Naturaleza igualitaria y reproducción discriminatoria

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Duración lectura: 4m. 46s.

Contrapunto

La reciente noticia en España de que una mujer de 60 años ha dado a luz un hijo, gracias a las técnicas de reproducción asistida, ha provocado la inevitable polémica. ¿Es admisible la utilización de estas técnicas para lograr la maternidad después de la menopausia?

En un debate sobre estas cuestiones (ABC, suplemento “Mujer Hoy”, 23-XI-2002), el mentor de la ley vigente de Reproducción Asistida, Marcelo Palacios, recuerda que la ley no pone límite de edad. Es una decisión de la mujer, con el asesoramiento de quienes van a llevar a cabo esas técnicas. “Si no, se establece un elemento de discriminación a través de las técnicas”, asegura Palacios. Discriminación, palabra mágica que parece cerrar todo debate.

Sin embargo, casi todas las leyes discriminan, es decir, establecen una serie de criterios y requisitos para determinar si uno puede acceder o no a una situación o a disfrutar de unos beneficios. Y la edad es uno de los criterios más utilizados. Todos tienen derecho a intentar ingresar en el Ejército, pero el que tenga más de 27 años está “discriminado”. Si se trata de ser candidato a un trasplante de corazón, sería inadmisible descartar a alguien por su raza o religión; pero un paciente de 40 años tendrá preferencia sobre otro de 75.

Además, en otros casos puede haber cierta arbitrariedad a la hora de fijar los límites de edad; pero en el caso de la maternidad es la propia naturaleza la que fija un techo a toda mujer, independientemente de sus ingresos o sus influencias.

El argumento de la discriminación reaparece a propósito de la mujer sola que quiere tener un hijo recurriendo a un banco de semen. Otra de las participantes en el debate, Amparo Villasante, ginecóloga del Instituto Valenciano de Fertilidad, defiende esta práctica: “¿Por qué a una madre que quizá va a criar a su hijo en un ambiente más adecuado que una familia con problemas le vas a prohibir ese derecho? Eso sería una discriminación”. La argumentación es típica de un endeble planteamiento intelectual. Se compara una ideal familia monoparental, donde el ambiente es por definición adecuado, con una familia con los dos padres, pero llena de problemas. Puestos a comparar, habría que tomar dos familias en similar situación.

Pero la sociología nos dice que es mucho más probable que haya problemas en una familia monoparental, a cargo de una mujer sola. De hecho, en los estudios sobre pobreza, fracaso escolar, adicciones, el haberse criado en un hogar monoparental suele ser un factor de riesgo. Y es que, aunque algunas creen que lo decisivo es querer mucho al niño, las circunstancias objetivas en que se educa no son despreciables.

La discriminación del hijo

Llama la atención que personas tan atentas a la discriminación de la mujer se muestren tan insensibles a la discriminación que sufre el hijo. ¿No es discriminatorio privarle intencionadamente de un padre, llamándole a la existencia como huérfano biológico? ¿No es una discriminación que, con el anonimato del donante de gametos, se prive al niño del derecho a conocer sus orígenes? Así lo hace notar en el debate María Dolores Vila-Coro, de la Comisión Nacional de Reproducción Asistida, que afirma: “En todas estas técnicas, el interés principal debe ser el del hijo, que tiene derecho a la vida, a su identidad, a nacer en el mejor ambiente posible”. Por eso, no le parece bien la maternidad en solitario o el anonimato del donante. “Un hijo tiene derecho a conocer sus raíces”. “No tiene lógica que para acceder a la reproducción asistida se exija como condición previa el anonimato del donante y, sin embargo, ahora se acaba de quitar la posibilidad de dar a luz a un niño para adopción de forma anónima. El argumento que se da, curiosamente, es el derecho del niño a conocer sus raíces”.

Pero a Amparo Villasante lo que le preocupa es que si no se garantiza el anonimato del donante, disminuirían las donaciones. “¿Qué son las raíces de una persona?”, se pregunta. “Desde luego, no 23 cromosomas”. Sí, las raíces son algo más complejo, pero todo empieza por los cromosomas. Esos 23 cromosomas pueden obligar a un hombre a responder de una paternidad no deseada, por mucho que quiera desarraigarse de ella. La búsqueda de quienes aportaron los cromosomas provoca la desazón vital de no pocos niños adoptados, que de mayores quieren descubrir sus orígenes biológicos. Y esos cromosomas originan unas inevitables raíces biológicas que van a interactuar con todo lo que el niño adquiera después por el ambiente y la educación. Como raíces, son bastante profundas.

Sin duda el debate sobre las madres-abuelas se clarificaría si se tuvieran en cuenta las dos acepciones que el diccionario de la Real Academia Española da al verbo “discriminar”. Una es “separar, distinguir, diferenciar una cosa de otra”. La otra, “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.”. Distinguir entre la mujer en edad de tener hijos y la que ha llegado a la menopausia es limitarse a reconocer lo que impone la naturaleza con el criterio más igualitario. Lo que puede introducir una discriminación es poner estas técnicas a disposición de madres-abuelas, que tienen suficiente dinero para embarcarse en la aventura.

Ignacio Aréchaga

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