Eutanasia, último acto

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Holanda legaliza lo que comenzó como práctica tolerada
Holanda se ha convertido en el único país del mundo que legaliza la eutanasia en determinados supuestos, según un proyecto de ley aprobado en la Cámara Baja del Parlamento por 104 votos contra 40. Adquiere así carta legal lo que empezó hace 25 años como una práctica tolerada, y fue ampliándose con jurisprudencia y excepciones legales cada vez más amplias.

La reforma legal, impulsada por el gobierno de coalición de socialistas, liberales y un partido de izquierdas, triunfó con los votos en contra de democristianos y tres pequeños partidos protestantes. Aún debe cubrir la formalidad de ser aprobada por el Senado, donde el debate tendrá lugar a principios de 2001.

Según la nueva ley, la eutanasia no será delito si el médico la practica respetando los siguientes requisitos: que la situación del paciente sea irreversible y el sufrimiento insoportable; que el médico esté seguro de que nadie coacciona al paciente y que su petición de morir haya sido expresada más de una vez; que el médico pida la opinión de otro colega, que deberá haber visto al paciente. El médico hará constar en el acta de defunción que la muerte se ha producido por causas no naturales y rellenará un impreso relativo a la aplicación de la eutanasia.

Hay que observar que la ley no dice que deba tratarse de un enfermo terminal, y que el sufrimiento “insoportable” puede ser también psíquico, según jurisprudencia del Tribunal Supremo.

Casi todos estos requisitos estaban ya previstos en la legislación de 1993, que, aunque en teoría seguía manteniendo la eutanasia como delito, la exculpaba en esas situaciones.

La nueva ley va más lejos al permitir que los menores de 12 a 16 años puedan elegir la eutanasia, con el permiso de sus padres; los de 16 y 17 años pueden solicitarla, aun sin el acuerdo de los padres, si bien estos tendrán que haber tomado parte en el proceso de decisión.

Menos control judicial

El principal cambio es que ahora la eutanasia se aplicará con menos control judicial. Antes, el médico que aplicaba la eutanasia debía rellenar un informe que se remitía al ministerio fiscal, que comprobaba si se habían cumplido los requisitos. Esta amenaza teórica de incurrir en responsabilidad hacía que, de hecho, muchos casos de eutanasia no se declarasen como tales. Todavía hoy se estima que las actas de defunción no recogen la realidad, al menos en la cuarta parte de los casos.

Ahora, la notificación de la eutanasia no se hará directamente al ministerio fiscal, sino a una comisión regional (hay cinco en el país) formada por un jurista, un médico y un experto en ética, quienes juzgarán si el médico ha actuado conforme a la ley. Solo si creen que no la ha respetado, pasarán el caso al fiscal.

En teoría, la eutanasia y la ayuda al suicidio siguen figurando como delito en el Código Penal, de modo que el médico podría ser condenado hasta a 12 años de cárcel, si no realiza la eutanasia de acuerdo con los requisitos legales. En la práctica, ya antes tenía poco que temer: entre 1991 y 1996 fueron procesados 13 médicos, 3 fueron declarados culpables sin sanción y 3 con condena suspendida.

Eutanasia sin petición del enfermo

Según un informe encargado por el gobierno en 1996 para evaluar la aplicación de la eutanasia, y que se basó en entrevistas con médicos y en los datos del procedimiento de notificación, en 1995 hubo 3.120 casos de eutanasia, 540 de cooperación al suicidio (el médico proporcionó los medios para acabar con la vida) y en 1.000 casos la eutanasia se realizó sin consentimiento explícito del enfermo. En conjunto, las muertes por eutanasia suponían en torno al 3,4% del total de fallecimientos. Las peticiones explícitas de eutanasia habían crecido un 9% desde 1990 (cfr. servicio 171/96). En 1999, los datos oficiales señalan 2.216 casos de eutanasia, aunque la cifra real podría estar en torno a 4.000.

La aplicación de la eutanasia sin consentimiento explícito del enfermo muestra que el requisito de la petición reiterada puede ser papel mojado. De hecho, en la práctica hay no pocos casos en que el enfermo no está en condiciones de manifestar su voluntad (por estar en coma, por demencia senil…) ni tampoco la ha declarado antes, con lo que todo queda entre parientes y médico.

También por sufrimiento psíquico

Aun antes de la última modificación legal, la jurisprudencia había ido ampliando los criterios para admitir la eutanasia. En varios casos que han saltado a la opinión pública, los médicos, a petición de los padres, han puesto fin a la vida de bebés nacidos con minusvalías más o menos graves (por ejemplo, espina bífida). En 1994, el Tribunal Supremo no puso ninguna pena al psiquiatra Chabot, quien facilitó el suicidio a una mujer de 50 años que deseaba morir para librarse de su sufrimiento psíquico (había perdido a sus dos hijos y acababa de divorciarse); el Tribunal dictaminó que el sufrimiento del enfermo podría ser también psíquico, aunque no estuviera aquejado de una enfermedad incurable en fase terminal.

En 1995 se admitió que la eutanasia podría aplicarse a enfermos incurables que no estén al final de su vida, con tal de que su sufrimiento (físico o psíquico) fuera insoportable. Poco antes de aprobarse la nueva ley, un tribunal de Haarlem ha absuelto al médico que había ayudado a suicidarse al ex senador Edward Brongersma, que a sus 87 años estaba cansado de vivir. La ministra de Sanidad dice que esto no entra en la nueva ley, aunque “quizá un día habrá que abrir el debate”.

La despenalización de la eutanasia se ha ido imponiendo en Holanda sin un verdadero debate social. Pero siempre ha habido voces en contra. La Conferencia Episcopal católica ha afirmado repetidamente que la eutanasia va en contra del derecho inviolable a la vida. También el portavoz de la agrupación de Iglesias protestantes, B. Plaisier, manifiesta su preocupación por las consecuencias de la nueva ley, con la que “se han traspasado límites que no deberían haber sido franqueados”.

Entre los críticos de la nueva ley existe la impresión -como manifestó en el debate el parlamentario Rouvoet- de que “las actuales garantías que pretenden limitar la aplicación de la eutanasia acabarán por desvanecerse, para dar paso a una decisión absoluta sobre la propia vida”.

Descuidada la Medicina paliativa

La admisión social y médica de la eutanasia ha llevado a que en Holanda esté poco desarrollada la Medicina paliativa. Solo en 1998 el gobierno empezó a presupuestar el equivalente de 140 millones de pesetas para el desarrollo de cuidados paliativos que ofrecieran alternativas a la demanda de eutanasia. Diversas instituciones pro-vida forman voluntarios para esta labor de atención a enfermos terminales (cfr. servicio 88/98).

P. Hildering y S. Mathijsen, de la asociación de médicos pro-vida holandeses, argumentan contra la idea de que la eutanasia sea un acto de compasión: “Compasión es intensificar los cuidados paliativos para que desaparezca la demanda de eutanasia, y no poner a enfermos en fase terminal ante la ansiedad de si pueden permitirse el lujo de pedir que se les cuide”.

El Consejo de Europa, en contra

Garantizar el acceso de los enfermos terminales a los cuidados paliativos es lo que pedía la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa en su Recomendación 1.418, aprobada el 25 de junio de 1999. La Asamblea, formada por diputados de los parlamentos nacionales de los 41 países del Consejo de Europa, recuerda que la eutanasia, aun voluntaria, contraviene el artículo 2 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que afirma que “la muerte no puede ser infligida intencionadamente a nadie”. Por tanto, los diputados exhortaban a los gobiernos a mantener “la prohibición absoluta de poner fin intencionadamente a la vida de los enfermos incurables y de los moribundos”

_________________________Con informaciones de Carmen Montón desde Amsterdam.¿Qué opinan los médicos y los pacientes terminales?

Da la sensación de que el apoyo a la eutanasia es alto, pues se defiende con frecuencia en la arena de los medios de comunicación (encuestas sobre la eutanasia en teoría, opiniones de expertos en disciplinas que tienen poco que ver con la Medicina, como el Derecho Penal o la Filosofía del Derecho). Sin embargo, a la hora de la verdad, las partes implicadas, médicos y pacientes, rechazan mayoritariamente la eutanasia como solución. Un rechazo que es más alto cuanto mejor es la formación de los médicos en cuidados paliativos.

La opinión de los pacientes

El Departamento de Bioética del Centro Clínico Warren G. Magnuson ha realizado un estudio, publicado en el Journal of the American Medical Association, para detectar la actitud hacia la eutanasia entre pacientes terminales y sus familiares, y en qué medida su opinión se mantiene en el tiempo.

El estudio se realizó entre marzo de 1996 y julio de 1997 en seis áreas sanitarias escogidas al azar. La primera entrevista se realizó a 988 pacientes y 893 familiares. Entre dos y seis meses después se realizó una segunda entrevista a 650 pacientes y a 256 familiares de los que habían fallecido en ese intervalo.

El 60,2% de los pacientes terminales apoyaba la eutanasia en teoría, pero solo el 10,6% la consideraban una solución para sí mismos; el 5,6% (14 pacientes) lo habían comentado con sus médicos y el 2,5% (6 pacientes) habían acumulado fármacos para el caso. Después, la mitad de los pacientes que habían considerado la eutanasia como la única solución cambiaron de opinión. Al final, solo un paciente murió a través de eutanasia y otro intentó, sin éxito, suicidarse.

Los autores concluyen que “para el 90% de los pacientes terminales, la eutanasia no es un problema importante al final de sus vidas”.

Oncólogos estadounidenses

Un mayor conocimiento de los cuidados paliativos en la atención de los enfermos terminales ha hecho que disminuya sensiblemente el apoyo a la eutanasia y al suicidio asistido entre los oncólogos de Estados Unidos. Así lo revela la más amplia encuesta realizada en 1998 entre los miembros de la Sociedad Norteamericana de Oncología Clínica, a la que respondieron 3.299 médicos (cfr. servicio 144/00).

Según los datos de la encuesta, los partidarios del suicidio asistido en el caso prototípico de un enfermo terminal con dolor irremisible han bajado de un 45,5% en 1994 a un 22,5% en 1998. En el caso de la eutanasia, los partidarios bajan del 22,7% en 1994 al 6,5% en 1998.

Los médicos que declaran haber recibido una mejor preparación en cuidados terminales muestran menos inclinación a la práctica de la eutanasia. Se sienten más capaces de prodigar óptimos cuidados paliativos y no se plantean -o se lo plantean en menor medida- el recurso a la eutanasia.

A finales de 1999, la American Medical Association (AMA), equivalente estadounidense del Colegio de Médicos, decidió apoyar en el Congreso una ley que prohibiría la cooperación al suicidio en todo el país (cfr. servicio 181/99). La ley regula la administración de cuidados paliativos a los enfermos terminales y prohíbe utilizar fármacos letales para procurar la muerte. En la actualidad, cada Estado tiene potestad para legislar en este tema. La eutanasia está admitida en Oregón desde 1997; en cambio, ha sido rechazada por referéndum en Maine, en una de las consultas realizadas con motivo de las recientes elecciones presidenciales.

Francia: los expertos en cuidados paliativos

En Francia, el Comité Nacional de Ética, órgano asesor del gobierno, publicó el pasado 3 de marzo un informe en que recomendaba admitir la eutanasia en casos excepcionales para evitar las prácticas clandestinas, a pesar de que en 1991 se opuso rotundamente a legalizar cualquier forma de eutanasia (cfr. servicios 38/00 y 70/00).

La decisión recibió numerosas críticas. El médico Bernard Debré, ex ministro y ex miembro del Comité Nacional de Ética, señaló que los partidarios de la eutanasia emplean argumentos emotivos. La presentan como solución al sufrimiento de los enfermos gravemente deteriorados. Debré reconocía que las respuestas a las cuestiones que plantea el sufrimiento de esas personas son difíciles. “Pero dar la muerte no es la buena respuesta”. Si el problema es el dolor, proseguía Debré, la medicina cuenta hoy con medios para controlarlo.

Gilbert Desfosses, presidente de la Sociedad Francesa de Acompañamiento y Cuidados Paliativos, que reúne a las asociaciones de voluntarios y profesionales en este campo, también deploró el dictamen del Comité. El doctor dijo que “si se abriera esta brecha, no dejaría de ampliarse y haría insostenible el compromiso de profesionales y voluntarios, que se funda en el pacto de que en los cuidados está prohibido matar”.

El legalismo de la eutanasia

Una de las supersticiones modernas es creer que basta hacer una ley para zanjar un problema. También la legalización de la eutanasia -“con los más estrictos controles”, por supuesto- se presenta como si fuera la receta mágica para solucionar el fin de la vida en una sociedad moderna y envejecida. Quizá quien está acostumbrado a echar mano de las pastillas para problemas que requerirían la forja del carácter, tiende también a pensar que la “muerte digna” tiene que ver con inyecciones y sustancias letales.

Pero afrontar el cuidado de los enfermos terminales de acuerdo con la dignidad humana es un problema complejo. Exige competencia técnica y capacidad de comunicación por parte del médico; cariño y espíritu de sacrificio por parte de parientes y amigos; aceptar y encontrar sentido a la propia muerte por parte del enfermo. Nada de esto es fácil. Nada de esto es lineal. Nada de esto se arregla con una ley.

El entorno de un enfermo terminal está lleno de interrogantes. ¿Se han puesto todos los medios razonables? ¿Es mejor suspender ya los medios artificiales y dejar que la naturaleza siga su curso? ¿Se podría aliviar más su dolor, aunque los analgésicos abrevien su vida? ¿Se siente acompañado? ¿Comprende que va a morir? ¿Puede alguien decidir por otro que su vida ha llegado a ser insoportable y que es preferible morir? El legalismo de la eutanasia no dará nunca respuestas a las perplejidades, los altibajos, las dudas de conciencia de los médicos, de los parientes, del enfermo. Solo se encontrarán soluciones razonables si están guiadas por el deseo de proporcionar al enfermo el entorno más humano para que pueda afrontar y asumir su muerte.

La eutanasia se presenta como la decisión libre del enfermo, que ejercita su autonomía racional sin coacciones. Pero esto rara vez ocurre en la realidad. Un enfermo es una persona dependiente del médico y de la familia. El médico tiene el control de la información médica disponible y puede plantear las opciones de modo que favorezca una determinada solución. Ante unos hijos nerviosos el enfermo puede experimentar que está siendo una carga. Y no hace falta que los médicos o los familiares estén guiados por intereses torcidos. Basta que exista la posibilidad legal de una salida “rápida e indolora” para que el enfermo acabe viendo su “derecho” a morir como un deber. Por no hablar de otras muchas situaciones en que el candidato a una muerte anticipada no puede decir nada (por coma, depresión grave, enfermedad mental…), y serán otros los que decidirán por él.

Frente al arduo problema del fin de la vida, la eutanasia es una falsa salida técnica. Una solución que, curiosamente, no convence a quienes están más habituados a ayudar a bien morir a otros. Los especialistas en Medicina paliativa, los creadores del Hospice Movement para enfermos terminales, las congregaciones religiosas que atienden ancianos, no se encuentran entre los partidarios de la eutanasia. Si los pacientes están bien atendidos, con competencia y humanidad, la eutanasia no se plantea.

Una sociedad avanzada es la que logra evitar la soledad de los ancianos, la que cuenta con médicos que saben cuidar cuando ya no pueden curar, la que ofrece los cuidados paliativos para dominar el dolor, la que dedica medios a la atención de los enfermos terminales, sin ocultar la muerte. En cambio, legalizar la eutanasia es una declaración de derrota social.

De ahí que la ley holandesa sea un gran paso… en la dirección equivocada. Una ley jurídicamente peligrosa y desmoralizante desde el punto de vista ético.

Ignacio Aréchaga

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares