“Selam”, la niña australopitecina

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Duración lectura: 3m. 43s.

Los investigadores dedicados al estudio de la evolución humana no dejan de sorprendernos. Esta vez lo han hecho con el descubrimiento, anunciado en “Nature” (21-09-2006), de una niña australopitecina, fallecida cuando tenía tres años. Se ha podido recuperar una buena parte de su esqueleto, conservado en muy buen estado, y procedente de un estrato que tiene 3,3 millones de años de antigüedad. El valor de este descubrimiento viene realzado por el hecho de que es muy difícil que fosilicen los frágiles huesos de crías pequeñas, máxime si son tan antiguos. Por esto mismo Bernard Wood, del Departamento de Antropología de la Universidad George Washington, dice que haber hallado un ejemplar así constituye: “una verdadera mina de información acerca de un estadio crucial en la historia de la evolución humana”.

Lo primero que se descubrió fue el cráneo Corría el año 2000 y se trabajaba en el yacimiento de Dikika (en Etiopía, muy cerca de Hadar, lugar donde en 1974 se descubrió a “Lucy” en 1974, una hembra adulta de la misma especie, “Australopithecus afarensis”, que el espécimen hallado ahora, pero doscientos mil años más joven y, tal vez, el fósil más famoso de la paleoantropología). Desde entonces el equipo dirigido por Zeresenay Alemseged (del Departamento de Antropología Evolutiva del Instituto Max Planck de Leipzig) ha tenido que trabajar pacientemente durante años para poder sacar el cráneo de la matriz en la que se hallaba incrustado. Durante las campañas de 2002 y 2003 se pudo recuperar buena parte del esqueleto postcraneal de esta niña, que ha sido bautizada con el nombre de “Selam”, que en lengua afar significa paz.

El cráneo y el esqueleto postcraneal revelan características muy interesantes. Presentan una mezcla de rasgos arcaicos combinados con otros más modernos, confirmando las hipótesis de los científicos según las cuales la evolución humana (incluidos los homínidos prehumanos como “Selam”) ha sido en mosaico y no de forma lineal (o anagenética). Esto significa que han ido combinando caracteres ancestrales más bien de tipo simiesco, con rasgos evolutivos cada vez más modernos y más semejantes a los que luego aparecerían en el género humano. Un ejemplo de ello es la mandíbula inferior que se ha podido recuperar. El volumen cerebral es de 300 cm cúbicos, el mismo que el de un chimpancé de la misma edad, sólo que ella lo había desarrollado en sus tres cuartas partes y el chimpancé al 90%.

Se desconoce cuál podría ser su estatura y su peso, aunque se confía que estos datos se podrán obtener en investigaciones posteriores. El análisis de partes anatómicas del esqueleto postcraneal como los huesos del pie, el fémur, la tibia y el peroné, indican que ya utilizaban la locomoción bípeda. Pero los datos obtenidos del estudio de los huesos de las falanges de la mano y la escápula del hombro señalan que aún conservaban su habilidad para trepar a los árboles. También se ha podido comprobar que sus extremidades superiores eran más largas que las inferiores, un rasgo simiesco, aunque en una proporción no tan acusada como en los chimpancés. Otra joya recuperada ha sido un hueso hioides que permitirá conocer datos sobre el aparato fonador de los australopitecinos; los primeros estudios confirman que se parece más al de los chimpancés. El hioides, por ser un cartílago, es extremadamente difícil que fosilice; hasta ahora sólo había constancia de un caso más: el hioides de un neandertal descubierto en 1989.

De “Lucy” se pudo recuperar el 40% del esqueleto, lo que representaba la muestra más grande perteneciente a un solo individuo de más de un millón y medio de años. El descubrimiento de “Selam” aumenta esa proporción y la antigüedad, amén de dar información sobre un individuo infantil. El estudio comparado de los dos esqueletos permitirá obtener una información valiosísima sobre la evolución de los australopitecos. Hasta ahora el fósil de homínido infantil más antiguo que se conservaba era el del Niño de Taung, un cráneo de “Australopithecus africanus” de 2,5 millones de años, descubierto en 1924 en Sudáfrica.

Carlos A. Marmelada