La criba y la lotería genética

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Duración lectura: 4m. 46s.

Contrapunto

La mentalidad del hijo a la carta está llevando a que algunos padres seleccionen embriones con menos riesgo de enfermar. Al principio, la fecundación “in vitro”, con diagnóstico preimplantacional (DPI), se justificó para evitar el riesgo de transmitir graves enfermedades genéticas incurables. Se trataba de detectar los embriones que llevan el gen defectuoso que provocaría la enfermedad. Ahora un creciente número de parejas están recurriendo a la misma criba de embriones para detectar una “predisposición” a cánceres (de mama, de colon, de ovarios…), cuando hay precedentes de familiares que murieron por cánceres de este tipo.

Estos cánceres “hereditarios” no son un destino inevitable. El DPI puede indicar una predisposición a cierto tipo de cáncer, pero no asegura que vaya a desarrollarse o no, y a menudo son enfermedades tratables. El coste del diagnóstico no está al alcance de todos los bolsillos: en EE.UU. se factura en torno a los 25.000 dólares. Por eso algunos comienzan a criticar una división genética de clases: los ricos que pueden prevenirse contra sus genes defectuosos y las poblaciones pobres que siguen sometidas a la tradicional lotería genética.

En estos casos, el afán de seguridad va unido a una especie de superstición “científica” según la cual nuestro destino está escrito en los genes. Dos recientes artículos publicados en el “New York Times” mostraban las dos caras del asunto: uno (3-09-2006) hablaba de una pareja, los Kingsbury, que había recurrido al DPI para evitar que sus hijos padecieran cáncer de colon, del que habían muerto ya el abuelo, la madre y dos tíos abuelos del padre. El otro (31-08-2006) contaba el distinto modo de envejecer de dos gemelas idénticas.

Según las leyes de la genética, cualquier niño concebido de forma natural por los Kingsbury tendría una probabilidad entre tres de heredar el gen defectuoso que provocaría el cáncer de colon. Y los que desarrollaran el cáncer tendrían un 90% de probabilidad de superarlo, si se detectaba a tiempo.

Los Kingsbury prefirieron no arriesgar nada. La fecundación “in vitro” permitió crear 14 embriones, de los cuales 4 fueron descartados por tener el gen defectuoso. De paso, a los sanos se les hizo también la prueba del síndrome de Down, aunque encareciera la factura. El esfuerzo eugenésico dio su fruto y hoy tienen una hermosa niña de dos años con genes de primera.

Los defensores de estas prácticas aseguran que se trata de evitar enfermedades mortales, no de crear “bebés de diseño” a capricho de los padres. Pero, como se ha comprobado en el caso del aborto, la intolerancia hacia la enfermedad y la discapacidad crece a medida que las técnicas de criba mejoran.

El otro artículo menciona el caso de dos gemelas idénticas de 92 años, con los mismos genes, criadas en la misma familia y que han vivido siempre en el mismo lugar. Ambas han llegado a viejas, pero de muy distinta manera. Josephine Tesauro goza de una salud espléndida, vive sola, trabaja a tiempo parcial en una tienda de regalos y conduce su coche para ir a las partidas de bridge, a la iglesia y a hacer la compra.

En cambio, su hermana Una lleva una prótesis de cadera, sufre una enfermedad degenerativa que la está dejando ciega, padece incontinencia y demencia senil.

La autora del artículo, Gina Kolata, utiliza este caso para ilustrar lo poco que se sabe sobre las causas de la longevidad y sobre la predisposición a las enfermedades. A fin de cuentas, los genes no serían tan importantes para determinar cuánto se vivirá y si una persona sufrirá ciertas enfermedades. Pregunta a James W. Vaupel, director del Laboratorio de Supervivencia y Longevidad del Instituto Max Planck (Rostock, Alemania), quien asegura que si la altura de los padres explica entre el 80% y el 90% de la altura de una persona media, la longevidad de los padres solo explica el 3% de lo que vivirá su hijo. Incluso los gemelos idénticos mueren, como media, con diez años de diferencia.

“Algunas enfermedades -añade Kolata-, como una aparición temprana del alzheimer o una cardiopatía, están más relacionadas con el historial familiar que otras, como la mayoría de los cánceres y el parkinson. Pero (…) de hecho, la mayoría no padece la afección a la que está predispuesta. E incluso sufrir la enfermedad no implica que la persona vaya a morir de ella”.

Se pueden hacer generalizaciones válidas, como que un obeso fumador corre más riesgo que un delgado que no fuma. Pero, a nivel individual, no hay nada seguro. “Se nos da bastante bien predecir en el ámbito del grupo”, reconoce Kaare Christensen, epidemiólogo de la Universidad del Sur de Dinamarca. “Pero somos muy malos a nivel individual”. Lástima, porque, si uno no es epidemiólogo, lo que le interesa es lo que le va a pasar a él.

Lo que está claro es que la longevidad viene determinada por una mezcla de factores tan compleja que fijarse solo en la herencia genética es muy engañoso. Siempre puede haber una mutación aleatoria de un gen, un accidente, un tipo de nutrición, un estilo de vida, y el mero azar que eche por tierra lo que cabría esperar de la dotación genética.

Quizá es este el gravamen que la naturaleza impone sobre la herencia genética, para redistribuir las cartas en cada generación.

Juan Domínguez