Las cuentas del cambio climático

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Duración lectura: 6m. 59s.

Las advertencias contra el cambio climático suenan cada vez más apremiantes, y la campaña está adquiriendo tono de cruzada. Frente a la extendida tendencia a la hipérbole, el especialista danés Bjørn Lomborg propone mantener la cabeza fría, guardar el hacha y sacar la calculadora. En su reciente libro En frío1, el “ecologista escéptico”, como se lo conoce por el libro que le dio fama (ver Aceprensa 130/01), echa cuentas y concluye que Kioto es mala solución, porque cuesta demasiado para lo poco que conseguirá.

Lomborg no duda que el cambio climático sea real ni que se deba en buena parte a las emisiones de CO2 causadas por el uso de combustibles fósiles. Quiere que nos paremos a pensar cuáles son las mejores soluciones, calculando en cada caso los costes y los beneficios.

Con ese enfoque, Lomborg va contra la corriente dominante. “En la actualidad -escribe en el prefacio-, quien no apoye las soluciones más radicales al calentamiento de la Tierra es considerado un descastado irresponsable, quizá un maldito títere del lobby petrolero”.

Mesianismo climático

La razón de tal maximalismo es que se ha llegado a atribuir a la lucha contra el cambio climático la altura moral de las más nobles causas. Algunos la comparan con la campaña abolicionista, o con la resistencia a Hitler, como expresamente hizo Al Gore en su discurso el día que recibió el premio Nobel de la Paz. En consecuencia, el discrepante queda asimilado a los antiguos esclavistas, el poco entusiasta es un cobarde Chamberlain y poner reparos a Kioto viene a ser como firmar Múnich y consentir al Anschluss.

Una cita de Gore ilustra esta forma de ver el asunto: “La crisis climática nos ofrece la ocasión de experimentar lo que muy pocas generaciones a lo largo de la historia han tenido el privilegio de conocer: una misión generacional; la euforia de un apremiante empeño moral; una causa común y unificadora; la emoción de estar obligado por las circunstancias a olvidar la mezquindad y las rivalidades que tantas veces ahogan la incansable necesidad humana de trascendencia; la oportunidad de alzarse… Cuando nos alcemos, experimentaremos una epifanía al descubrir que esta crisis no tiene que ver nada en absoluto con la política: es una empresa moral y espiritual” (An Inconvenient Truth, p. 13).

“Amén”, dan ganas de decir. Pues en verdad la campaña contra el cambio climático está tomando tintes mesiánicos.

Contra calentamiento, desarrollo

Lo último abona una tesis en que insiste Lomborg: para mejorar la suerte de la humanidad necesitamos más recursos económicos; sería perjudicial combatir el cambio climático con medidas que frenaran el desarrollo.

Después de echar cuentas, Lomborg sostiene que el protocolo de Kioto no es buena solución. Si se cumpliera, en 2100 el nivel de los mares habría crecido tan solo 2 cm menos y la temperatura media habría subido 2,42 grados en vez de 2,6. Y tan modesto provecho se habría obtenido a un coste altísimo. Kioto, entonces, dejaría a la humanidad con menos posibilidades de defenderse contra las consecuencias negativas del cambio climático y las demás miserias de la vida.

Los más perjudicados serían, naturalmente, los países más pobres. Como observa Lomborg, una determinada subida del PIB, que para los habitantes de una nación industrializada significa solo un aumento marginal de la riqueza, para los de un país en desarrollo puede ser una mejora crucial en alimentación, saneamiento, atención médica, escolarización de niños… y otros bienes básicos que los ricos dan por supuestos.

Los beneficios de Kioto estarían también mal repartidos, porque serían muy diferidos. Cuando los problemas que causará el calentamiento de la Tierra se noten de verdad, en torno a 2100, la población mundial tendrá más recursos que ahora. Se suele decir que los países desarrollados están especialmente obligados a reducir sus emisiones de carbono porque las consecuencias de su actual derroche serán peores para los países pobres, que en cambio hoy no disfrutan de esa abundancia. Pero, observa Lomborg, de esa manera “intentamos ayudar a generaciones de un futuro lejano, que serán mucho más ricas”, mientras hacemos poco por los pobres de hoy.

Antes Doha que Kioto

De ahí las conclusiones del llamado Consenso de Copenhague, los estudios promovidos por Lomborg sobre las prioridades de la ayuda al desarrollo. Se pidió a sendas comisiones de economistas -entre ellos cuatro premios Nobel- y de embajadores ante la ONU que hicieran una lista de las principales necesidades de la humanidad y pensaran en qué orden habría que acometerlas, según su urgencia y las posibilidades reales de aliviarlas. Ambos grupos llegaron a resultados muy parecidos.

En cabeza de las listas figuran las acciones de “mayor rendimiento”: aquellas que hacen más por remediar una necesidad muy grave con menor costo relativo. Según estos criterios, la prioridad número 1 es la lucha contra las enfermedades infecciosas que más matan, empezando por el sida y la malaria. Por ejemplo, con los medios actualmente disponibles se podría bajar a la mitad la tasa de infecciones de malaria y reducir un 72% la mortalidad en niños menores de 5 años, a un coste de 13.000 millones de dólares.

En segundo lugar, la malnutrición, que contribuye a más de 2 millones de muertes al año y deja secuelas en muchas más personas, se podría también reducir a la mitad con 12.000 millones de dólares bien gastados. La otra prioridad alta es eliminar los subsidios agrícolas de los países ricos, lo cual reportaría un beneficio de unos 2,4 billones de dólares anuales, la mitad para el mundo en desarrollo: mucho más que el coste de las subvenciones.

En la cola de ambas listas aparecen las medidas contra el cambio climático: establecer un impuesto elevado sobre las emisiones de carbono (25 dólares o más por tonelada) y cumplir el protocolo de Kioto. En este caso, el rendimiento es negativo, según los modelos manejados por el Consenso: mientras en las prioridades más altas se obtiene de 10 a 40 dólares de beneficios sociales por cada dólar invertido, la reducción de emisiones costaría 180.000 millones anuales y retornaría 52.000 millones.

Que otros problemas tengan prioridad no significa, para Lomborg, que no haya que hacer nada con el cambio climático, sino que debemos buscar la intervención justa: más vale una medida modesta, pero eficiente, que otra ambiciosa y de rendimiento negativo, como el protocolo de Kioto.

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(1) Bjørn Lomborg. En frío. Guía del ecologista escéptico para el cambio climático. Espasa. Madrid (2008). 252 págs. 19,90 . T.o.: Cool It. The Skeptical Environmentalist’s Guide to Global Warming. Traducción: Jesús Fabregat.


Qué se puede hacer

Lomborg propone dos soluciones en lugar de Kioto. La primera es gravar el carbono con un impuesto moderado, específicamente dirigido a compensar el perjuicio que causan las emisiones. Tras revisar las distintas estimaciones de este daño, Lomborg concluye que el impuesto debería estar entre 2 y 14 dólares por tonelada (mucho menos que los 85 dólares que dice el informe Sterns). Si se sube poco a poco desde el mínimo hasta el tope durante el siglo, se puede esperar que las emisiones bajarían un 5% al principio y hasta un 10% en 2100. Si así sucediera, resultaría mejor que Kioto, que prevé una reducción del 0,4% en 2010.

La segunda idea es aumentar las inversiones en investigación y desarrollo de energías renovables y eficiencia energética, que están en su nivel más bajo de los últimos 25 años. Lo mejor, dice Lomborg, sería que todos los países se comprometieran a gastar una parte fija del PIB, el 0,05%, y así el Primer Mundo cargaría con la mayor parte del coste. Nuevas formas, aún no inventadas, de producir energía con menos emisiones de CO2 y a costo competitivo reportarían beneficios imposibles de calcular. En todo caso, el gasto que propone Lomborg sumaría actualmente unos 25.000 millones de dólares anuales, mucho menos que Kioto.