¿El “diseño inteligente” es realmente ciencia?

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Duración lectura: 12m. 32s.

Dos explicaciones de la evolución de los seres vivos polemizan ásperamente en Estados Unidos en los últimos meses. Los defensores del “diseño inteligente” (“Intelligent Design”, ID) sostienen que algunas estructuras biológicas ostentan un tipo de complejidad que hace imposible que se hayan formado por pequeños cambios al azar y por selección natural, como explica el neodarwinismo. Sería necesario que dichas estructuras naturales fueran específicamente diseñadas. Para los neodarwinistas, la teoría del ID no sería ciencia, sino un intento de reintroducir una explicación religiosa en la enseñanza científica.

La polémica ha llegado hasta los tribunales, llamados a decidir si el ID debe o no ser explicado en las escuelas junto con el evolucionismo ortodoxo (ver Aceprensa 79/05). A finales de diciembre, un juez de Pensilvania sentenció que no se puede enseñar el ID en las escuelas públicas. Así lo había ordenado el consejo escolar de un distrito de ese estado: pero el juez anuló la disposición, por considerarla una promoción inconstitucional de la religión.

Preguntamos a Santiago Collado, físico y doctor en filosofía, profesor de Filosofía de la Naturaleza en la Universidad de Navarra, que ha seguido este debate.

¿El ID es teología vestida de ciencia o “una inyección de superstición en la enseñanza de la ciencia”, como decía recientemente la revista “Nature”?

— Pienso que el ID ni es teología vestida de ciencia, ni se trata de una superstición que se quiera introducir en la clases de ciencias. La teología es una ciencia que tiene su método propio y se debe hacer de acuerdo con sus exigencias. No parece que sea este el método seguido por los miembros del ID. Los defensores del ID señalan algunos puntos importantes relacionados con los seres vivos, que no quedan, al menos por el momento, satisfactoriamente explicados por la ciencia, más concretamente por el neodarwinismo.

No es una alternativa al darwinismo

¿Los defensores del ID han hecho una verdadera aportación a la filosofía de la ciencia?

— Me parece que, por ahora, no se puede decir que hayan ofrecido una verdadera aportación a la filosofía de la ciencia o a la filosofía de la naturaleza. Los temas que abordan son los que siempre han interesado tanto a científicos como a filósofos. Pienso, sin embargo, que el debate es muy interesante, no por su novedad, sino porque sirve para avivar el debate filosófico en cuestiones importantes, y porque obliga a reflexionar sobre problemas en los que se debe avanzar mucho todavía.

¿La noción de “complejidad irreductible” es un verdadero quebradero de cabeza para el darwinismo?

— Creo que la noción de “complejidad irreductible” es un auténtico desafío para el darwinismo. En mi opinión, obliga a buscar otros caminos dentro de la ciencia, sin excluir ni olvidar los que ya han mostrado su validez, que también ayuden a explicar la asombrosa evolución y complejidad de los seres vivos.

¿Cree que el ID merece ser explicado en las escuelas como una alternativa al darwinismo?

— No me parece correcto plantear el problema en términos de alternativas. El darwinismo ha dado muchos frutos científicos. El ID ofrece, y no es el primero en hacerlo, argumentos que llevan a pensar que el darwinismo no es aceptable como una teoría que pueda explicarlo todo, y quizá ni siquiera lo más importante, sobre la evolución de la vida. El ID no explica lo que ha explicado ya el darwinismo, y el darwinismo parece que no ha encontrado todavía caminos para explicar la formación de algunas estructuras vivas que el ID afirma que son diseñadas.

La ciencia sabe que tiene lagunas importantes en sus respuestas a los problemas que plantea la explicación de la vida. Esto me parece que se puede y se debe decir en las escuelas. Tampoco me parecería justo poner en un plano de igualdad, como teorías científicas, al ID y al darwinismo en la enseñanza de la biología. Sí me parecería correcto explicar los argumentos más importantes que defienden los miembros del ID para mostrar las insuficiencias del darwinismo. Esos argumentos sí tienen una base científica.

ID y providencia

¿El ID es la única explicación de la evolución compatible con el cristianismo?

— Para el cristiano el mundo es creado por Dios y, en consecuencia, el mundo depende en lo más radical, en su ser, de Dios. Las leyes que rigen el comportamiento de la realidad natural forman parte de la providencia ordinaria de Dios sobre sus criaturas. Dios actuó en la creación y sigue actuando con su providencia ordinaria en el momento presente de una manera no menos asombrosa. Dicha actuación es el fundamento de la realidad. Dios puede actuar en sus criaturas de una manera extraordinaria, es decir, superando el alcance de las leyes naturales, pero dicha intervención no es necesaria aunque se haya producido en diversas ocasiones, como por ejemplo en los milagros.

El ID coincide con la teología cristiana en que Dios actúa sobre el mundo, pero parece restar poder a su providencia ordinaria, exigiéndole a Él o a otro ser inteligente desconocido para nosotros, una serie de intervenciones extraordinarias que son las que explicarían la complejidad de la naturaleza tal como la conocemos hoy día. Inicialmente parece que el ID es un refuerzo de lo que dice la fe cristiana: Dios interviene en el mundo. Pero en realidad se está diciendo algo bastante distinto.

La polémica norteamericana

¿A qué se debe que esta polémica se plantee en términos tan ásperos en Estados Unidos?

— Ya desde la publicación de El origen de las especies el debate científico se vio teñido con tintes ideológicos tanto por parte de los defensores del darwinismo como de sus detractores. La sociología particular de los Estados Unidos, la existencia de actitudes fundamentalistas y el hecho de que algunos evolucionistas mantengan, de una manera más o menos encubierta, un materialismo cerrado a la trascendencia me parece que forman parte del problema.

¿Puede salir algo positivo de este debate? Parece haber llevado a muchos científicos a examinar más atentamente las bases de la teoría de la evolución.

— Me parece muy positivo que se esté dando este debate. Lógicamente, no parece positivo el modo en el que a veces discurren los enfrentamientos, pero sí que se estudie con más detenimiento y se profundice en los motivos que subyacen. Entre otros muchos puntos, me parece muy importante el hecho de que se pueda iluminar el papel que debe cumplir la filosofía de la naturaleza, hecha hoy en día sobre todo por científicos, en las reflexiones sobre el mundo material y en nuestra visión del cosmos.

No quiero decir que los científicos no puedan o no deban hacer filosofía, sino que cuando se haga se respete el rigor y la profundidad que le corresponde como modo de conocimiento. Esto último exige, por ejemplo, que las reflexiones sobre estos temas aclaren y pongan de manifiesto los aspectos ideológicos, filosóficos y teológicos (o antiteológicos) que con frecuencia están sólo implícitos en las discusiones.


Darwinismo dogmático

Michael Behe, profesor de Biología en la Universidad de Lehigh (EE.UU.), es uno de los más destacados defensores del diseño inteligente, que expuso en su famoso libro “La caja negra de Darwin” (ver Aceprensa 68/01). En un artículo publicado en la revista “First Things” (diciembre 2005) se queja de la actitud dogmática con que se suelen recibir las críticas al darwinismo.

Behe cita a Chesterton, que en “Ortodoxia” escribió: “El cristiano goza de entera libertad para creer que en el universo existe una considerable porción de orden fijo y desarrollo inevitable. Pero al materialista no está permitido dar entrada en su impecable máquina a la más leve mota de espiritualismo o milagro”. Así, comenta Behe, “a diferencia de los materialistas, los cristianos pueden evaluar serenamente la evidencia sensible”.

Una confirmación de esta tesis es “The Catholic Encyclopedia”, edición de 1907, publicada con “imprimatur” del Card. John Farley, arzobispo de Nueva York, y “bajo los auspicios del Comité para la Verdad Católica, de los Caballeros de Colón”. Esa obra, de la que Behe tiene un ejemplar, incluye un artículo sobre la evolución escrito por dos jesuitas, de los que uno era profesor de biología. Los autores plantean si la teoría de la evolución debe ser rechazada como infundada y contraria al cristianismo, o es una teoría sólida y compatible con los principios cristianos. La respuesta, dicen, depende de lo que se entienda por “teoría de la evolución”. Los autores hacen abundantes distinciones, pero “el “quid” del artículo -dice Behe- es que los cristianos deben permanecer atentos a la evidencia y seguirla adonde les lleve, confiados en que la verdad de la naturaleza no contradice la verdad de Dios”.

Pero, señala Behe, el cristiano que quiere seguir la evidencia se encuentra con un gran obstáculo. Pues “la información sobre el funcionamiento del universo casi en todos los casos llega al público después de pasar por un rígido filtro materialista”.

Prejuicios aceptados

Un ejemplo egregio son los famosos dibujos del zoólogo darwinista alemán Ernst Haeckel (1834-1919), que ilustraron los manuales escolares de biología durante la mayor parte del siglo pasado. Haeckel representó embriones, en temprana fase de gestación, de distintas especies de vertebrados, desde peces y anfibios hasta el hombre. La fuerza de aquellos dibujos residía en que los embriones eran casi iguales, lo que parecía una confirmación gráfica del evolucionismo.

Hoy se sabe que Haeckel se tomó muy amplias libertades con sus láminas, que no muestran los embriones como realmente son. Sin embargo, observa Behe, esos dibujos gozaron del respaldo explícito de personalidades como el Nobel James Watson o Bruce Alberts, hasta hace poco presidente de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. “Pero no hay razones para pensar que la elite científica conspiraba para engañar al público”; simplemente, Watson, Alberts y demás no dudaron de los dibujos de Haeckel porque concordaban con las hipótesis darwinistas.

Prejuicios semejantes llevaron a la aceptación general del experimento de Stanley Miller y Harold Urey (1953), que pasó por ser la prueba de que la vida surgió en la Tierra por reacciones químicas espontáneas. También Behe lo creyó así en otro tiempo, influido por la opinión común de los científicos; pero hoy, después de haber estudiado el asunto, sostiene que la aparición de los primeros seres vivos no se puede explicar por las solas leyes de la materia. Según él, ese es un caso de “diseño inteligente”.

En cualquier caso, hoy el experimento de Miller y Urey ya no se considera válido, y no se dispone de ninguna explicación plausible sobre el origen de la vida (ver Aceprensa 80/03 y 40/99). Pese a todo, señala Behe, los prejuicios permanecen en pie, como muestra un folleto, “Science and Creationism”, publicado en 1999 por la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. Después de reconocer que la cuestión del origen de la vida es “aparentemente insoluble”, la Academia concluye: “La incógnita ya no es si la vida pudo haberse originado mediante procesos químicos a partir de componentes no biológicos, sino qué proceso entre muchos posibles pudo ser el que condujo a la producción de la primera célula”. Behe comenta: “Dicho de otro modo, no importa qué dice la evidencia: la única conclusión concebible es una conclusión materialista”.

Compromiso con el materialismo

Behe ofrece otros ejemplos de científicos para quienes el materialismo es un postulado incuestionable. En un tributo a Carl Sagan con ocasión de su muerte, el destacado biólogo Richard Lewontin escribió en “The New York Review of Books”: “Nuestra disposición a aceptar afirmaciones científicas que van contra el sentido común es la clave para entender la verdadera lucha entre la ciencia y lo sobrenatural. Nos ponemos del lado de la ciencia a pesar de la patente absurdidad de algunas de sus elaboraciones… a pesar de la tolerancia que la comunidad científica concede a explicaciones infundadas, porque tenemos un compromiso anterior: un compromiso con el materialismo”.

Mucho ruido y poco diálogo

Una muestra más, entre las que consigna Behe, viene del bioquímico Franklin Harold, que en su libro “The Way of the Cell” (2001) declara: “Debemos rechazar, por principio, que el diseño inteligente sustituya el diálogo del azar y la necesidad; pero hemos de reconocer que no existen por ahora explicaciones darwinistas detalladas de la evolución de ningún sistema bioquímico, sino solo distintas especulaciones sin base objetiva”.

Lo anterior manifiesta, dice Behe, que el materialismo es una ideología, más que una mera opción científica. Esto ayuda a comprender la pasión con que a menudo se lo defiende, como el autor del artículo sabe por experiencia propia. “A veces, los darwinistas me señalan como el más ‘razonable’ de los partidarios del diseño inteligente porque he escrito que considero verdadera la tesis de la ascendencia común” (o sea, que todos los seres vivos de la Tierra proceden de un mismo ancestro genético).

Pero esto no le ha valido palabras más amables en los debates públicos. “Cuando doy conferencias en defensa de la idea de que se necesita admitir expresamente la inteligencia para explicar algunos aspectos de la biología, la respuesta no suele ser: ‘Interesante, pero no estoy de acuerdo’. No: la gente reacciona con ira, denunciando como herejía intolerable el más leve reparo al materialismo”.

Se ve, pues, que el debate en torno al diseño inteligente tiene mucho ruido y poco diálogo. Es frecuente la confusión de planos, con saltos no reconocidos de la ciencia experimental a la filosofía.

Ahora bien, en la mayor parte de los casos, el materialismo es una ideología no deliberadamente elegida, sino inconscientemente asumida por influencia ambiental. El materialista que decide serlo está en su derecho. Pero ¿cómo asegurar la libertad de los estudiantes, a menudo disminuida por recibir información unilateral? Behe sugiere darles a conocer declaraciones -como las citadas más arriba- de científicos que han optado por el materialismo y contra el teísmo, así como enseñarles ejemplos del pasado -como, los dibujos de Haeckel- que partir de presupuestos materialistas llevaron a admitir teorías falsas o cuestionables.