Trabajar menos para conservar el empleo

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Al principio de la actual recesión económica se multiplicaron los despidos. Ahora sigue habiendo, pero se recurre también, cada vez más, a otras formas de capear el temporal. Recortar salarios y horas de trabajo en vez de la plantilla resulta menos doloroso y ayuda a contener el paro. Puede ser a la vez una oportunidad inesperada de ganar tiempo para la familia y aprender a vivir de manera más equilibrada.

En Alemania, como en casi todas partes, grandes compañías han adoptado drásticas reducciones de plantilla. Pero no las del llamado Mittelstand, de cientos o pocos miles de empleados, las que forman como la base del tejido industrial alemán. Son esas empresas, generalmente familiares, de alto nivel tecnológico, que en conjunto constituyen el motor de la economía de exportación alemana, la primera del mundo. Poco conocidas por el público, sin ellas no tendríamos automóviles ni iPods, porque elaboran herramientas y componentes esenciales para una gran variedad de productos. En ellas rige la lealtad entre directivos y empleados, y cuando llegan malos tiempos, despedir es lo último que hacen.

Antes, recurren a las “cuentas de horas”, que implantaron en los años noventa. En tiempos de bonanza, las horas extraordinarias no se pagan sino que se acumulan en la cuenta de cada empleado, para que las cobre cuando llegue una época de vacas flacas. A estas alturas de la crisis, las reservas de horas se han agotado en muchas empresas. Es el momento de redistribuir los turnos para concentrar el trabajo en una semana laboral más corta y ahorrar gastos teniendo la fábrica y la oficina cerrada el resto del tiempo.

Menos horas y menos paga

Si lo anterior no es posible o suficiente, se opta por el Kurzarbeit, por el que se reduce la jornada y el pago, y la seguridad social se hace cargo de hasta dos terceras partes del salario. El sistema se financia con un fondo alimentado por las cotizaciones de los trabajadores y de las empresas. El costo de estas ayudas, que en 2006 y 2007 fue poco menos de 100 millones de euros cada año, se dobló en 2008, y en 2009, según calcula la Agencia Federal de Trabajo, llegará a 2.000 millones. Contribuirán al gasto también algunas grandes empresas que prefieren no despedir: casi 70.000 empleados de Daimler están en régimen de Kurzarbeit.

El equivalente español, llamado expediente de regulación del empleo (ERE), se ha expandido igualmente por la crisis. Ya en 2008 se autorizaron 6.249 ERE para casi 150.000 trabajadores, un 150% más que el año anterior; en los cuatro primeros meses de este año ya se habían superado esas cifras: 6.624 ERE, 227.000 trabajadores. En España, la gran mayoría de los ERE financian la suspensión temporal del empleo; solo el 8,7% (que implican al 3,2% de los trabajadores afectados por expedientes de regulación) son por reducción de jornada.

Fórmulas semejantes son comunes en Europa. A principios de este año, Holanda contaba más de 200 empresas acogidas a tal sistema. También en Gran Bretaña, donde la protección social es menor, muchas empresas evitan los despidos recurriendo a congelar o bajar salarios, acortar la semana laboral, dar excedencias o reducir la aportación a los planes de pensiones de los empleados. Por ejemplo, la filial británica de la consultora suiza KPMG está ahorrando gastos de personal por haber ofrecido dos opciones: tener un día libre más por semana, no retribuido, o tomar un periodo sabático de 4-12 semanas con el 30% del salario. Aceptaron más de ocho de cada diez empleados.

En el sector público y en el privado

Más notable aún es que Estados Unidos ha tomado una dosis de “capitalismo renano”. Aunque allí se despide más que en Europa (la tasa de paro, 9,5%, ha igualado la de la zona euro), la reducción de jornada, salario o ambas cosas para no suprimir empleos se extiende en el sector público y en el privado. Ahora, el ayuntamiento de Atlanta cierra los viernes, pues ha impuesto la semana laboral de 36 horas de lunes a jueves, con un 10% menos de salario. El recorte, aplicado a la gran mayoría de los 5.000 empleados municipales (incluidos los policías, claro que sin el mismo día libre para todos), permitirá ahorrar 11,5 millones de dólares.

Entre otros ejemplos del sector privado, los empleados del New York Times cobran ahora un 5% menos a cambio de diez días libres adicionales; la rebaja en el Boston Globe, otra cabecera del mismo grupo, será del 6%, según lo acordado con los sindicatos.

En total, 6,9 millones de trabajadores en Estados Unidos tienen jornada reducida con motivo de la crisis, dice la Oficina de Estadísticas Laborales con datos cerrados a principios de año. Una encuesta de YouGov para The Economist (27-06-2009) revela que el 5% de los asalariados han aceptado este año un recorte de horas, y el 13%, un recorte de salario. Según otro sondeo, de Watson Wyatt a una muestra de empresas, las que han implantado jornadas reducidas han pasado del 4% en octubre de 2008 al 22% en abril de 2009.

El presidente Barack Obama ha elogiado públicamente “la generosidad de los trabajadores que prefieren cobrar menos a que un amigo pierda el empleo”. A decir verdad, en muchos casos es una generosidad no del todo espontánea, pues uno mismo puede ser de los que pierdan el empleo si no se rebaja trabajo y sueldo para todos. Resulta más curioso que tantas empresas prefieran esta solución, aun donde no impera el ethos renano.

Sorpresa: no hacían falta tantas horas

En teoría, es mejor despedir que bajar sueldos. Quedarse en la calle es un trauma, pero a los supervivientes se les pasa la impresión. En cambio, “el principal inconveniente de los recortes de salario es que crean un ambiente de decepción y la impresión de que se ha roto una promesa, y eso disuelve el cemento que mantiene unida a la compañía”. La cita es de Truman Bewley, profesor de Yale, que estudia el asunto en Why Wages Don’t Fall During a Recession (“Por qué no bajan los salarios durante una recesión”, Harvard University Press, 1999).

Pero la situación actual en muchas empresas, si no a escala macroeconómica, desmiente el título del libro. Desde luego, cuando el empleado mira afuera y ve un gélido invierno de paro, está más dispuesto a ceder, como también si está en peligro la supervivencia de la compañía. Pero además, el recorte no necesariamente hunde la moral de los trabajadores, y puede tener efectos secundarios beneficiosos.

Uno es que suba la productividad, como se ha comprobado en el ayuntamiento de Atlanta. Resulta que se puede terminar el trabajo en 36 horas en vez de 40, y hay menos días de baja por enfermedad.

Un caso célebre es el de la empresa alimentaria Kellogg’s, que en 1930, en plena Gran Depresión, redujo la jornada de 8 a 6 horas, a fin de hacer hueco a un cuarto turno de trabajadores y así ayudar a combatir el paro. Aunque la empresa subió la retribución por hora, los empleados sufrieron cierto recorte de ingresos. Pero, como dice el Prof. Benjamin Hunnicutt en Kellogg’s Six-Hour Day (Temple University Press, 1996), aumentó el rendimiento de los trabajadores, que al cabo de dos años producían en 30 horas semanales tanto como antes en 40, gracias en parte a una mayor mecanización. Subió también la moral, y el 85% de los trabajadores se declaraban satisfechos con la jornada reducida pese a cobrar menos. El sistema se mantuvo, aunque ya solo en parte, hasta los años ochenta.

¿Un vendaje que retrasa la curación?

Una cuestión discutida es si los recortes de jornada contra la crisis son buenos para la economía general del país. En su haber se anota que contribuyen a sujetar el desempleo, y en esa medida alivian la carga de la seguridad social, incluso si se subvencionan “a la europea”, pues el subsidio a un trabajador incurso en un ERE sale más barato que pagarle el seguro de paro. Además, al sostener los ingresos de muchos que en otro caso habrían sido despedidos, frenan la caída del consumo y funcionan como un estímulo a la economía.

Por otro lado, estas medidas, como todas las basadas en inyecciones del Estado, tienen el peligro de disparar el déficit público, que nunca sale gratis: a lo sumo, se puede pasar la deuda a la siguiente generación, lo cual no es muy justo.

Pero aun antes de que el déficit pase de la raya, los ERE y similares merecen, en opinión de otros, una objeción más básica. Las crisis tienen algo de catártico, y los vendajes y cataplasmas, que de momento alivian el dolor, pueden acabar retrasando la curación. El Banco Central Europeo ha advertido que esos planes retienen a los trabajadores en empresas y sectores que deberían abandonar, para estar listos a incorporarse a otros más dinámicos en cuanto comience la recuperación.

Por ejemplo, en Alemania, donde no hubo burbuja inmobiliaria, la industria resistió mejor los primeros embates de la recesión. Pero el descenso de la demanda exterior, pese a una subida moderada del desempleo (de 7,3% a 8,3% en el último año), está haciendo retroceder el PIB más que en otros países (se espera entre un 6% y un 7% en 2009). ¿No debería la economía alemana -plantean algunos- dejar de volcarse tanto en la exportación de bienes de equipo y buscar nuevos terrenos en los servicios? Si así es, el Kurzarbeit está subvencionando actividades en retroceso, a costa de otras con mejores perspectivas.

Otro posible inconveniente es que se fomente la desigualdad, lo que parece claro en España. Sin tantos ERE, la tasa de paro española (17,3%), la más alta de Europa, ¿adónde habría llegado? Pero el desempleo se concentra de manera desproporcionada en el tercio de trabajadores que no tienen contrato fijo o no tienen tanta antigüedad para recibir una elevada indemnización por despido. Quienes lo tienen, también por eso mismo, gozan a la vez de más probabilidad de ser cubiertos por un ERE si las cosas van mal (los compañeros más fáciles de despedir ya no están). Así el dolor queda aún peor repartido.

A la busca del tiempo perdido

En todo caso, las rebajas de horas y sueldo pueden tener repercusiones interesantes para los mismos trabajadores. Naturalmente, el suplemento de ocio no satisface a los parados, ni a los que a su pesar tienen jornada y pago parciales. Pero quizá quienes se encuentran con un descenso de ingresos asumible lleguen a apreciar las horas ganadas. Al fin y al cabo, el tiempo es una forma de riqueza, que se echa muy en falta cuando resulta difícil la conciliación de familia y trabajo.

“Esperemos que esta recesión nos ayude a pensar cuáles son las cosas importantes de la vida”, dice John de Graaf, director ejecutivo de la ONG estadounidense Take Back Your Time (Recupera tu Tiempo) (International Herald Tribune, 2-03-2009). Unas pocas horas más por semana pueden facilitar los huecos necesarios para recoger a los hijos a la salida del colegio, ayudarles a hacer los deberes o acompañarles en sus actividades de ocio; a tener un rato diario de conversación familiar; a recuperar aficiones abandonadas; a cuidar la casa. Ninguna de esas cosas requiere, cada vez, mucho tiempo, pero no se puede hacer a cualquier hora ni con estrés o agotamiento.

En los últimos periodos de alza económica se ha hecho común que las empresas pidan muchas horas extraordinarias, que tal vez luego retribuirán, incluso generosamente, con vacaciones extraordinarias. Pero lo que sobre todo nos falta no es una semana más al año para recorrer el Serengueti, sino una hora más al día para ver a los niños antes de que se acuesten. Los recortes de jornada impuestos por la crisis, como lógicamente suelen distribuir las horas eliminadas de modo regular, pueden dar la ocasión para hallar ese tiempo que el hogar pide a lo largo de la semana, también en los días laborables.

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