Supermercado de embriones

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Duración lectura: 6m. 30s.

Análisis

Las nuevas técnicas de reproducción siguen un camino predecible, en varias etapas. Primero son recibidas con “rechazo horrorizado”; luego, con “rechazo sin horror”; a continuación, se van haciendo objeto, “lenta y gradualmente, de curiosidad, estudio, evaluación y, por fin, van siendo -poco a poco pero sólidamente- aceptadas”. El itinerario fue descrito por dos especialistas en fertilidad, Sophia Kleegman y Sherwin Kaufman, hace treinta años (citado por Lori Andrews en International Herald Tribune, 3-XII-97).

Al principio, la fecundación in vitro (FIV) se usaba como último recurso para matrimonios estériles. Pronto se extendió a casos de madres solteras, de lesbianas o de viudas que querían una inseminación post mortem. Como el deseo humano admite una expansión ilimitada, quienes acuden a la FIV ya no se conforman con tener un hijo: empezaron pidiendo uno sano, con certificado de garantía; luego pasaron a elegir también el sexo; ahora lo quieren rubio o moreno, escogido entre los disponibles en catálogo.

Esto no es una fantasía a lo Huxley. Al menos en Estados Unidos, varias clínicas dedicadas a la FIV seleccionan esperma y óvulos de donantes para producir embriones humanos con diversos pedigrees, que después congelan, a fin de que los clientes elijan los de las características deseadas (cfr. International Herald Tribune, 24-XI-97). La práctica está en auge, pues presenta varias ventajas. Primera, ahorra a los clientes las molestas pruebas y tratamientos de estimulación ovárica que preceden a la fecundación in vitro por la vía habitual. Es verdad que alguna otra mujer ha tenido que pasar antes por eso; pero es una donante retribuida con unos mil dólares o una cliente de la clínica que ha dejado allí embriones sin usar; en este último caso, pues, se aprovecha material sobrante. Finalmente, un juego de embriones prefabricados cuesta 2.750 dólares, mucho menos que la FIV normal (unos 16.000 dólares).

Las clínicas procuran hacer una cuidadosa selección de donantes -o vendedores, en no pocos casos- de gametos, a fin de tener un catálogo amplio de embriones para todos los gustos. Pero, naturalmente, hay modelos más apreciados que otros. En las universidades de elite no es raro ver anuncios que buscan jóvenes caucasianas, rubias y de buena estatura, dispuestas a ceder óvulos a cambio de una compensación económica por las molestias. Sin embargo, también se ofrecen embriones de padres biológicos eslavos o latinos, y mestizos de distintas combinaciones.

Siguiente paso: la clonación

El paso del horror a la aceptación está verificándose también, y rápidamente, con otra técnica reproductiva. Unos meses después del espanto casi unánime ante la posibilidad de clonar seres humanos, cuando se conoció el caso de la oveja Dolly (ver servicio 34/97), ya ha empezado la fase de curiosidad y evaluación. En Estados Unidos, algunos centros de fecundación artificial, que en la primavera pasada aseguraban que jamás realizarían clonaciones de humanos, ahora se lo están planteando; otros han comenzado a experimentar (cfr. International Herald Tribune, 3-XII-97).

No debe sorprender el cambio de actitud. Si se admite la obtención de hijos a la carta con la FIV, no se tiene ya razones para descartar la clonación, que es una técnica más perfecta para conseguir ese objetivo. Así lo prueba el caso de Steen Willadsen, científico estadounidense que ideó los métodos usados con Dolly y ahora trabaja en una clínica dedicada a la FIV. Dice que no ve objeción ética alguna a la clonación humana, y añade: “Soy una persona que inventa técnicas; no me corresponde decir cómo deberíamos usarlas”. Este crudo amoralismo muestra que la técnica, una vez separada de la ética, va sola y no se puede parar.

El problema está en el origen

Al comentar el nuevo servicio que ya se presta, Lori Andrews, profesora del Chicago-Kent College of Law, describe este fenómeno como “un supermercado de embriones”. Precisamente porque preveía que se llegaría a esto, Jacques Testart, pionero francés de la FIV, abandonó sus investigaciones en 1986. Aquel mismo año predijo el itinerario de la FIV en su obra L’oeuf transparent: “La próxima etapa es el diagnóstico genético para conocer, primero, el sexo del embrión; segundo, su normalidad cromosómica, y finalmente, quizá dentro de veinte o treinta años, la posibilidad de determinar el color del pelo o la estatura”. Y vaticinaba lo que hoy está cerca de ser realidad: “Podemos encontrarnos un día con niños elegidos como se elige un perro en una perrera: color del pelo, altura de las patas, forma de las orejas o aptitud para la caza” (ver servicio 144/86).

Desde el principio, Testart ha advertido que la FIV se transformaría de remedio contra la infertilidad en técnica de selección genética, pues los métodos de reproducción artificial entrañan una mentalidad que conduce a la eugenesia. Algunos creen exagerado el aviso, porque el término eugenesia tiene resonancias hitlerianas. Pero a quienes creen que “no hay riesgo de eugenesia mientras estemos en un régimen democrático”, Testart advertía en 1992, cuando publicó su libro Le désir du gène, que “la eugenesia es una teoría de mejora de la especie humana, que no necesita en absoluto de un régimen nazi” (ver servicio 125/92).

En efecto, los que hoy recurren a la selección de embriones prefabricados no son ningunos Mengeles, sino gente normal, con el deseo de tener un hijo a toda costa. Pero, ante la posibilidad de elegirlo a su gusto, de hecho practican la criba genética. De sus clientes dice un médico de una clínica de Manhattan que ofrece este servicio: “En privado, los más liberales discriminan tanto como el que más” (International Herald Tribune, 24-XI-97).

A diferencia de las terapias contra la infertilidad, la reproducción artificial no consiste simplemente en ayudar a la naturaleza, sino en sustituirla. La procreación se convierte así en un proceso técnico-productivo en el que rigen, naturalmente, los criterios de utilidad, eficacia y rentabilidad. Por tanto, presupone en los padres una mentalidad posesiva, de producción, no de donación amorosa. Sólo que tal actitud no es fruto de una perversidad ideológica a lo Göbbels, sino que está enmascarada bajo la “buena intención” de tener un hijo. Pero el propósito está corrompido en su fundamento porque implica, de hecho, la prevalencia del deseo de los padres sobre la persona del hijo.

Este es el riesgo que señaló en 1987 la Iglesia católica en el documento Donum vitae, cuando advertía que el deseo de los padres de tener un hijo no justificaba la FIV. La persona, se decía allí, “no puede ser querida ni concebida como el producto de una intervención de técnicas médicas y biológicas: esto equivaldría a reducirlo a ser objeto de una tecnología científica”. Mantenía que “el hijo no es algo debido y no puede ser considerado como objeto de propiedad: es más bien un don”. Y advertía al legislador que, por este camino, “el eugenismo y la discriminación entre seres humanos podrían verse legitimados”.

Entonces la postura de la Iglesia suscitó críticas por oponerse al legítimo deseo de los padres, y sus temores fueron calificados de infundados. Hoy esos riesgos se están haciendo realidad y algunos quieren echar el freno. Pero es más fácil no tomar un camino equivocado que intentar frenar cuando se va embalado cuesta abajo.

Rafael Serrano