Contra la apatía, una vida intelectual estimulante

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Duración lectura: 7m. 52s.
contra la apatía, una vida intelectual estimulante

La atención, la curiosidad, la apertura de mente y la humildad intelectual son algunos hábitos al alza. Varios autores los reivindican como antídotos contra el abatimiento que ha traído la pandemia.

La languidez podría ser “la emoción dominante en 2021”. El pronóstico es del psicólogo Adam Grant, autor del libro Think Again, en el que invita a afinar la manera de pensar.

En un artículo publicado en The New York Times, Grant define la languidez como “una sensación de estancamiento y de vacío”; un estado de ánimo caracterizado por la pérdida de entusiasmo y energía; una indolencia –“eres indiferente a tu indiferencia”– que no llega a ser depresión, pero que claramente indica “ausencia de bienestar”.

La languidez ya era un problema antes de que llegara el coronavirus, dice Grant. A ella estarían contribuyendo ciertas inercias, como la dispersión provocada por las distracciones continuas –cambiamos de ocupación cada 10 minutos–, la falta de motivación y la sensación de no llegar nunca a nada.

Ante esa pérdida de vigor, Grant ofrece consejos para recuperar “la libertad de concentrarse”, engrosando la cada vez más larga nómina de apologetas de la atención: Cal Newport (Minimalismo digital, Deep Work…), Nir Eyal (Indistractable), Daniel Goleman (Focus), Sherry Turkle (En defensa de la conversación), Nicholas Carr (Superficiales, Atrapados)… El leitmotiv de estos títulos es similar: quien aspire a una vida profunda, debe ser capaz de sumergirse en experiencias intelectuales significativas.

Esta inmersión no solo trae sosiego a la mente, sino que además despeja la visión: dejamos de ver pasar la vida como a través de una ventana empañada –metáfora con la que Grant retrata la languidez–, y recuperamos la claridad que brinda una vida enfocada y capaz de llevar a término las tareas emprendidas.

¿Exploradores o soldados?

En Think Again, Grant habla de otra forma de llevar claridad a la propia visión del mundo: ejercitando la “capacidad de repensar y desaprender”. Podemos considerarlo un arte, porque no se trata de despojarse de todos los puntos de vista, sino solo de aquellos que no están bien fundamentados en la realidad; no en vano, recuerda Grant, la palabra humildad viene de humus (tierra, suelo). La mente inquisitiva del científico y el pensador crítico necesitan de esa humildad intelectual, para ser conscientes de lo mucho que les queda por aprender.

Grant observa que el reciclaje es un hábito que practicamos en muchos ámbitos de nuestra vida. Renovamos sin problema el armario, la estantería, la cocina… Pero cuando llegamos a nuestros puntos de vista, las cosas cambian: “Nos reímos de quienes todavía usan Windows 95, pero nos aferramos a opiniones que formamos en 1995. Escuchamos puntos de vista que nos hacen sentir bien, pero no aquellos que nos desafían”.

En la misma línea va el libro de Julia Galef The Scout Mindset. Esta filósofa de la ciencia, cofundadora del Center for Applied Rationality, anima a cambiar la “mentalidad de soldado”, que nos pone a la defensiva frente a cualquier dato o argumento que amenaza nuestra forma de ver el mundo, por la “mentalidad de explorador”, en la que la curiosidad lleva a buscar lo que es cierto, aunque no sea lo que más nos beneficia ni a nosotros ni a los de nuestra tribu.

Quien aspire a una vida profunda, debe ser capaz de sumergirse en experiencias intelectuales significativas

Es posible tener certezas

Tanto Grant como Galef reivindican la flexibilidad intelectual para estar abiertos a cambiar la mente cuando surjan nuevos datos y argumentos que mejoren nuestra comprensión del mundo. Pero en una sociedad alérgica al dogmatismo, sus planteamientos pueden dar pie a abrazar la sospecha permanente como ideal de sabiduría. Es una exageración de la que ya advirtió G. K. Chesterton: “Corremos el riesgo de concebir una raza humana de tanta modestia intelectual, que no se atreva a creer ni en las tablas aritméticas”.

Una manifestación de esa falsa modestia es la idea de que los cambios de opinión tienen un valor en sí mismo, como si no fuera posible llegar a algunas certezas. Es lo que sugiere en algunos momentos la serie documental Change Your Mind, en la que el filósofo Michael Sandel se reúne con una veintena de millennials europeos para discutir cuestiones de actualidad. La serie, ofrecida por la plataforma Filmin bajo el título Lucha de ideas, es una de esas experiencias intelectuales en las que vale la pena zambullirse. Pero se le puede reprochar que presente los cambios de opinión por parte de algunos participantes como victorias de la racionalidad.

No está claro por qué deberíamos celebrar un cambio de postura, si ese cambio no sirve para adecuar mejor mis puntos de vista a la realidad. Ni tampoco por qué deberíamos celebrar más las dudas que las certezas: si admitimos las primeras es porque queremos llegar a las segundas. Claro que dudar de sí mismo es necesario y hace avanzar el conocimiento, pero sirve de poco como punto de llegada.

Lo explica muy bien Francesc Torralba, catedrático de Ética de la Universidad Ramon Llull, en su libro recién publicado Humildad, otra cualidad que ha revalorizado la pandemia. La definición de Santa Teresa de Jesús (“la humildad es andar en la verdad”) “evoca movimiento, esfuerzo, pero también direccionalidad”. Como no nos creemos en posesión de la verdad, salimos a buscarla; y a través de “un ejercicio de desasimiento de prejuicios, de tópicos, de estereotipos, de medias y falsas verdades”, nos vamos despojando de todo aquello que nos impide comprender mejor.

Pero, a la vez, reconocemos que hay un “final del camino”, que avanzamos hacia “un propósito”, que es precisamente lo que niegan el relativismo y el escepticismo. “El relativismo es un desprecio a la verdad y, de paso, a la razón. Si todo vale lo mismo, si no puede conocerse ningún atisbo de verdad, carece de sentido la investigación, la entrega honesta a la ciencia y a la filosofía”.

No es la búsqueda de la verdad lo que crea dogmáticos, sino la autocomplacencia acrítica en los propios juicios, de la que nadie está libre, tampoco los relativistas.

Dejarse sorprender

En La disputa feliz, el filósofo y periodista Bruno Mastroianni propone el hábito de la reelaboración como una forma de revitalizar la conversación pública y, sobre todo, de enriquecer la propia vida intelectual.

“Sin la confrontación, (…) se termina por vivir de imitación y conformismo”. Es la languidez de la que habla Grant: una atonía mental a la que se puede llegar a fuerza de escuchar siempre y solo el eco de los míos. En cambio, dice Mastroianni, quien se atreve a salir de su búnker informativo y se expone a “preguntas formuladas con lenguajes de otros mundos” (a través de una conversación, de un libro, de un podcast, de una película…), es más probable que disfrute de una vida rica en “ideas inesperadas y felizmente abierta a nuevas relaciones y conocimientos”.

Es el mismo consejo que da Arthur Brooks, expresidente del American Enterprise Institute. ¿Por qué no probar otra cosa distinta de la crispación? Es el momento de desconectarse de los intoxicadores y de quedarse con quienes nos abren perspectivas, aunque no estemos de acuerdo con ellos. La pregunta que sugiere hacernos en sencilla: si dejo de leer a este articulista o de ver este programa, “¿me perderé algo que no piense o que no sepa ya?”.

 

Valor añadido

Una buena forma de estimular la vida intelectual de una sociedad es inyectar complejidad a las disputas sobre valores, como propone la periodista Amanda Ripley. Frente al periodismo que despacha esas controversias con estereotipos y falsas dicotomías, ella aboga por prestar más atención a las implicaciones de los asuntos debatidos.

Este tipo de periodismo exige tiempo. Y también coraje: en un momento en que muchos acuden a sus medios de referencia en busca de seguridad y confirmación, la complejidad resulta incómoda. Entre otras cosas, porque a nadie le gusta encontrar inconsistencias en la propia visión del mundo o que le pongan peros a los políticos que admira.

Ripley recuerda a los periodistas que su trabajo no es hacer que los lectores se sientan mejor. Y a los dueños de los medios les presenta dos argumentos a modo de incentivo económico. En primer lugar, si bien es cierto que algunos lectores quieren “indignación; es decir, simplicidad”, también hay muchos que se han desconectado de los medios, hartos de la crispación. “¿Qué pasaría si algún día tropezaran con una historia diferente? ¿Una que les intrigue en vez de que les espante?”.

Y segundo: ahora que más medios se están decantando por el modelo de suscripciones, parece que el futuro será “pasar de un modelo de negocios de una sola noche con los lectores, a una relación a largo plazo”, basada en la confianza. “La indignación siempre será la forma más fácil de atraer lectores, pero por sí sola no es suficiente” para lograr y mantener suscriptores fieles.

 

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