El ojo intruso de la televisión

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Duración lectura: 1m. 44s.

Edwin M. Yoder expone algunos argumentos contra la retransmisión por TV de juicios y sesiones parlamentarias (International Herald Tribune, 5-X-94).

(…) Hay que estar de broma para sostener que la presencia de las cámaras no influye en un juicio. Al contrario, produce en los que intervienen la conciencia de ser mirados y les estimula a complacer al público que observa desde fuera de la sala, y así convierte el juicio en un espectáculo.

Mis objeciones se basan en una experiencia paralela, que revela la reacción de las instituciones a la presencia de la televisión: el caso del Congreso, donde se introdujo la televisión hace diez años.

Al principio, como siempre, el argumento era que esto favorecía la educación cívica. Lo que en realidad se ha producido es impaciencia cívica. El Congreso se sentía olvidado. La Casa Blanca acaparaba la atención, y los parlamentarios temían que de este modo se rompiera el equilibrio entre los poderes. Ahora los parlamentarios hacen gran parte de su trabajo ante las cámaras -al menos, eso dicen-, y el desprestigio del Congreso como institución no ha cesado de aumentar desde que se dio entrada a la televisión.

En cierta ocasión, el periodista británico Godfrey Hodgson definió la presencia de la televisión en los asuntos públicos como un “Mefistófeles electrónico” que vende ventajas políticas a un elevado costo para las instituciones. Probablemente, esta definición nunca ha sido tan atinada como ahora.

La televisión ha afectado seriamente a los trabajos parlamentarios. Los “debates” se han convertido en exhibiciones artificiales ante los micrófonos,en las que docenas de parlamentarios aguardan turno para soltar sus arengas de dos minutos, más relacionadas con lo que ellos creen que los electores quieren que digan que con lo que ha dicho el orador precedente. El público debe de sospechar que el Congreso que ve en las pantallas es para la galería, y que el “auténtico” es el que no ve. (…)

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