Imágenes sin pensamiento

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Duración lectura: 3m. 49s.

Marie-José Mondzain es una filósofa francesa, directora de investigación en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas, que se ha especializado en teoría de la imagen. En una entrevista concedida a Le Monde (París, 8-IX-98) ofrece unas reflexiones sobre el empacho de imágenes que padece la cultura actual, en especial a causa de la televisión.

El entrevistador, Jean-Michel Frodon, pregunta a Mondzain si cree que estamos en una “civilización de la imagen”, como se suele decir. Mondzain aclara que todas las civilizaciones son civilizaciones de la imagen, porque con las imágenes nos representamos lo invisible. “Nuestra época no se caracteriza, pues, por un exceso de imágenes, sino por la inflación de lo visible. Ese visible omnipresente secuestra la mirada y suspende el ejercicio del pensamiento, es decir, de la libertad. Es el núcleo de la crisis: la imagen no puede llegar a ser un objeto susceptible de crítica sino desde el momento en que se hace uso de la palabra”.

Este fenómeno negativo no es nuevo, añade Mondzain, “pero hoy los sistemas simbólicos corren mayor peligro, porque el capitalismo liberal está dotado de una fuerza de reproducción casi autónoma. El mundo de la producción -de las técnicas y del mercado-ha mostrado que, por primera vez en la historia, es posible la hipótesis de una suspensión del pensamiento, que la ausencia de lo simbólico no supondría forzosamente una interrupción de la vida”.

La pensadora francesa no cree que las imágenes de violencia en televisión puedan tener efectos catárticos y contribuyan a disminuir la violencia en la vida real. “Como Aristóteles, considero que ver es fundamental, pero insuficiente, si no hay posibilidad de que el que ve hable. El espectáculo no tiene capacidad liberadora más que como modo de compartir un espacio común, un lugar para tomar la palabra. (…) Decir que el espectáculo de la violencia libera de la violencia es estúpido, mientras no se tengan en cuenta los dispositivos mediante los que se muestra la violencia ni la relación con los espectadores. En sí, el espectáculo de la violencia no facilita ni impide el ejercicio de la violencia”.

Se podría objetar que no vale entonces la pena tratar de reducir la exhibición de violencia en las películas: al fin y al cabo, cosas peores se ven en el telediario. “Eso -replica Mondzain- se basa en suposiciones simplistas, por ejemplo, que ver sangre lleva forzosamente a la crueldad, o que todas las imágenes de sangre son equivalentes. Pero no es igual la sangre en la información y en la ficción, no se emplean para producir los mismos efectos. El problema no es que la televisión haga creer que la ficción es real, sino lo contrario: incita a creer que lo real es reductible a una ficción. Tendemos a derivar lo desagradable hacia la ficción, lo que significa abdicar de nuestra identidad, de nuestra posibilidad de ser libres”.

Por todo eso, la televisión supone un peligro particular. “El funcionamiento de la televisión tiende a disociar sistemáticamente en el sujeto el pensamiento y la palabra. Hace exactamente lo que denuncia Aristóteles: encierra el sentimiento en las tinieblas, impide simbolizar. Cuando uno queda privado de la posibilidad de distinguir entre lo que se ve y lo que es, el resultado necesario es la identificación con la masa, es decir, la regresión y la sumisión. La televisión es una amenaza mayor que las formas anteriores de espectáculo, por varias razones. Primero, se puede ver en solitario. Además, forma parte de un mobiliario cultural del espacio privado; cuando funciona, interrumpe la comunicación; el flujo de imágenes crea una suspensión de la palabra. Finalmente, los programas están concebidos para ser ‘sin réplica’, para suscitar una adhesión inmediata, una creencia ‘sagrada’ que exige el silencio”.

Por eso, al aprovechar las posibilidades de ver que ofrecen los medios actuales, no se debe olvidar que “la abundancia de información no puede sustituir a la libertad de juicio. El ejercicio de la libertad no nace de una acumulación. No deberíamos decir: cuanto más cosas veo, más entiendo; sino, siempre: cuanto más pienso, más entiendo”. En definitiva, concluye Mondzain, “no se trata de combatir la televisión, sino el proceso de identificación y de incorporación que implica”.

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