El Barco

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Duración lectura: 5m. 35s.

Aunque empezó su emisión en enero, la serie El Barco no ha hecho más que zarpar. Cuando aún estamos a mitad de la segunda temporada, uno de sus creadores, Álex Pina, ha afirmado que veremos 150 capítulos “como mínimo”. La audiencia está respondiendo con una media de más de 4 millones de espectadores, similar a la del estreno de ficción más importante de Antena 3 este trimestre: Gran Hotel.

Con estos resultados, Antena 3 se acerca a TVE (Águila Roja, Cuéntame cómo pasó) y supera claramente a Telecinco, que no deja de sumar decepciones en 2011: Ángel o demonio, Homicidios, Punta Escarlata, Piratas.

El Barco vive de los éxitos de dos “joyas” de la cadena, El internado y Los hombres de Paco. Esta última fue la primera serie de la que se colgaron todos los capítulos en Internet, algunos incluso antes de ser emitidos por televisión. El Barco sigue ese camino ampliando los contenidos en la web con comentarios en Twitter en directo, video-encuentros con los actores, etc.

No es la única coincidencia. El Barco mezcla misterio, ciencia-ficción, drama y comedia, esta vez con el fin del mundo como telón de fondo. El buque Estrella Polar navega buscando tierra en medio del océano mientras no dejan de suceder hechos sorprendentes que recuerdan de manera llamativa a escenas de Titanic, La tormenta perfecta, Alien, Los pájaros, El Código Da Vinci, 2012, Frankenstein… Los capítulos se han rodado en estudio y en el mar. Se ha utilizado el bergantín-goleta Cervantes Saavedra, un antiguo buque faro de 48,5 metros de eslora. Esto hace que, en muchos momentos, la serie tenga el aspecto de una superproducción del mejor cine de aventuras.

A este cocktail hay que sumar los innumerables conflictos sentimentales con el tono habitual de las series españolas: es decir, poco matizados y muy sexualizados. Sin ser Física o Química (no hay tanta escena de sexo explícito), abundan los personajes monotemáticos como Piti, De La Cuadra o Salomé. También hay un cura, uno más que se une a la galería de sacerdotes lelos, sin fe, solidarios –eso sí–, que tardan poco en colgar la sotana ante la sonrisa de la primera niña mona.

Los creadores y guionistas de El Barco saben cómo manejar el timón para que la acción no decaiga, pero falta credibilidad en las situaciones y, sobre todo, en los conflictos dramáticos

Hay que reconocer que los creadores y guionistas de la serie (los mismos de Los hombres de Paco y Los Serrano) saben cómo manejar el timón para que la acción no decaiga y se toquen las teclas necesarias para todo tipo de públicos. De esta manera enganchan al público más infantil con el personaje de Valeria, la hija pequeña del capitán (interpretado por Patricia Arbués, que ya hizo un papel calcado en El internado). Ella y su amigo Burbuja (un náufrago adulto y autista que descifra los principales misterios de la serie y que está muy bien interpretado por Iván Massagué) dan el enfoque más ingenuo y mágico a la serie.

El público adolescente femenino tiene su cuota con los interminables amores en los que sobra uno: Gamboa, Ulises y Ainhoa; Palomares, Vilma y Piti, etc. En este sentido, el rey de la selva es el personaje interpretado por Mario Casas (Ulises, cómo no), que una vez más se interpreta a sí mismo como el chico de la camiseta “soba fresh”, rebelde con causa pero en el fondo novio ideal, tan hipermusculado como Rafa Nadal, de buen corazón, voz susurrante e intensa, ideal para un anuncio de Calvin Klein.

Una de las apariciones estelares de la serie es la de Belén Rueda en la segunda temporada. Su personaje consigue algunos de los mejores momentos de la serie con un giro ocurrente que desgraciadamente acaba por desmadrarse. Pues el principal problema de la serie es que resulta inverosímil en demasiados momentos.

Personajes inverosímiles

Son meritorios en la serie su ambición y el afán de hacer algo sólido y distinto, el diseño de producción generoso (aunque a veces, la falta de presupuesto en los efectos especiales es evidente) y algunas buenas interpretaciones (Juanjo Artero, Belén Rueda, Irene Montalá…). Pero no es tan fácil hacer Lost o The Walking Dead. La ciencia-ficción utiliza trampas que hay que saber esconder, algo que aquí no se hace o se hace mucho peor. La supervivencia del Estrella Polar resulta demasiado increíble ante la acumulación de plagas, abordajes y tormentas que curiosamente dejan al buque inmaculado.

Esta credibilidad se resiente aún más en los conflictos dramáticos, que se estiran una y otra vez para que la serie siga avanzando al ritmo del share. Hay que desconectar demasiadas neuronas para entender personajes como Ainhoa (la hija del capitán, interpretada por Blanca Suárez). ¿Qué hace una hija con el hombre que amenaza a su padre y a sus mejores amigos a punta de pistola? Lógicamente, cinco minutos después, acostarse con él. ¿Qué hace un sacerdote que acaba de resucitar después de recibir la descarga de un rayo que dejaría tieso al mismísimo Homer Simpson? Levantarse, colgar la sotana y perder la fe. ¿Qué harías si te quedases encerrado en una cámara frigorífica? Blanca Suárez y Mario Casas lo tienen claro: quedarse en ropa interior. ¿Y cómo van los marinos de un buque serio y profesional? En tirantes y pantalón cortito que sólo se lo quitan a la hora de la ducha (que como todo el mundo sabe son duchas mixtas, nada de diferenciar género que el cuerpo militar es uno, grande y libre).

Por no hablar del personaje de Julia Wilson, la científica que ha colaborado en la destrucción del planeta y todo el mundo adora con devoción, empezando por el capitán del barco que está enamorado de ella desde el momento en que la conoció. Todos cometemos un error en la vida: unos se dejan destapado el tubo de pasta de dientes y otros se equivocan en la fórmula del acelerador de partículas y acaban con la vida humana en el planeta Tierra. Son cosas que pasan.

Pero entretiene, ¿no? Sí, siempre que uno acepte que de la chistera, más que un conejo, lo que salga sea un parque temático… Yo echo en falta verosimilitud y unos personajes a los que pueda comprender.