Los tiroteos masivos no son la peor cara de las armas en EE.UU.

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Los tiroteos masivos más recientes acontecidos en Las Vegas y en Sutherland Springs (Texas), han vuelto a traer imágenes de muerte y familias destrozadas. Respecto a las armas de fuego –310 millones de ellas en poder de civiles–, parece, sin embargo, que todo seguirá igual. Como advertía un periodista británico, la masacre de Sandy Hook, donde murieron 20 niños pequeños en 2012, “marcó el final del debate sobre el control de armas (…). Una vez que EE.UU. decidió que el asesinato de niños era soportable, todo estaba dicho”.

Precisamente por la crudeza de sus imágenes y lo mediáticas que se vuelven, las masacres cometidas con fusiles semiautomáticos son las que periódicamente resucitan el tema de la necesidad de control. Pero no hay que equivocarse: la mayoría de los estadounidenses que mueren por disparos no son blanco de tiradores desquiciados, sino que son ellos mismos quienes aprietan el gatillo. Los suicidios constituyen dos tercios de las muertes por arma de fuego.

Unos 130 estudios sobre las armas de fuego en 10 países revelaron que las restricciones habían hecho decrecer los índices de homicidios en el ámbito de la pareja y los accidentes mortales en menores

La web periodística independiente The Trace, especializada en el tema de la violencia armada en ese país, pone números a la tragedia al explicar que, cada año, las armas de fuego están involucradas en el asesinato o en algún tipo de afectación física de más de 110.000 personas.

En el caso concreto de los suicidios con estos medios, el artículo, de 2016, señalaba que constituían la décima causa de muerte, pero eran la segunda en el segmento comprendido entre los 10 y los 34 años de edad. Además, añadía un dato aun más interesante: en una gráfica que enumera los 50 estados de la Unión, se puede observar cómo existe una proporción directa entre el número de armas en poder de la población y la tasa de suicidios en cada territorio. Así, Hawai, con menos de un 20% de tenencia, muestra la tasa más baja –unos 3 suicidios por 100.000 habitantes –, mientras que Nuevo México, con un 50%, exhibe un 13 por 100.000, y Wyoming, campeón en cuanto a posesión (75%), un 15 por 100.000.

Las armas, quietas en los cuarteles

Más que ser el medio con el que los ciudadanos aseguran “la defensa de un Estado libre” –según consta en la II Enmienda de la Constitución norteamericana–, las armas se han vuelto el instrumento por excelencia con el que los ciudadanos se quitan la vida en ese Estado.

Lo ratifican las últimas cifras de los Centros de Control de Enfermedades (CDC): en 2014, 33.594 personas murieron a consecuencia de disparos, un 63,7% de ellas (21.399) por suicidio, frente a un 32,8% (11.018) por mano ajena. En comparación con el número de quienes tomaron un arma y se dispararon en 2013 (21.175 personas), se aprecia un incremento.

Suiza llegó a reducir su número de suicidios por arma de fuego sin proponérselo expresamente, cuando en 2003 decidió reducir el ejército nacional y por tanto el número de personas en posesión de armas

Que el número de armas en poder de la población y el índice de muertes autoinfligidas están en relación directa, bien puede ejemplificarse con el caso de Suiza. En una investigación publicada en el American Journal of Psichiatry, el Dr. Thomas Reisch revela que el país alpino llegó a reducir su número de suicidios por arma de fuego sin proponérselo expresamente.

En 2003, con su reforma “Ejército XXI”, el gobierno decidió adelgazar a sus fuerzas armadas y pasar de 400.000 a 200.000 efectivos en un año. Como explica el Dr. Reich, “por razones históricas, Suiza emplea una milicia para su defensa. Entre los cursos de entrenamiento y su servicio de fin de semana, los soldados tienen que guardar su arma en casa, una situación única en Europa. Como resultado, las armas reglamentarias están disponibles en los hogares todo el año. Cuando los soldados concluyen el servicio militar, pueden comprar el arma con descuentos”. El caso fue que, como consecuencia de haberse reducido la tropa, ya en 2004 habían disminuido abruptamente los suicidios por arma de fuego en Suiza: de casi 10 por cada 100.000 varones de 18 a 43 años antes de la reforma, el número descendió a 6 inmediatamente después, y a 4 en 2008.

Según afirma el experto, en el 39% de todos los suicidios de hombres entre 18 y 43 años que se cometieron en el país helvético entre 1995 y 2003 hubo un arma de este tipo. Que ahora haya menos efectivos implica también menos pistolas o fusiles en viviendas particulares, y ello incide en un menor riesgo de autolesión y una mayor supervivencia.

“Aquí vamos otra vez”

En EE.UU., sin embargo, que los civiles ingresen o dejen de ingresar al ejército y que con ello tengan mayor o menor acceso a armas, es lo de menos. La magnitud del sinsentido estriba en que, constituyendo apenas un 4% de la población mundial, los estadounidenses poseen el 42% de las armas, gracias a la laxitud de sus regulaciones y al celo de la Asociación Nacional del Rifle (NRA) para que ello continúe siendo así.

Más amplio que el estudio del caso suizo es el análisis que efectuó un equipo liderado por el Dr. Julian Santaella-Tenorio, de la Universidad de Columbia. Los expertos recopilaron los resultados de 130 estudios de 10 países, acerca de restricciones a la posesión de armas, y constataron que allí donde se aplicaban regulaciones más estrictas (como el chequeo de los antecedentes del comprador o la verificación de que este dispone de un sitio seguro donde almacenar su arma), disminuían los índices de homicidios en el ámbito de la pareja y asimismo los casos de accidentes mortales en menores.

Tales evidencias, sin embargo, no acaban de convencer a los círculos políticos en Washington de la necesidad de un cambio de táctica. En EE.UU., con unas tasas de homicidios y suicidios con arma de fuego que superan ampliamente las del resto de países de la OCDE (exceptuando sus miembros latinoamericanos), algunos expertos ya se refieren al problema en términos de “crisis de salud pública”, pero no parece que tengan todavía el suficiente predicamento.

Según “The Trace”, los suicidios con arma de fuego constituyen la segunda causa de muerte en el segmento comprendido entre los 10 y los 34 años de edad

En su reciente editorial “Heridas y muertes relacionadas con las armas de fuego”, los directivos de prestigiosas publicaciones médicas norteamericanas se preguntan qué pasaría si una enfermedad infecciosa matara en un día a más 50 personas y causara afectaciones un número diez veces mayor en EE.UU. “Probablemente –se responden–, la infraestructura de salud de alta capacidad de nuestro país se prepararía para cuidar de aquellos afectados y estudiaría el problema. Habría prisa por identificar las causas, se llevarían a cabo intervenciones y estas se afinarían continuamente hasta eliminar o al menos contener la amenaza”. Sonaría la alarma, se asignarían fondos, se prepararía una respuesta focalizada…

Nada de eso ocurre, no obstante, para poner freno a la epidemia de las balas, por lo que los editores, poco después de la matanza de Las Vegas, parecen encogerse de hombros: “Henos aquí, nuevamente, con otro editorial”. Otro sobre lo mismo. Y sin atisbos de solución.

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