Imitar a la naturaleza no es suficiente

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Duración lectura: 6m. 12s.

Un grupo de investigadores europeos entre los que se encuentran científicos del IVI de Valencia ha creado un método para que el óvulo fecundado in vitro se desarrolle desde las primeras fases de la división celular dentro del útero de la madre.

El objetivo es imitar las condiciones naturales del crecimiento del embrión desde su fase más temprana y reducir de este modo la relevante tasa de anomalías cromosómicas que se produce por una inadecuada maduración en el cultivo de probeta.

Para ello, han diseñado una microcápsula de silicona de menos de medio milímetro de diámetro y un centímetro de largo que se introduce en el útero. En su interior se encuentran entre tres y ocho óvulos recién fecundados. Sus paredes tienen unos agujeros minúsculos que permiten que los fluidos del endometrio los alimenten para que se produzca la división celular. Transcurridos entre tres y cinco días, el dispositivo se retira y se seleccionan los embriones que mejor se han desarrollado para transferirlos definitivamente al útero.

El estudio piloto, en fase experimental, “ha dado a luz” por ahora dos bebés en Europa, sin comprometer la salud de la madre ni generar anormalidades genéticas en el embrión, según aseguran los científicos.

Tal como ha sido publicada en algunos medios, la noticia parece alentadora por lo que supone de reconocimiento de las deficiencias de la fecundación in vitro (FIV) y porque significa un regreso al medio natural, aunque sea parcialmente: “La reproducción in vitro sale de la probeta y vuelve al útero”, encabezaba hace unos días la noticia de El País.

Forzar la capacidad fecundante

Sin embargo, el titular de la información es engañoso y el contenido no resuelve los dilemas éticos fundamentales. La unión de óvulo y espermatozoide continúa efectuándose en el laboratorio, forzando en muchas ocasiones la capacidad fecundante de uno o dos de los gametos a través de procesos de hiperestimulación ovárica.

Según señala la doctora Natalia López Moratalla en su estudio “Objeción de ciencia a Técnicas de Reproducción Asistida”, publicado este año por el Colegio de Médicos de Valladolid, “la hiperestimulación ovárica deja los óvulos inmaduros, con defecto de su diferenciación; la transferencia de varios embriones para facilitar la anidación conlleva con frecuencia embarazos múltiples, que suponen el nacimiento de gemelos o trillizos de bajo peso.

”Por otra parte, la infertilidad tiene como causa principal el factor masculino; y de ella sólo el 1% es por fallo endocrino. El resto se debe a alteraciones genéticas, especialmente del cromosoma Y que pasa a los hijos varones, y que se acompaña de errores epigenéticos en el desarrollo embrionario.

”El requerimiento de estimulación ovárica, con sus posibles alteraciones de la impronta parental, y las alteraciones de los espermatozoides potencian una combinación del genotipo parental deficiente para el complejo desarrollo embrionario del embrión generado. Los espermatozoides no requieren poseer capacidad fecundante ya que al ser introducidos directamente al óvulo lo fecundan aun cuando su estado sea deficiente”.

Además, si bien es cierto que la transferencia al útero se produce tempranamente, por razones anatómicas no se puede realizar en las trompas de Falopio. “La falta de comunicación del embrión en los primeros días de vida en que de forma natural recorre las trompas de Falopio en su camino al útero dificulta enormemente la anidación correcta”, afirma la doctora López Moratalla, de la Universidad de Navarra.

Tampoco se solventa el problema de identidad que supondrá para el hijo el desconocimiento, en casos de donación de terceros, del origen de los gametos que le han dado vida. Y lo que es más grave, se continúan generando varios embriones, lo que obliga a la posterior selección de los más perfectos destruyendo los más débiles o enfermos.

Por otra parte, según se desprende de la noticia, a las razones científicas y emocionales que recomiendan la transferencia temprana al seno materno se unen otras económicas como la disminución de costes de personal y de medios de cultivo e incubadoras.

Producción de embriones

La comunidad de neonatólogos y pediatras alza cada vez más su voz de alarma por el incremento de enfermedades que sufren muchos niños in vitro, sobre todo desde finales de los años noventa y hasta 2003-2005, cuando más constancia hay de la utilización de técnicas que fuerzan la madurez e idoneidad de los gametos, algo que va contra la recomendación internacional de reducir la estimulación ovárica, perjudicial para la madre y causa principal de malformaciones.

Esa alarma, afirma la doctora López Moratalla, “conlleva el deber de un examen riguroso de las consecuencias de la aplicación de las técnicas de reproducción asistida. Los datos, abundantes aunque aún cuantitativamente imprecisos, de los riesgos suponen una seria objeción de ciencia a la manipulación de la transmisión de la vida, y no pueden seguir siendo ignorados o diluidos”.

Para la doctora, “en la medicina de la fecundidad los pacientes son el hombre y/o la mujer que quieren hacerse mutuamente padres. Pero tratándose de la transmisión de la vida, el hijo es otra persona que, sea como fuere la forma y el modo con que llega a la vida, es un ser humano con el carácter personal propio y específico de todos y cada uno de los hombres. Los actos médicos que curan la infertilidad no acaban en los padres ya que el éxito de la actuación médica está en que ellos puedan engendrar un hijo. El tratamiento en sí de la infertilidad ha de mirar a que las intervenciones no causen riesgo a la salud del hijo”.

Natalia López Moratalla va más allá: “La aplicación de las técnicas de reproducción asistida no es en sí un acto médico. El sujeto humano sobre el que ‘actúan’ es justamente el embrión que producen desde gametos humanos. El equipo (biólogos, embriólogos, médicos, ginecólogos y técnicos de laboratorio) son productores de embriones para dar respuesta técnica al deseo de un hijo. Con la lógica de la producción, los embriones se generan en exceso para poder seleccionar, se experimenta en ellos para probar su cultivo, anidación, etc. No importa cuántos quedan en el camino sino cuántas mujeres o parejas consiguen el embarazo, o el hijo nacido. Se cumple así la regla de que lo producido se presenta como destruible”.

En definitiva, valdría más la pena dedicar estos esfuerzos a diagnosticar las causas de esterilidad, y evitar forzar la unión de gametos que no han adquirido una adecuada capacidad fecundante. La noticia es, pues, esperanzadora, pero quizá no pase de un intento de salvar ciertos problemas técnicos no resueltos por la FIV en estos treinta y dos años.

Al final, como recoge el diario El País, “pese a los esfuerzos por reproducir en el laboratorio las condiciones biológicas del embarazo, el seno materno continúa siendo un entorno único”. Desde el principio.