Porque te quiero, te educo

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Autor: Jesús García

Ciudad Nueva.
Madrid (2016).
294 págs.
15 €.

Como explica al comienzo del libro, Jesús García ha pretendido plantear una reflexión sobre la esencia misma de la educación, en su sentido más general, y extraer algunas consecuencias prácticas. El resultado está, por tanto, a medio camino entre el ensayo teórico y el manual, aunque quizá más cerca de lo primero.

El autor, con amplia experiencia en las aulas (más de veinte años de docencia en Primaria y Formación Profesional) y en escuelas de padres, propone al lector un viaje para redescubrir toda la profundidad de la tarea educativa, y divide el libro en tres “etapas”. La primera analiza cómo ha ido evolucionando el concepto de educación hasta hoy, y qué tendencias se observan para el futuro. La segunda, más teórica, desarrolla los fundamentos antropológicos en los que descansa la propuesta del libro. La tercera aborda algunas características del buen educador y señala pautas de conducta para padres y profesores.

Revisando el estado actual de la tarea educativa, García acierta a señalar la influencia negativa del individualismo filosófico, transformado primero en relativismo y más tarde en un pensamiento débil que ha arrinconado planteamientos teóricos sólidos en favor de otros caracterizados por la sentimentalidad y el escepticismo. Las consecuencias están a la orden del día: los educandos (hijos o alumnos) exigen ser divertidos, y muchos padres y profesores han validado esta pretensión; con frecuencia se renuncia a transmitir ideales altos, por una concepción utilitarista de la sabiduría; por otro lado, un subjetivismo mal entendido impide que la “tribu educativa” (sea la familia o la sociedad en su conjunto) llegue a acuerdos sobre qué valores han de ser propuestos.

Sin embargo, pese al oscuro diagnóstico de la situación actual, García señala indicios de un prometedor cambio de paradigma. Quizá por el fracaso de los grandes relatos antropológicos –y, por ende, los educativos–, cada vez se subraya más la importancia de las relaciones personales. Esta es, según el autor, la dirección correcta.

La segunda “etapa” del libro proporciona a esta propuesta un fundamento teórico, claramente marcado por el personalismo (cfr. Aceprensa, 16-04-2016). Esta escuela filosófica considera a las relaciones interpersonales (el descubrimiento, la apertura y la donación al “otro”) como indispensables para la formación del propio yo. En clave educativa, García sugiere poner en primer plano a la persona, hijo o estudiante, antes que el “programa”. Solo desde este clima de confianza y reciprocidad, la tarea de los padres y profesores alcanza su función humanizadora de transformar individuos aislados en personas-en-comunidad.


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