Las ballenas, animales sagrados

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Duración lectura: 3m. 8s.

Contrapunto

El respeto a la diversidad cultural es uno de los rasgos dominantes de nuestra época. Dejando atrás el denostado “eurocentrismo”, triunfa la idea de que ninguna cultura es superior a otras, sino sencillamente diferente. Pero de vez en cuando esta apertura mental se pone a prueba, y surge la sospecha de si no habremos sustituido viejos prejuicios por otros. Así ha ocurrido en el conflicto sobre la caza de la ballena, cuestión debatida en la reunión de la Comisión Ballenera Internacional (CBI) en Kioto.

Desde 1986 está en vigor una moratoria en la caza de las ballenas, ya que la caza salvaje había puesto en peligro de extinción a casi todas las especies. Con la veda de estos años el número de ballenas ha aumentado. Y los países balleneros (como Japón y Noruega) alegan que ya no hay motivo que impida la caza de ballenas rninky, especie que no está en absoluto amenazada.

Pero hoy la mayoría de los países de la CBI han hecho suya la causa proteccionista y se resisten a reanudar la caza. Si antes el motivo era el peligro de extinción, hoy insisten en la “crueldad” que supone la caza de ballenas. Esta “sensiblería” irrita a los países balleneros, que denuncian que la CBI ha cambiado su finalidad: en vez de gestionar la población de ballenas para una caza controlada se ha convertido en una sociedad protectora de cetáceos. El propio secretario general de la CBI, el británico Roy Gambell, reconoce el cambio cultural: “Las ballenas han ganado elfavor de la gente y simbolizan la necesidad de conservar la naturale a”.

En cambio, los países balleneros quieren conservar una actividad secular y una tradición gastronómica. Pues la principal diferencia entre los países partidarios y adversarios de la caza es que en unos se aprecia la carne de ballena y en los otros no. Noruega, país tan preocupado por el medio ambiente como el que más, sirve carne de ballena en sus restaurantes. En Japón se come mucha menos carne que en Occidente, pero la carne de ballena se considera un plato exquisito.

Los arponeros y los chefs japoneses que se manifestaban durante la conferencia alegaban la defensa de su identidad cultural. “Negar nuestros hábitos culinarios es negar la esencia de nuestra propia cultura”, afirmaba indignado un cocinero japonés. Con la diversidad cultural hemos topado.

Francia ha propuesto la creación de un santuario en el hemisferio sur, donde las ballenas estarían protegidas. Idea que da a entender que la ballena se ha convertido en animal sagrado para los conservacionistas.

Como según los patrones del relativismo cultural el conflicto es insoluble, los países occidentales adversarios de la caza alegan razones supuestamente “objetivas”, que deberían tener validez universal. En este caso, la conservación de las especies, aunque los números no justifiquen hoy la veda de antaño.

Pero este recurso de elevar las opiniones particulares al rango de normas universales se usa también en otros casos. Si se trata de imponer el control de natalidad en África, se olvida que una familia numerosa es un signo de orgullo -y a veces una necesidad- en la cultura africana, y se presenta el prejuicio antinatalista como una exigencia de la modernización. El uso del velo islámico por parte de alumnas musulmanas en una escuela francesa se convierte en un atentado al dogma de la laicidad. Miramos por encima del hombro a esos hindúes muertos de hambre que respetan a las vacas como animales sagrados. Pero, mientras nos comemos un bistec, hacemos de las ballenas nuestros peculiares animales sagrados.

Ignacio Aréchaga

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