Margarethe Von Trotta: Y el pensamiento se hizo celuloide

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Duración lectura: 8m. 40s.

Con motivo del estreno de Hannah Arendt, y aprovechando la retrospectiva que el XV Festival de Cine Alemán en Madrid ofrecía de su filmografía, la veterana realizadora alemana Margarethe Von Trotta ha estado en España. Ha sido una buena ocasión para hablar con ella y repasar una obra cinematográfica que merece atención desde muchos puntos de vista.

Margarethe Von Trotta (Berlín, 1942) pertenece a la llamada “primera generación” de directoras alemanas. La filmografía de estas realizadoras está imbuida del marxismo imperante y de las teorías feministas. Contrarrestar el estereotipo femenino establecido por el varón era un anhelo legítimo al que se entregaron de lleno la mayoría de ellas. El medio cinematográfico se presentaba como un óptimo transmisor de la imagen de la mujer y contar con toda una generación de mujeres ejerciendo la dirección cinematográfica fue un lujo para la causa feminista que no se dio en ningún otro país.

Un feminismo con voz propia
Y aquí es donde la voz de Von Trotta comienza a escucharse distinta a la de sus compañeras de generación. En su filmografía todo el protagonismo es femenino: tanto sus biopics (sobre Rosa Luxemburgo, Hildegarda Von Bingen y Hannah Arendt) como el resto de su ficción, está compuesto por un elenco de mujeres luchadoras y fuertes que, sin embargo, no terminan de encajar en los patrones del feminismo.

“Hoy en día es más difícil salirse de la norma. Los medios son más poderosos, la presión generalizada es muy fuerte”

Es sorprendente escuchar a su arrebatadora Rosa Luxemburgo manifestar con rotundidad que quiere ser madre y revolucionaria a la vez, negando con vehemencia la posibilidad de que los hijos debiliten el carácter. Von Trotta la muestra femenina en todos sus gestos, vestida a la moda y apasionada en el amor.

Más allá de declaraciones –en ocasiones se define feminista y en otras rechaza la adscripción–, da la impresión que Von Trotta no comparte la concepción de mujer que postula el feminismo. La suya es una visión mucho más existencial y realista que ideológica: compartiendo muchas de las aspiraciones del feminismo, se resiste a la etiqueta o a una dialéctica de confrontación.

“Desde que comencé a hacer cine en los 70 –explica–, las mujeres en Europa han avanzado mucho y las mujeres de hoy en día son mucho más seguras de sí mismas de lo que éramos nosotras en aquel momento. Excepto en algunos campos, como la empresa o la banca, han llegado muy lejos. En el cine, hoy ya hay muchas directoras y un grandísimo número de estudiantes en las escuelas”.

“En cuanto a mi cine –continúa–, ni Rosa Luxemburgo ni Hannah Arendt eran feministas reivindicativas. Claro que, desde nuestro punto de vista, teniendo en cuenta lo que hicieron, las consideramos feministas; pero ellas lucharon por no ser consideradas feministas, por no recibir esa etiqueta”.

Las protagonistas de sus películas forman un elenco de mujeres luchadoras y fuertes que, sin embargo, no terminan de encajar en los patrones del feminismo

Apertura intelectual
La cineasta alemana habla de sí misma como una persona de izquierdas, lo cual no le ha impedido abordar con amplitud e interés intelectual personajes femeninos muy alejados de sus presupuestos vitales.

Ha recuperado del olvido figuras como la de santa Hildegarda de Bingen (Visión, 2009), abadesa benedictina, alemana y personalidad de gran influencia en la Baja Edad Media, que contribuyó a la reforma de la Iglesia, de la que en la actualidad es doctora.

O Hannah Arendt, denostada tanto por el judaísmo como por la izquierda marxista, que no aceptó que la filósofa alemana, ya en los años 50, definiera el régimen de Stalin como totalitario, equiparándolo al nacionalsocialismo.

Y es que detrás del trabajo de Margarethe Von Trotta se percibe, además de una gran realizadora, una intelectual rigurosa, lo que le ha permitido aportar una particular e inteligente lectura del Holocausto. Su trilogía sobre el tema (Rosa Luxemburgo, La calle de las Rosas y Hannah Arendt) se ha basado en una investigación concienzuda.

La que ahora estrena no es la primera película en la que incluye material documental. Ya lo hizo en Rosa Luxemburgo y en otras, pero en esta ocasión es particularmente relevante el uso de las imágenes filmadas durante el proceso contra Eichmann en Israel.

Detrás de Hannah Arendt hay un largo trabajo. “Me costó diez años sacar adelante Hannah Arendt – dice Von Trotta–. Nadie quería darnos dinero y, aunque me había encontrado con el personaje mientras preparaba La calle de las rosas, la conocía poco. Por otra parte, su vida tenía poca acción y mucho pensamiento y filosofía. Rosa de Luxemburgo era pura acción; Hannah Arendt es otra cosa” .

La responsabilidad de pensar
La lectura que Von Trotta hace de Arendt es de gran interés: la responsabilidad personal de la reflexión, la solitaria búsqueda de la verdad a la que ningún hombre que quiera vivir como tal, tiene derecho a renunciar, invitan a entonar el mea culpa.

El emocionante discurso de autodefensa que pronuncia Arendt ante sus alumnos, es un revulsivo ante el relativismo moral tan perfectamente instalado socialmente: “Desde Sócrates a Platón entendemos el pensamiento como el diálogo silencioso del alma consigo misma. Mediante su negación a ser persona Eichmann renunció a aquella cualidad decisiva del ser humano, la capacidad de pensar ya que era incapaz de emitir un juicio moral. Esa incapacidad de pensar fue lo que hizo posible que muchos hombres corrientes cometieran actos de barbarie a una escala enorme, actos que nunca se habían visto antes”.

Von Trotta es consciente de que este discurso, pronunciado hace más de medio siglo, es de absoluta actualidad. La cineasta alemana se muestra tajante a la hora de defender la libertad del pensamiento frente a la dictadura de lo políticamente correcto.

“Yo diría –señala la realizadora– que hoy en día es más difícil salirse de la norma. Los medios son más poderosos, la presión generalizada es muy fuerte: basta con ver a los chicos en las escuelas, lo que significa el imperativo de las marcas, de la moda, escuchar un determinado tipo de música. Ser outsider hoy en día es mucho más complicado. Medios como Facebook, Twitter y las redes sociales dan unas inmensas posibilidades de presionar a la gente, de tiranizar. La mayoría prefiere someterse a quedar expuesto al odio o a la ira de los líderes”.

Comprender antes que condenar
Escuchándola –Von Trotta habla con fuerza, con un discurso que se nota interiorizado– es fácil establecer un paralelismo entre la realizadora y su biografiada, especialmente en su afán por buscar la verdad. La veterana realizadora, aun reconociendo que muchas de las luchas de sus protagonistas son las suyas, se muestra esquiva a la comparación. “De algún modo, claro que me tengo que identificar con los personajes: si no, no puedo hacer una película… Pero, especialmente en este caso, no me compararía con Hannah Arendt, no creo que esté a su altura… Aunque esto no significa que no me identifique con muchos de sus planteamientos, especialmente esa idea de no quiero condenar, no quiero juzgar… quiero comprender” .

Aunque esos deseos choquen con posturas menos abiertas y con la incomprensión de algunos. Como la que encontró cuando decidió entrar de lleno en el cine religioso con Visión o la que ha encontrado ahora, en el estreno de Hannah Arendt, en algunos círculos judíos. “En Israel, hasta donde yo sé, la recepción ha sido buena. En Nueva York hemos tenido críticas positivas pero también ha habido ataques. Los supervivientes, los más mayores, siguen viendo a Hannah Arendt como una persona arrogante y fría, y una película no les va hacer cambiar de opinión”.


Una vida marcada por la historia

El cine de Margarethe Von Trotta no se entiende sin conocer algunos datos biográficos que la encuadran en un tiempo de grandes acontecimientos históricos. Nacida en Berlín, durante la II Guerra Mundial (1942), es hija de la aristócrata Elisabeth Von Trotta. La familia Von Trotta, asentada en Moscú, tuvo que huir después de la Revolución Rusa, y perdió la nacionalidad. Esta circunstancia marcó la infancia y juventud de Margarethe, que no obtuvo pasaporte alemán hasta su primer matrimonio, con Jürgen Möller.

Cursó estudios en París en 1960 y allí entró en contacto con el cine, en el momento del nacimiento de la modernidad cinematográfica, la Nouvelle Vague y el cine de autor.

Ya en Alemania, cursa estudios de literatura y da sus primeros pasos como actriz de teatro y de televisión, el medio del momento. Finalmente, dio el paso a la gran pantalla, donde fue musa del más afamado representante del Nuevo Cine Alemán: Rainer Werner Fassbinder.

En 1971 se casa con el cineasta Volker Schlöndorff, y de su mano se inicia en la escritura de guiones. Coescriben Fuego de paja (1972) y Tiro de gracia (1976), y en 1975 dirigen juntos El honor perdido de Katharina Blum, adaptación de la novela de Heinrich Böll. Su primera película sin la tutela de Schlöndorff llega en 1977: El segundo despertar de Christa Klages.

Por entonces, Margarethe Von Trotta y un nutrido grupo de mujeres se integran en el llamado Nuevo Cine Alemán, iniciado con el Manifiesto de Oberhausen en 1962, con el que Alemania se sumó al fenómeno de las nuevas cinematografías que se desarrollaron en los años sesenta en la mayoría de los países europeos. Entre los directores del Nuevo Cine Alemán más conocidos se encuentran Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Wim Wenders, Hans-Jürgen Syberberg y Werner Schroeter.

Dentro de esta corriente, Von Trotta y sus compañeras forman la “primera generación” de directoras alemanas: Jutta Brückner, Helma Sanders-Brahms, Ulrike Ottinger, Susan Beyder… Ellas no estuvieron en Oberhausen, pero firmaron en diciembre de 1979 el “Manifiesto de las trabajadoras del cine” .