicadas por el particular ejercicio del empleado: exigir a un albañil que se mantenga acicalado no tendría sentido, pero sí en cambio si se refiere a un relaciones públicas.

La polémica ha surgido con los trabajadores de los supermercados Mercadona. A partir de ahora, las empleadas que trabajen cara al público tendrán que acudir maquilladas, y los hombres deberán presentarse afeitados o, si lucen barba, mantenerla bien cuidada. En seguida, a pesar de que la medida afecta tanto a hombres como mujeres, algunos han conjurado el fantasma del machismo, que obliga a las mujeres a estar guapas, como si fueran objetos decorativos.

Pero más allá de esto, la noticia ha servido para plantear el debate de hasta dónde puede llegar la empresa en el control del aspecto de sus empleados. Como la crisis no recomienda muchas reclamaciones, y como además Mercadona tiene prestigio por la buena atención a sus trabajadores –por ejemplo, en lo que se refiere a conciliación de la vida familiar y laboral–, es probable que toda esta polémica quede en nada.

Prohibido ir sin camiseta

Contra la opinión de los defensores del nudismo, el pudor es algo tan natural en el hombre como su propio cuerpo

Más interesante parece el debate que se ha creado por la prohibición en tres ayuntamientos catalanes –Barcelona, Sitges y Salou– de andar sin camiseta o solo en bañador por la ciudad, a excepción de la playa y las zonas limítrofes. En la decisión ha pesado mucho la presión ejercida por el gremio de los hosteleros, cansados de la mala imagen que ofrecen los “seminudistas”, como los llama la ley. Esta vez, los políticos han decidido mayoritariamente plegarse a sus requerimientos: al fin y al cabo de los hosteleros dependen en gran medida los ingresos por turismo, importantísimos en estas tres ciudades.

Resulta curioso que tanto los partidarios como los detractores de la medida hayan esgrimido el “sentido común” para defender sus posturas. No es frecuente que se acuda al sentido común en el ámbito de la legislación. El sentido común es aquel que, sin necesidad de una evidencia empírica ni una demostración silogística, indica la respuesta más humana, más adecuada a lo humano, en un determinado problema. Pero claro, esto significa plantearse qué es más humano en este punto de la forma de vestir, o de no vestir. Evidentemente, el criterio no puede ser meramente estético. Hay que acudir al pudor, ni más ni menos.

Defender el pudor en un parlamento es arriesgarse a la burla. De ahí que los políticos hayan preferido escabullirse con otros términos menos comprometedores.

Lo natural es el pudor

Los partidarios del nudismo se han rasgado las vestiduras, consecuentemente, por lo que consideran una ley regresiva. Para ellos, como han transmitido los partidos políticos que recogen su postura en la cámara catalana, la norma supone un intento de “regular la moda”, y por tanto un atentado contra la libertad de expresión.

El nudismo ha adoptado últimamente otro nombre que resulta revelador: naturismo. Aunque la Real Academia de la Lengua defina naturismo como la “doctrina que preconiza el empleo de los agentes naturales para la conservación de la salud y el tratamiento de las enfermedades”, se ha extendido una acepción que lo hace sinónimo de nudismo. El mensaje es evidente: ir desnudo o semidesnudo es lo natural, y lo natural es lo bueno, al más puro estilo Rousseau.

Es cierto que el nudismo integral sigue siendo una excepción, pero sus argumentos son interesantes en tanto que al menos se plantean la cuestión de qué es lo natural en el hombre. Sin embargo, la conclusión olvida que el pudor es algo tan natural en el hombre como su propio cuerpo.

Según muchos pediatras, el sentimiento de pudor está asociado a la “personalización” del ser humano. Llega un momento en que el niño pasa de manera natural de la etapa conocida como “exhibicionista” a esconder ciertas partes de su cuerpo o a evitar que sus padres le vean mientras se cambia. Según algunos psicólogos, estas actitudes tienen que ver con la toma de conciencia de ser “otro” distinto de su madre, de ser un “individuo” con una dignidad intrínseca y propia.

Digno de protección

Así, el sentido del pudor no tendría que ver con un convencionalismo de corte moralista, sino al contrario, con una valoración del propio cuerpo como algo digno de protegerse. Según otros psicólogos, el instinto del pudor en el hombre tiene que ver con una voluntad de diferenciarse de los otros animales, de resaltar la superioridad de la especie, su dignidad superior en cuanto ser racional.

Al igual que en el hecho de enterrar a los muertos, el ser humano muestra una mayor preocupación por el cuerpo que el resto de especies, y esa preocupación le lleva a tratarlo de manera diferente. El pudor sería una expresión de esa humanización del cuerpo.

Si esto es así, y el pudor se ajusta a lo que es más humano, la política no debería ser ajena a ello. Eso que se ha denominado “sentido común” en el debate sobre el nudismo y el seminudismo en Cataluña es realmente un sentido moral, al que la política debe ser sensible para estar a la altura de lo que se espera de ella.

 

Más allá de la humanización del cuerpo, sigue quedando un amplio margen para la discusión, por ejemplo en cuanto a qué prendas se va a catalogar como aceptables y cuáles no en el espacio público. Otra cosa es que una empresa prescriba, por una cuestión comercial, unas medidas u otras en cuanto al aspecto de sus empleados, como en Mercadona. En ese caso ya no se trata del pudor. También se puede acudir al sentido común, pero en otro sentido.

El decoro y las normas

Mientras que el pudor dimana de la misma dignidad del cuerpo humano, independientemente de si otros le ven, el decoro tiene que ver con el carácter social del hombre. La convivencia se basa siempre en una serie de convenciones sobre la honorabilidad de ciertas instituciones o situaciones. Estas normas no escritas están profundamente conectadas con la cultura de cada pueblo, que al fin y al cabo es un conjunto de juicios sobre la realidad. El decoro es, pues, un concepto cultural.

En España, recientemente ha provocado revuelo la prohibición de cierto tipo de vestimenta para acceder al Congreso de los Diputados. En concreto, la norma dictada por el presidente dela Cámaraseñala que solo se podrá acceder con pantalón largo o falda, lo que excluye el pantalón corto. Igualmente, prohibía el acceso a los hombres con camisa de tirantes o sin mangas. Sobre la mujer no se fijaba nada en este aspecto.

Se puede discutir el por qué de esta diferencia de criterio entre hombres y mujeres. En cualquier caso, parece claro que se trata de un juicio estético y, por tanto, parcialmente arbitrario.

Sin embargo, en cuanto que se trata de preservar la honorabilidad y el respeto debidos ala Cámara, que representa el sistema democrático, el ejecutivo tiene derecho a exigir un estándar alto en el vestido, cosa que no podría hacer en otros contextos. La razón es la misma que hace que proferir injurias contra el Rey o el representante del Estado se considere una falta mayor que si el injuriado es un ciudadano particular.

Igual que se exige a los visitantes del congreso una vestimenta apropiada, se debe exigir decoro a los diputados. La reciente polémica sobre la “corbata sí” o la “corbata no” es un sano indicio de que el sentido del decoro sigue vivo entre algunos parlamentarios. Casi lo de menos es quién tenga razón. Lo importante es que la decisión que se tome tenga en cuenta la cultura del pueblo, el decoro y el sentido común.

Para ser elegante hay que saber usar cada prenda en el sitio y ocasión justos. Y aunque uno no aspire a la elegancia, en nombre de la comodidad y de la libertad no se puede olvidar la diferencia en el modo de vestir entre la casa y el espacio público, el trabajo y el ocio, la playa y la calle.

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