¿Podemos “crear” vida?

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En el último año y medio, poco más o menos, han empezado a aparecer en publicaciones científicas artículos sobre “biología sintética”, de los que se han hecho eco los medios de comunicación de masas. La noticia más reciente trata de los esfuerzos realizados por el biólogo norteamericano J. Craig Venter para “crear” en su laboratorio un viviente dotado del número mínimo de genes necesario para que haya vida. Este empeño suscita la pregunta de si podemos tratar la vida, aun la no humana, como un objeto más a nuestra disposición.

J. Craig Venter es el fundador de Celera Genomics, de la que fue presidente hasta 2002. Se hizo mundialmente famoso por lanzarse a la “carrera” por secuenciar el genoma humano, compitiendo con el consorcio público dirigido por Francis Collins (y antes por James Watson). En la actualidad, es presidente del J. Craig Venter Institute, desde el que impulsa el estudio genético de microorganismos, entre otros fines para obtener variedades de utilidad industrial, por ejemplo, en la fabricación de biocombustibles, proceso que requiere la fermentación de la materia prima.

Ulteriormente, si lo que pretendemos hacer mediante la biología sintética no es intrínsecamente malo, la cuestión, tanto para quienes sostienen una ética basada en principios como para los que defienden una ética utilitarista, es idéntica: las ventajas, efectivas o probables, ¿compensan los riesgos y los perjuicios? Hay un importante desacuerdo al respecto, también sobre qué debe entenderse por perjuicios, riesgos y ventajas.

Dejando aparte las inquietudes por la seguridad que suscita la biología sintética en general (por ejemplo, la posibilidad de que por accidente se escape un virus nuevo u otro agente infeccioso contra el que animales y humanos no tuvieran inmunidad natural), una de las preocupaciones verdaderamente importantes es el denominado dilema del “doble uso”.

Al igual que alguna otra tecnociencia nueva, la biología sintética podría utilizarse no sólo para hacer progresar el conocimiento científico y médico en provecho de la humanidad, sino también para infligir de forma deliberada un daño sin precedentes. Por ejemplo, los bioterroristas podrían emplearla para causar epidemias.

La biología sintética ya ha sido utilizada para crear, partiendo de cero, un virus de la polio, y para reconstruir el virus de la epidemia de gripe de 1918. Un ejemplo, mencionado a menudo en relación con las posibilidades de usar la biología sintética para el bioterrorismo, es la viruela. El virus de la viruela está actualmente extinguido, con la excepción de dos muestras que se conservan con medidas de máxima seguridad. Pero se podría fabricar por medio de la biología sintética.

Y ¿qué pasaría si ese virus fuera alterado de algún modo para aumentar de forma espectacular su mortalidad o su contagiosidad? Científicos australianos que trabajaban con el virus de la ectromelia o viruela del ratón (que guarda estrecha relación con la viruela) a fin de desarrollar un anticonceptivo para ratones, realizaron un cambio en el virus que, para su sorpresa, lo convirtió en mortal para todos los ratones infectados con él. Aseguraron que crear una vacuna que protegiera contra el virus alterado sería muy difícil.

Si esta investigación debería o no hacerse pública, fue objeto de intenso debate debido al temor de que fuera aprovechada con fines terroristas.

Peligros inéditos

Semejantes posibilidades han añadido un nuevo catálogo de voces a nuestro vocabulario: bioprotección, bioseguridad, biodefensa, guerra biológica y armas biológicas. Estas últimas incluyen la espantosa posibilidad de organismos que exclusivamente tendrían como objetivo y dañarían a ciertos grupos raciales o étnicos, dejando a otros indemnes.

También se han discutido otras posibilidades, como la de introducir genes inductores de una agresividad extrema, procedentes de animales, en embriones humanos para crear soldados que no conozcan el miedo.

Por tanto, si los científicos van a seguir adelante con la biología sintética, ¿qué tipo de supervisión y regulación hace falta? ¿Cómo podemos asegurarnos de que prevalezcan la sensatez y la responsabilidad?

También aquí hay un agudo desacuerdo. Los científicos y la industria quieren autorregulación y proponen normas para proteger la investigación y sus usos. Los grupos ecologistas y otros, preocupados por posibles usos dañinos de la nueva biología sintética, desean que se establezcan controles externos, pues la autorregulación equivale, según ellos, a poner a los zorros a guardar el gallinero. Este debate persiste a día de hoy.

La vida no es patentable

Por último, ¿qué decir sobre el intento de Venter de patentar los “productos” resultantes de la biología sintética? Dejando aparte las ventajas y desventajas de las patentes en general, en la medida en la que la biología sintética se convierta en una industria a gran escala y muy rentable, será mucho más difícil de controlar y limitar. No tenemos más que fijarnos en la “industria de la fertilidad” y en el inmenso crecimiento que ha experimentado en todo el mundo en los últimos cinco años (sólo en los Estados Unidos mueve cinco mil millones de dólares anuales), para encontrar un caso directamente análogo.

Tomando como ejemplo la actual investigación de Venter, la patente plantea, entre otras, la cuestión de si la reducción de los genes de un organismo hasta el mínimo necesario para la vida es un invento patentable. ¿Ha creado Venter una nueva forma de vida o no ha conseguido más que una bacteria de Mycoplasma dañada o degradada?

O ¿qué pasaría si hiciéramos, empezando desde abajo, una copia exacta de un ADN natural y ya existente? ¿Habríamos inventado ese ADN o sólo habríamos copiado el original? O ¿qué pasaría si partiésemos de moléculas químicas e hiciéramos un ADN que combinásemos para formar genes de modo que el resultado fuera un ser vivo nunca visto? Ésa es probablemente una “invención” -quizá una “creación”-, por más que nosotros no hayamos creado las moléculas inanimadas que forman el ADN. Pero, ¿deberían esos seres ser patentables? Eso depende de nuestra filosofía acerca de la naturaleza de la vida.

Administradores, no propietarios

Yo creo que nosotros no poseemos la vida; más bien, la vida nos posee. Eso significa que existen límites éticos a lo que podemos hacer para cambiar la vida, en especial, la vida humana, y que debemos mantener la vida en fideicomiso para las generaciones futuras, lo que también pone límites a lo que podemos hacer a la vida. Patentar formas de vida es incongruente con las profundas raíces filosóficas en las que se basa esa opinión.

Por ejemplo, las patentes se aplican a la propiedad, y a la posesión y el control de la misma. La vida no es una propiedad y no debe ser tratada como tal patentándola.

El respeto a la vida exige mantenerla fuera de toda actividad comercial. Patentar la vida la comercializa y, por tanto, contraviene el respeto que se le debe. Una vez sentado esto, las técnicas que puedan utilizarse para intervenir en la vida pueden patentarse, siempre que, naturalmente, las intervenciones así posibilitadas sean ellas mismas éticamente aceptables.

Cuestiones pendientes

En conclusión, la biología sintética nos enfrenta con tres grandes cuestiones éticas interrelacionadas que figurarán entre las más importantes que debemos tratar, no sólo en relación con la biología sintética sino también en general, en los próximos diez o veinte años:

— ¿Cómo podemos desarrollar una ética de la incertidumbre? Cometemos muchos errores éticos porque nos asusta la incertidumbre y tratamos de convertir la inevitable incertidumbre en certeza, en lugar de aplicar una sabia restricción ética ante la incertidumbre. Debemos aprender a enfrentarnos a la incertidumbre y a vivir más cómodamente con ella, si vamos a evitar tales errores. Y para lograrlo, necesitamos la ayuda de la ética.

— ¿Qué exige de nosotros una ética de la potencialidad? ¿Cuáles son nuestras obligaciones con respecto a las futuras generaciones, para las que debemos conservar la vida y nuestro mundo en fideicomiso? Al decidir lo que haremos y lo que dejaremos de hacer con la nueva tecnociencia, debemos preguntarnos: ¿puede el futuro confiar en nosotros?

— Finalmente, ¿qué exige de nosotros una ética de la complejidad? Nosotros somos los primeros seres humanos que disponemos de los extraordinarios poderes que la ciencia ha colocado en nuestra mano para cambiar la misma vida. Un gran poder viene acompañado de una gran responsabilidad. Cumplir con esa responsabilidad requerirá una ética de la sofisticación, la profundidad, la perspicacia, la creatividad, la imaginación y la complejidad igual a esas mismas características de la ciencia de la que se ocupa.

Juntas, estas tres preguntas éticas pueden ayudarnos a crear una ética total de la responsabilidad.

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Margaret Somerville es fundadora y directora del McGill Centre for Medicine, Ethics and Law (Montreal). Su último libro es The Ethical Imagination: Journeys of the Human Spirit (House of Anansi Press, 2006). La versión original de este artículo se publicó en MercatorNet (www.mercatornet.com).

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