La Iglesia y el nacionalsocialismo

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Autor: José M. García Pelegrín

Palabra.
Madrid (2015).
191 págs.
13,50 €.

El subtítulo “Cristianos ante un movimiento neopagano” nos recuerda que José María García Pelegrín, madrileño de 1958 y doctor en Historia por la Universidad de Colonia, amplía en este libro el tema que ya trató en Cristianos contra Hitler (LibrosLibres, 2011), donde biografiaba a los beatos Clemens von Galen, Karl Leisner y Franz Jägerstätter, al jurista Helmuth James von Moltke, al militar Wilm Hosenfeld y a la enfermera Irena Sendler. Salvo ésta, todos reaparecen en este libro, al igual que el grupo de resistencia pacífica La Rosa Blanca, al que García Pelegrín dedicó otro libro en 2006.

Ahora, incluye un estudio sobre el voto nazi y el porcentaje de católicos en cada región (mostrando que hubo entre ambos una relación inversa: cuanto más católicos, menos apoyo a Hitler); las divisiones ante el nazismo en las iglesias protestantes y en la católica; el concordato de 1933, la encíclica Mit Brennender Sorge (1937) y la actitud de Pío XII frente al nazismo.

Entre las iglesias protestantes que se opusieron a Hitler destaca la “Iglesia confesora”, 800 de cuyos pastores fueron llevados a juicio en 1937. Pioneros fueron, sin embargo, los católicos bávaros, y a su frente el cardenal Faulhaber de Munich, que ya el 1 de noviembre de 1923 condenaba el “odio ciego contra judíos y católicos” de los nazis y en noviembre de 1930 los calificaba de “herejía incompatible con la visión cristiana del mundo”.

Desde la llegada al poder de Hitler, cifra García Pelegrín en más de 10.315 los sacerdotes (más de un tercio del clero católicos) que fueron perseguidos: a 2.000 de ellos se les multó y 182 murieron como consecuencia de la persecución (104 en campos de concentración). En Dachau estuvieron presos 2.579 sacerdotes católicos de 24 países, 1.034 de los cuales fueron asesinados.

García Pelegrín no aclara –porque no es posible– la autoría del incendio del Parlamento –el 27 de febrero de 1933–, ni por qué el partido católico Zentrum apoyó la ley de plenos poderes que convirtió a Hitler en dictador el 24 de marzo. Expone en profundidad la conveniencia de firmar el concordato –texto que ya se había establecido en 1919 y se negociaba desde entonces– por mucho que Hitler lo aprovechara para su propio prestigio. Ante el incumplimiento reaccionó Pío XI con la encíclica de condena del nazismo en 1937, prodigioso esfuerzo de oposición en su redacción y distribución en secreto.

Precisamente en las represalias ante esa oposición verbal está, probablemente, la mejor explicación a la crítica anacrónica que tras su muerte se vertió contra Pío XII sobre su actitud ante el Holocausto, y que García Pelegrín explica con detalle. Una actitud activa que salvó decenas de miles de vidas –hasta 800.000, según evaluaría en 2002 Ruth Lapide, esposa del escritor judío Pinchas Lapide– y discreción que no equivale a silencio, tanto más cuanto que en el lenguaje de la Santa Sede las alusiones no solían ser explícitas: para el caso del Holocausto, Pío XII dedicó una muy temprana en el radiomensaje navideño de 1942, al hablar de “cientos de millares de personas destinados a la muerte a veces solo por razones de nacionalidad o de raza”. Alusión más explícita –aunque el autor del libro no establece esa comparación– que las del New York Times, cuyos propietarios judíos, para evitar acusaciones de parcialidad, aludían solo a las muertes de “refugiados”, sin especificar raza ni nacionalidad.


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