Los árboles no dejan ver el “desierto verde”

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Duración lectura: 2m. 12s.

Contrapunto

Las alarmas ecologistas nos han acostumbrado a temer la progresiva reducción de los bosques en Europa. Las lluvias ácidas, las talas imprudentes, la progresiva desertización, los incendios… todo conspiraría contra la supervivencia de los bosques. Por eso es una sorpresa, al menos para el profano, enterarse de que en los últimos cuarenta años las superficies de bosque han crecido en Francia de 11,3 a 15 millones de hectáreas, de modo que actualmente ocupan más de la cuarta parte del territorio (cfr. Le Monde, 5-XII-96). En cuestión de bosques, Francia ha vuelto a la Edad Media.

Esta reconquista ecológica es fruto de la política de fomento llevada a cabo por la Oficina Nacional de Bosques. Sin embargo, el éxito cuantitativo tiene sus efectos perversos, hasta el punto de que el avance del bosque se presenta hoy como… una mala noticia. Cada vez más el crecimiento de los bosques se hace en detrimento de la actividad agrícola, de los campos y de las praderas, y señala un lento abandono del territorio por parte del hombre. La disminución de la actividad humana favorece la invasión de los árboles, que a su vez precipita el declive económico.

De modo que el drama de las poblaciones afectadas es hoy cómo hacer retroceder lo que llaman el “desierto verde”. Como la solución no puede venir de la extensión de la agricultura, se barajan ideas de proyectos turísticos y pueblos de vacaciones familiares para volver a ocupar el territorio y evitar esa desertización.

Quizá este fenómeno es bien conocido por los expertos en ordenación del territorio y en gestión forestal. Pero en la opinión pública predomina la visión simplista de que cuanto más bosque mejor, y que cuanto menos intervenga el hombre mejor evolucionará la sabia naturaleza.

En realidad, la naturaleza abandonada a sí misma puede ser autodestructiva. Y, sin el trabajo de nuestros antepasados, mucho de lo que hoy admiramos como “belleza natural” sería naturaleza salvaje, a la que ni tan siquiera podríamos acercarnos. Después de todo, el mayor impacto del hombre sobre la naturaleza ha sido la agricultura, que está en el origen de la civilización.

La tarea de conservación de la naturaleza, lejos de excluir la intervención humana, exige que el hombre asuma su responsabilidad. Un papel que no es el del explotador ávido e insensato, pero tampoco el del mero espectador reverente. Pues cuando el hombre deja de cuidar la naturaleza, acaba surgiendo el desierto, aunque sea verde.

Ignacio Aréchaga

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