Aborto y extremismo

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Contrapunto

El veto de Bill Clinton al proyecto del Congreso norteamericano que prohibía el aborto por dilatación y extracción (D+X) enseña una lección interesante sobre dónde está la mesura y prudencia política en estos temas. La medida anulada era de alcance modesto: sólo ponía fuera de la ley un método de aborto especialmente cruel que se emplea en quinientos o mil casos al año. Pero el bando abortista, respaldado por el presidente, no está dispuesto a conceder ni eso.

El método en cuestión consiste en extraer el feto vivo, de seis meses o más, excepto la cabeza, y matarlo. Para ello, se perfora el cráneo y, después de sacar la masa encefálica por aspiración, se lo aplasta para que salga fácilmente por el canal del parto. Algunos médicos opuestos a la prohibición que testificaron ante el Congreso señalaron que no ven la diferencia entre ese sistema y el habitual de matar y despedazar dentro del útero a un feto más joven. No les falta razón; pero, como subrayaron los promotores del proyecto, la D+X termina con la vida de lo que en muchos casos podría ser simplemente un niño prematuro, de modo que borra la frontera entre el aborto y el infanticidio.

El proyecto, pues, aplicaba una estrategia pro-vida no maximalista: avanzar por pequeños pasos, dentro de lo políticamente posible (ver servicio 92/95). Apuntando contra los abortos más extremos, se esperaba recabar el apoyo mayoritario, como efectivamente se logró. Algunas disposiciones del proyecto son buenas muestras de la cautela con que se procedió. Así, la mujer quedaba eximida de responsabilidad penal en todo caso. Y se admitía la D+X cuando corriera peligro la vida de la madre -por el mismo embarazo o por cualquier otra causa- y no hubiera otra forma de salvarla.

Pero Clinton exigía, además, la excepción de riesgo para la salud de la madre. A lo que la mayoría del Congreso se negó, porque la doctrina del Tribunal Supremo define la salud de modo demasiado amplio: incluye “todos los factores -físicos, emocionales, psicológicos, familiares, y la edad de la mujer- relevantes para el bienestar del paciente”. De suerte que la excepción supondría un coladero, mientras que el peligro para la vida no excluye las amenazas realmente graves para la salud. Por tanto, al poner esa condición para no vetar la ley, Clinton indicaba que sólo la firmaría si se la vaciaba de eficacia.

En el debate del aborto, los partidarios siempre han asegurado representar el término medio, frente a la intolerancia pro-vida, que quiere imponer imposibles a las mujeres en situación trágica, etcétera. No cuadra esto con la postura que han adoptado en relación con la medida abortada por Clinton. Desde el principio hicieron casus belli del proyecto, porque supondría la primera prohibición del aborto desde la legalización total en 1973 (todas la restricciones en vigor se refieren sólo a la financiación con fondos públicos o a otras cuestiones colaterales). Y, por limitada que fuera la iniciativa propuesta, no estaban dispuestos a ceder un milímetro. Hay que preguntarse, entonces, de qué lado está el extremismo.

Rafael Serrano

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares