La libertad de no abortar

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Duración lectura: 2m. 21s.

Contrapunto

Nos ha conmovido el heroísmo de Carla Levati, italiana de 28 años, que ha muerto por salvar al hijo que llevaba en sus entrañas. Tenía cáncer de útero y estaba embarazada; cualquier intervención quirúrgica que la hubiera permitido vivir, habría supuesto el aborto del niño. Ella prefirió, con plena conciencia, la vida de la criatura a la suya. Su caso recuerda el de Gianna Beretta, fallecida hace treinta años en circunstancias semejantes y por el mismo motivo. La hija que Gianna salvó con su sacrificio podrá presenciar dentro de pocos meses la beatificación de su madre. El pequeño de Carla, prematuro, respira en la incubadora.

En medio del respeto y la admiración generales por estas mujeres, se ha oído también alguna voz aislada de crítica rastrera. En un periódico se ha podido leer: “Medios laicos destacan que la muerte de Carla es consecuencia de una pastoral católica que está a punto de elevar a los altares a Giovanna Beretta Molla, fallecida (…) por dar a luz una hija”.

Pretenden hacernos creer que Carla estaba sugestionada, fanatizada por la “pastoral católica”. Y a las mujeres que no tienen cáncer, pero abortan, ¿quién les ha lavado el cerebro? Algunos admiten como del todo lógico abortar por motivos incluso triviales, pero no pueden explicarse, sin suponer supersticiosamente el efecto de una fascinación, que una madre sacrifique su propia vida con tal de que no se pierda la de su hijo.

No pueden… o no quieren. Intentan convencernos de que la generosidad es imposible, de que en este mundo no cabe el heroísmo entre personas normales. Si alguien desmiente esta tesis con su conducta, aún se buscará una coartada del egoísmo interpretando la acción como fruto de una propaganda.

Carla no dio su vida por fanatismo, sino por su hijo, en muestra de extrema libertad. En su diario anotaba: “Un día más para mi hijo, un día menos para mí”. Ocurre, sin embargo, que hoy se suele hablar sólo de una libertad unilateral: para elegir el propio provecho. Libertad para disfrutar dos sueldos sin el condicionamiento de unos hijos; para desprenderse del niño ya concebido, o producir uno en el laboratorio, y del sexo preferido. Carla tenía un chico y aspiraba a una hija: quería llamarla Sara. Cuando supo que estaba gestando otro varón, comentó: “Pues bienvenido sea”.

Carla -al igual que antes Gianna- ha demostrado que tenía la libertad suprema: la que se ejerce a expensas propias. Esa libertad máxima que consiste en el poder de entregarse enteramente en favor de los otros. Esa libertad que algunos desearían que nadie tuviera, porque ellos no la quieren emplear.

Rafael Serrano

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