Cuánto vale un Oscar

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Duración lectura: 12m. 49s.

La repercusión en taquilla de los Premios de Hollywood
Tiene una altura de 13 pulgadas y media y pesa 8 libras. Su capa dorada, de 14 quilates, es extraordinariamente fina, por lo que su coste material no excede de cien dólares. Y a pesar de todo, las estatuillas del Oscar son tan codiciadas por los cineastas de Hollywood que muchos han afirmado que darían cualquier cosa por tener una. No sólo por razones de prestigio. El mítico premio puede relanzar a una película y multiplicar sus ingresos en taquilla. Tendremos ocasión de comprobarlo otra vez con los Oscars que acaba de conceder la Academia de Hollywood.

La Academy of Motion Pictures and Sciences, más conocida como Academia de Hollywood, nació como fruto de un entusiasmo idealista por mejorar las películas. El 4 de mayo de 1927, una florida representación de la industria cinematográfica norteamericana (Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Frank Lloyd, Irving Thalberg y otros cineastas hasta un total de 36) se reunieron en el comedor del Hotel Biltmore de Hollywood con la sana intención de “mejorar la calidad artística del cine y crear una plataforma común para las distintas ramas y oficios del Séptimo Arte”.

Aquella misma noche perfilaron también la idea de conceder unos premios anuales para distinguir las mejores creaciones cinematográficas del año. En la primera entrega no hubo pompa, ni glamour, ni vestidos costosos; no se habló de ella en la prensa ni en los foros cinematográficos. Fue una cena de gala en un sencillo comedor del Ambassador Hotel, con doscientos invitados a lo sumo, a la que asistieron los miembros de la Academia y algunas pocas personalidades. Llegados los postres, el presidente pronunció unas breves palabras y entregó -en menos de cinco minutos- los doce premios que en aquella ocasión se concedieron.

La carrera por la estatuilla

Al año siguiente, sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. Las estatuillas habían resultado muy rentables desde el punto de vista publicitario; y los grandes estudios iniciaron campañas más o menos disimuladas para promocionar sus películas en la carrera por los Oscars.

Probablemente fue la película El delator (1935), de John Ford, la primera que se benefició largamente de una buena cosecha de premios. La cinta se había estrenado con buenas críticas, pero el público no acudió a verla hasta que consiguió nada menos que cuatro Oscars, incluidos el de mejor director, actor y guión. Con el aval de los premios, se convirtió en el filme más taquillero del año.

Pocos años después sucedió algo similar con Los mejores años de nuestra vida (1946), de Wylliam Wyler. La cinta había sido tremendamente popular, pero el aluvión de galardones arrastró consigo una auténtica riada de espectadores, y llegó a ser el filme más comercial de la década. Tan sólo en Estados Unidos, recaudó cerca de 11 millones de dólares (equivalentes a más de 100 millones, en la actualidad). Pero una cuarta parte de esa suma vino después de su triunfo en la noche dorada, cuando su carrera en los cines ya casi se daba por finalizada.

En aquella época, el efecto de los Oscars se empezó a notar también en otros filmes minoritarios. La versión inglesa de Hamlet (1948), dirigida por Laurence Olivier, fue distribuida en sus comienzos como una película de arte y ensayo. Tras lograr el premio a la mejor película -la primera cinta no americana que lo conseguía-, la película cambió por completo su estrategia de marketing y acabó atrayendo a audiencias mucho más amplias que le proporcionaron un prestigio mítico.

Con todo, el valor comercial de los Oscars empezó a ser más o menos visible en la década de los cincuenta, en la que los filmes galardonados por la Academia se convirtieron en éxitos económicos sin precedentes: La vuelta al mundo en 80 días (1956) recaudó 23 millones de dólares en el mercado nacional; El puente sobre el río Kwai (1957), 17 millones; y Ben Hur (1959), 36 millones. Cada una de estas películas fue una auténtica bomba en taquilla, pero gran parte de su popularidad y su recaudación vino como consecuencia de su cosecha de Oscars.

Punto de inflexión en los sesenta

En los años sesenta, sin embargo, la influencia de los galardones en la taquilla se relativizó por las circunstancias de la industria. Fueron años de experimentación, de oposición al medio televisivo y, sobre todo, de desorientación.

En realidad, el único Oscar que a partir de entonces marcó el éxito comercial de las películas galardonadas fue el destinado al mejor filme; y aun así esto dependió mucho del tipo de cinta. Sonrisas y lágrimas (1965), por ejemplo, no necesitó la ayuda de esos premios para convertirse en el gran boom de la década (llegó a ser, durante años, la película más taquillera de la historia); pero sí los requirió, y mucho, Un hombre para la eternidad (1966), que dobló su recaudación tras los ocho premios que le otorgó la Academia (incluidos los cuatro más importantes: mejor filme, director, guión y actor). Alcanzó unos ingresos de casi 13 millones de dólares: todo un récord para una película supuestamente seria e histórica.

A principios de los setenta, sin embargo, el valor crematístico de los Oscars renace con todo su esplendor en virtud de votaciones más o menos atípicas. En 1971, la elección inesperada de The French Connection -nadie creía que fuese a ganar el Oscar al mejor filme- supuso la multiplicación por tres de sus ingresos en Estados Unidos, hasta esa fecha realmente bajos; y en 1977, la película Annie Hall, de Woody Allen, fue lanzada de nuevo a los cines tras ganar el Oscar a la mejor película, con lo que recaudó otros 5 millones de dólares cuando ya nadie esperaba más. Con todo, los filmes que más se beneficiaron del tirón del Oscar fueron Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) y El cazador (1978), que lograron más de la mitad de su taquilla (59 y 30 millones, respectivamente) tras la concesión de los premios.

Un caso paradigmático fue el de 1973. Dos grandes y prometedores éxitos fueron nominados a la mejor película: El exorcista, de William Friedkin, y El golpe, de Roy Hill. Ambos filmes se estrenaron en la mejor época: en los días previos a la Navidad; y a las cuatro semanas, El exorcista conquistaba la primera posición en la taquilla del año con 53 millones de recaudación, frente a los 30 millones de El golpe. Sin embargo, poco después de la ceremonia en la que El golpe salió como triunfadora ­consiguió 7 Oscars, incluido el de mejor filme­, esta cinta obtenía otros 30 millones de dólares, mientras que El exorcista no conseguía más que otros 12 millones: la concesión de los galardones cambió por completo la progresión de sus carreras comerciales.

Empuje a las películas “cultas”

Conviene señalar, sin embargo, que el valor de los Oscars va más allá de los ingresos en taquilla. El Oscar a la mejor película puede mitificar a un filme minoritario o poco conocido, como ocurrió con Amadeus (1984) o Paseando a Miss Daisy (1989); o puede, sobre todo, proporcionarle prestigio y catapultarle hacia públicos más amplios. Este efecto no se da siempre, ni puede tampoco preverse; pero es particularmente decisivo en filmes calificados de “artísticos”, “intelectuales” o “especializados”. Así, en el caso de Rojos (1981), tras un arranque poco exitoso, sus productores confiaron en que triunfaría en los Oscars (tenía 12 nominaciones) y alcanzaría la popularidad que necesitaba para remontar sus escasos ingresos; pero, aunque ganó tres Oscars, fracasó en los importantes y ni siquiera llegó a recuperar la inversión.

Por el contrario, las 11 nominaciones de Paso decisivo (1977) actuaron de un modo totalmente opuesto. El filme había sido acogido con enorme frialdad por su entorno excesivamente desconocido y lejano para el público (la acción transcurre en torno al mundo del ballet). Pero las nominaciones le hicieron salir inesperadamente a la luz pública: empezó entonces una segunda carrera comercial en la que recaudó incluso más que la primera vez. Y así, aunque luego no ganó ningún Oscar, la película atrajo a un público numeroso. De igual modo, El hombre Elefante (1980) cambió por completo su calificación de “película extremadamente sofisticada”. En un principio resultaba demasiado extraña y simbólica, también por estar rodada en blanco y negro; pero gracias a las ocho nominaciones alcanzó una popularidad y un prestigio que le abrió las puertas de una audiencia muy numerosa.

Ciertamente, es difícil predecir resultados. Algunas cintas de los años ochenta, como Atlantic City (1981) o Gracias y favores (1983), no experimentaron ningún empuje en la taquilla pese a ser nominadas a la mejor película. Otras, como El color púrpura (1985), consiguieron un éxito notable mucho antes de sus 11 nominaciones. Y otras, como Memorias de África (1987), sólo alcanzaron un éxito fulgurante tras el Oscar al mejor filme: la película de Sidney Pollack recaudó entonces casi el 50 % de sus ingresos en Estados Unidos, demostrando así que la influencia mágica del Oscar sobre la taquilla no se da casi nunca por azar, sino precisamente en aquellos filmes con valores artísticos.

El Oscar en el último decenio

Desde mediados de los ochenta, el premio al mejor filme ha continuado revalorizando las películas, aunque siempre de forma desigual. Así, las que habían alcanzado ya fama y notoriedad antes de las nominaciones (como Rain Man en 1988 y Bailando con lobos en 1990), continuaron una línea ascendente y el Oscar actuó sólo como un catalizador del éxito, prolongando unos meses su carrera comercial.

Otras cintas, que habían empezado una trayectoria deficiente y carecían de atractivo para el público -es el caso de El último emperador-, pasaron a ser cintas “que todo el mundo debe ver”: la película de Bertolucci sólo había recaudado 14 millones antes de las nominaciones, pero llegó a 44 tras las nominaciones y los 9 Oscars.

En algunos filmes la influencia del Oscar apenas se notó: precisamente en aquellos que habían terminado su carrera comercial o estaban a punto de hacerlo. El silencio de los corderos (1991), tal vez por la oscuridad de la trama o porque sus actores eran entonces poco conocidos, no tuvo empuje para una segunda carrera comercial, y apenas recaudó 600.000 dólares tras los cincos Oscars importantes que consiguió (película, director, guión, actor y actriz). En la misma línea, Sin perdón (1992) estaba ya en los últimos coletazos, pues jamás pensó que lograría ese premio y se estrenó demasiado pronto: a principios del verano, en vez de bien avanzado el otoño.

Donde la transformación resultó más radical fue en aquellos filmes minoritarios, de gran calidad, que el público descubrió tras el premio de la Academia. Así, Paseando a Miss Daisy (1989) multiplicó por tres sus ingresos y permaneció en los cines durante más de un año. Y La lista de Schindler, que resultaba demasiado intelectual (en blanco y negro) y largo (más de tres horas), acabó siendo un éxito más que sonado gracias a los siete Oscars: meses antes, su productor sólo confiaba en el tirón de su afamado director -Spielberg- y en lo que las televisiones pudieran dar luego por él.

Si nos fijamos en el cuadro adjunto, veremos que en los últimos años ganar el Oscar al mejor filme ha supuesto, por término medio, un incremento del 25 % de la taquilla; proporción que alcanza hasta casi el 50 % si incluimos el empujón de las nominaciones. Sin embargo, este poderoso influjo comercial es aún más notable en las películas foráneas, porque ganar el Oscar a la mejor cinta extranjera llega a suponer, tan sólo en el mercado norteamericano, multiplicar por cinco la taquilla obtenida hasta el momento: El festín de Babette pasó en 1987 de 0,21 a 4,4 millones tras ese premio; Cinema Paradiso (1989) saltó de un millón escaso a más de 12; y Belle Époque (1993), de menos de un millón a más de diez. El toque especial de la “hada madrina-Academia” es ciertamente apreciado por los productores extranjeros, que aspiran a esa estatuilla mucho más que los cineastas americanos a las suyas.

La ceremonia de entrega de los Oscars es hoy una mezcla de glamour, propaganda y ensueño; un conjunto de ilusiones e intereses económicos. Y, a la vez, una gigantesca fuerza que mantiene viva la llama de la ilusión y de la inestable industria del cine.

El duelo más famoso en la historia de los Oscars

La noche del 5 de abril de 1965, en la 37 entrega de los Oscars, tuvo lugar una de las pugnas más encarnizadas en la historia de estos galardones, la protagonizada por dos cintas musicales que habían acaparado el favor del público en todo el mundo: My Fair Lady había sido nominada en 12 categorías, y Mary Poppins, en 13. Nunca hasta entonces se había producido tal acumulación de nominaciones entre dos películas de un mismo año, y nunca la pelea por la victoria había estado tan empatada ni tan precedida por peripecias personales.

En efecto, este duelo tremendamente popular estaba acentuado por el hecho de que Julie Andrews -candidata a la mejor actriz por Mary Poppins- había interpretado en el teatro el papel de Eliza Doolittle, de la comedia musical My Fair Lady. Para la versión cinematográfica, Andrews -entonces una actriz desconocida que no había rodado nunca una película- fue desechada en favor de Audrey Hepburn, que no sólo costó a la productora muchísimo más, sino que tuvo que ser doblada en los números musicales porque no sabía cantar. Con esto, el disgusto de Julie Andrews el día de la entrega era más que notorio; y las cámaras de la ABC reflejaron esa particular pugna retratando los rostros de ambas actrices cada vez que Mary Poppins o My Fair Lady se llevaban algún Oscar.

El enfrentamiento se saldó con el triunfo de My Fair Lady: ocho premios, incluido el de mejor película, frente a los cinco que obtuvo Mary Poppins. Pero cuando se dio a conocer el Oscar a la mejor actriz, que fue a parar a Julie Andrews, las cámaras inmortalizaron para la historia su radiante expresión de júbilo frente a la depresión de Audrey Hepburn. Con ello, la afrenta causada por no darle el papel de Eliza había sido recompensada con creces. Y ese Oscar le abriría, además, las puertas de la fama y el reconocimiento internacional por otro film musical que protagonizó al año siguiente: Sonrisas y lágrimas (1965), que le valdría su segunda y más popular nominación.

Alfonso MéndizAlfonso Méndiz es profesor de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad de Málaga.

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