El referéndum italiano sobre la ley de fecundación artificial

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Duración lectura: 6m. 12s.

Roma. El rechazo de los italianos a la modificación de la ley sobre fecundación asistida, en el referéndum del 12 y 13 de junio, ha sorprendido por lo contundente de los resultados. A pesar de lo incandescente de la campaña referendaria, casi el 75 por ciento de los italianos desertó de las urnas. Se trata de una decisión cargada de significado, pues el “no voto” había sido la opción propuesta por muchas instituciones, entre ellas la Conferencia episcopal. Acudieron a las urnas quienes apoyaban la modificación de la ley, pero aún así el 10% de los que votaron dijeron “no” a los cambios.

Son muy variadas las interpretaciones que se hacen del desenlace del referéndum. Lo que no cabe duda es que las principales derrotadas han sido ciertas “elites culturales” que se habían autoconferido la representación de lo que quería el país. Y que, una vez conocidos los resultados, han lamentado que el pueblo no se hubiera mostrado lo suficientemente maduro para seguir sus consignas. También han sufrido un golpe los principales medios de comunicación, la mayoría de los cuales se convirtieron en promotores activos de la campaña para cambiar la ley.

El referéndum fue promovido por el partido radical -un grupo político de inspiración libertaria que no cuenta en la actualidad con representación en el parlamento- y por los Democráticos de Izquierda, el principal heredero del antiguo Partido Comunista. El objetivo era suprimir de la ley, que fue aprobada por una mayoría transversal parlamentaria en febrero de 2004, los cuatro puntos que la convierten en una de las más equilibradas de Europa (ver Aceprensa 60/05).

Argumentos emotivos

La campaña de los promotores del referéndum se ha caracterizado por el uso de argumentos emotivos, algunos basados además en datos falsos. Así, la supresión de los impedimentos para usar los embriones como material de investigación se presentó no solo como “libertad para la investigación científica”, sino como una promesa de curación para enfermedades como el Alzhaimer, la diabetes o el Parkinson. Un remedio que se entendía al alcance de la mano, a pesar de que la investigación sobre células madre embrionarias no haya producido aún ningún fruto (al contrario que la investigación sobre células madre adultas). El diario “L’Unità” titulaba así su primera página del domingo 29 de mayo: “Referéndum, 4 millones de enfermos condenados por una ley cruel”. Y más abajo se decía que las normas que el referéndum quiere abolir “impiden estudiar las curas” para esas enfermedades.

También se ha acentuado que se trataba de unos cambios a “favor de la vida y de la salud de la mujer”. Pero olvidando que los límites de la ley van precisamente en la dirección de proteger a la mujer contra los bombardeos hormonales y evitar la “producción” de embriones destinados, en el mejor de los casos, al congelador. No han faltado quienes vaticinan que esta ley -tal como está- provocará el incremento del “turismo de la probeta” hacia países donde la legislación es menos rigurosa. Pero también existe un “turismo sexual” con menores, hacia países donde la protección de la infancia deja mucho que desear.

Apoyos transversales

Desde el punto de vista político, lo más significativo es que tanto en el ataque a la ley como en su defensa se manifestaron representantes de la mayoría gubernamental de centro derecha y de la oposición de centro izquierda, como había ocurrido durante la votación parlamentaria, si bien la tendencia general fue el apoyo del centro derecha y el rechazo del centro izquierda. Símbolos de esa “transversalidad” fueron, entre otros, el líder de Alianza Nacional, Gianfranco Fini, quien a pesar de haber defendido la ley en el parlamento apoyó en una entrevista periodística el “sí” para tres de la cuatro modificaciones que proponía el referéndum (expresó su rechazo hacia la cuarta, la fecundación heteróloga). Por su parte, Francesco Rutelli, líder de “La Margarita”, un grupo de la coalición de centro izquierda, expuso durante una rueda de prensa de noventa minutos de duración los motivos por los que se abstenía de votar.

Y es que, desde el primer momento, la batalla no fue del “sí” contra el “no”, sino del “sí” contra la abstención. Según el sistema italiano, cuando un referéndum es de iniciativa popular (bastan medio millón de firmas), toca a los promotores demostrar que su propuesta interesa a la mayoría del país. De ahí que para su validez sea preciso el quórum de votantes (la mitad más uno de los que tiene derecho al voto). Si no se obtiene, el referéndum es inválido y sus promotores no reciben reembolso económico por los gastos (aún así, la consulta costó al Estado italiano más de 380 millones de euros).

El recurso a la abstención -que fue usado por todos los partidos políticos en ocasiones precedentes- se convirtió en este caso en uno de los temas de debate, sobre todo cuando la Conferencia Episcopal Italiana recomendó esa opción a los fieles. Como en un guión ya conocido, se volvió a hablar de que eso suponía un atentado a la laicidad del Estado y de que el Vaticano controla la política italiana. El dato, sin embargo, es que incluso entre los votantes de centro izquierda la abstención superó el sesenta y cinco por ciento.

Laicos y católicos

El uso de la religión como argumento ha estado más presente en quienes apoyaban el referéndum que en quienes lo rechazaban. Los primeros han intentado hacer pasar que las únicas razones para oponerse a los cambios eran las creencias religiosas; mientras que los segundos se han basado más en argumentos de razón y en datos científicos. De hecho, las intervenciones de los obispos han sido muy limitadas y se han referido a la defensa de la dignidad humana.

Posiblemente uno de los aspectos más interesantes de la campaña que precedió al referéndum consiste en la atenuación de algunos disensos y en el nacimiento de otros. Por un lado, se ha registrado una amplia unanimidad entre los católicos italianos; un acuerdo entendido no como una simple “obediencia a los obispos” sino como comprensión de lo que estaba en juego. De ahí que algunos comentaristas favorables al “sí” hayan criticado esa falta de discordia y hayan concedido particular eco a los escasos “católicos adultos” que mostraron su desacuerdo con la jerarquía.

Pero más novedoso aún ha resultado el disenso en el “frente laicista”: personalidades del feminismo y el ecologismo militante, intelectuales conocidos como anticlericales, etc. han mostrado su discordancia con el “pensamiento único” del relativismo y del cientificismo, y han reconocido -con mayor o menor intensidad- que el embrión no es “algo” sino “alguien”. Y que por tanto, los límites que impone la ley vigente sobre fecundación artificial no son frenos a la libertad, sino frenos contra la tiranía del más fuerte. El caso que tuvo más resonancia fue el de la periodista y escritora Oriana Fallaci.

Diego Contreras