Huida del cine

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Duración lectura: 3m. 5s.

El filósofo Julián Marías, que realiza la crítica de cine en la revista Blanco y Negro (Madrid, 28-XI-93), señala algunos rasgos desalentadores del cine actual.

Lo que me inquieta es la frecuencia con que dejo de ver películas iniciadas (…). Trato de averiguar qué es lo que me repele tantas veces y me hace desconectar el televisor o aguantarme el deseo de salir del cine a oscuras. Sin duda el afán de grosería, ordinariez, torpeza, que parecen casi inevitables. Es un achaque universal, pero con una concentración especial en el cine español. Con excepciones, pero pocas, se está produciendo una identificación entre lo español y la chabacanería (recuérdese mi definición: “Vulgaridad satisfecha de sí misma”). Parece que los personajes tienen que ser bastos, zafios, elementales, con un mínimo de humanidad, primarios, de ser posible manifiestamente estúpidos. La lengua en que se expresan tiene que estar por debajo de lo que puede llamarse elocución: palabrotas y gruñidos (…).

Otro factor de ahuyentamiento es el predominio de la sexualidad expresa, insistente, manoseada y desprovista de todo carácter que rebase el nivel de la Zoología. Es frecuente que desde los primeros planos, sin que el espectador sepa quiénes son los personajes -luego resulta que ellos tampoco lo saben- aparezca en la pantalla una pareja enlazada y con aspecto grotesco, que puede ser “contraproducente” (muchas veces me pregunto si es eso lo que se busca). Esto puede ser repulsivo; con toda seguridad es de una monotonía desesperante; es decir, terriblemente aburrido: al tercer ejemplo se apaga el televisor.

El ruido es otro elemento disuasor. En los cines, se suele dar al sonido un volumen que se justificaría si los espectadores fuesen sordos. En la televisión puede moderarse. Pero no mucho, porque una parte del estruendo es inmodificable: las explosiones, procedentes de cualquier tipo de estragos, bombas, coches incendiados, disparos innumerables, hundimientos. A lo auditivo acompaña lo visual: sangre, vísceras, muñones, ruinas.

Un factor que se añade a los anteriores es la pedantería. En esto se lleva la palma el cine francés, que de vez en cuando se acuerda de lo que tantos años fue y nos proporciona un placer efectivo, pero que en la mayoría de los casos prefiere aburrirnos. Se nutre de literatura -por lo general mala-; abusa de ella, la desliza en las imágenes -en ocasiones, mezclada con “filosofía” de Bachillerato-; se nutre de diálogos interminables y triviales entre personas que se creen superiores porque están “más allá del bien y del mal”, es decir, en ninguna parte.

Se dirá que no todo el cine está aquejado de estos caracteres; ciertamente, por fortuna, no es así. Pero pregúntese el lector por la proporción en que esto sucede, y se verá con que inquietante frecuencia ocurre así. Se está dejando que el buen cine se vaya de las manos, sea cada vez más improbable, se produzca un desinterés por él que lleve a su abandono.

Hay una queja constante por la regresión: hay menos cines que antes, se llenan menos veces, empiezan a no ser buen negocio. Se buscan causas extrínsecas, casi siempre secundarias. Ahora se toca a rebato, desde diversos nacionalismos, para defenderse de la “invasión” de las películas americanas. No están libres de todo lo que he enumerado; los motivos de descontento también van con ellas; pero en menor proporción; el cine digno de este nombre se hace todavía más en los Estados Unidos que en el resto del mundo.

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