La “gran sociedad” de Cameron, aguada por el matrimonio gay

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A finales de marzo, los ciudadanos de Inglaterra y Gales podrán pronunciarse a través de una consulta vía web sobre la propuesta de David Cameron de legalizar el matrimonio gay. La plataforma independiente Westminster 2010 denuncia que la consulta es puramente simbólica, ya que pregunta “cómo” quieren llevar a cabo la regulación y no si están a favor o en contra. Este modus operandi no parece coherente con el ideal de la “gran sociedad” (más poder cívico y menos injerencia estatal).

El enfoque conservador-progresista se revela insuficiente para abordar la transformación del matrimonio

Cameron se ha presentado siempre ante la opinión pública como un firme defensor de los “valores familiares”. Pero esta expresión, en boca del primer ministro británico, puede significar una cosa y su contraria.

En la sociedad pro familia imaginada por Cameron es posible reafirmar el valor del matrimonio como siempre se ha entendido y, a la vez, redefinirlo para que sea también la unión de dos hombres o dos mujeres.

Cameron anunció por primera vez su intención de transformar el matrimonio cuando ya estaba en el poder. “Los conservadores –dijo en octubre de 2011– creemos en los vínculos que nos unen; en que la sociedad es más fuerte cuando asumimos compromisos y nos apoyamos unos a otros. Por eso, no apoyo el matrimonio gay a pesar de ser conservador. Apoyo el matrimonio gay porque soy conservador”.

Este discurso es coherente con el empeño de Cameron por diseñar un conservadurismo renovado (cfr. Aceprensa, 9-04-2010) y entiende que, para conseguirlo, debe adoptar una medida que algunos consideran progresista.

Así lo explica un editorial del Daily Telegraph. En un momento en que nada obliga a Cameron a tomar esta decisión, el primer ministro habría tomado la bandera de legalizar el matrimonio gay como “un camino útil para dejar claro que su partido se ha modernizado, a la vez que expresa su voluntad de romper con aquellos que ve como conservadores retrógrados”.

“No está en manos de los gobiernos el redefinir el matrimonio sino simplemente reconocerlo para lo que sirve, y promoverlo y protegerlo como la institución única que es” (Plataforma Westminster 2010)

Etiqueta de progresista
Brendan O’Neill, director de la revista Spiked, denuncia en un blog del Telegraph la tendencia actual a utilizar el matrimonio gay para acreditar un supuesto progresismo. Sorprende, dice, la velocidad con que el matrimonio homosexual ha pasado de ser “una preocupación que afectaba únicamente a una minoría a convertirse en la primera de las modernas guerras culturales”.

“Esto sugiere que el matrimonio gay es más una herramienta de la elite que una demanda del pueblo. (...) La clase política y los medios abrazan con entusiasmo esta causa para demostrar sus valores liberales y cosmopolitas. Apoyar el matrimonio gay es hoy un camino rápido para mostrar la propia superioridad sobre el populacho”.

Para O’Neill, el uso del matrimonio homosexual como plataforma desde la que proclamar al mundo una sensibilidad exquisita es precisamente lo que estaría llevando a descalificar a los discrepantes. Quienes afirman que el matrimonio sólo puede ser la unión entre un hombre y una mujer “no son simples reaccionarios o mentes equivocadas sino gente moralmente sospechosa e incluso malvados”.

Pero el enfoque conservador-progresista se revela insuficiente para abordar la transformación del matrimonio. Añade el Telegraph en el editorial mencionado: “Además de despertar pasiones en ambos lados del debate, la propuesta está cargada de consecuencias imprevisibles. También plantea incógnitas profundas que afectan de lleno a nuestra sociedad: cómo criamos a nuestros hijos, qué familia une y qué valores promovemos”.

Si Cameron quería favorecer el compromiso conyugal y las relaciones estables, podía haber escuchado las recomendaciones de sus propios expertos. El think tank The Center for Social Justice ha publicado varios informes en los que muestra, a partir de las conclusiones de las ciencias sociales, por qué es mejor apoyar el matrimonio de siempre antes que otras formas de convivencia (cfr. Aceprensa, 23-07-2009).

También los obispos católicos han prevenido contra este experimento. En una carta pastoral leída en las parroquias el domingo 11 de marzo, advierten de las consecuencias que tendría: “La ley contribuye a configurar los valores sociales. Un cambio en la ley necesariamente acabaría transformando en la gente la manera de entender la finalidad del matrimonio”.

Diez razones para no transformar el matrimonio
La propuesta de Cameron ha hecho que reaccione la plataforma Westminster 2010. Pensada para defender las opciones de los cristianos en cuestiones relativas a la vida y la familia, esta plataforma cívica expone diez razones para no legalizar el matrimonio gay en Gran Bretaña. Sintetizo lo que me parece más relevante de cada argumento:

1. El matrimonio entre hombre y mujer es una institución social, no un invento que el Estado puede moldear en función de los deseos de un colectivo. “No está en manos de los gobiernos el redefinir el matrimonio sino simplemente reconocerlo para lo que sirve, y promoverlo y protegerlo como la institución única que es”.

2. Desde que entró en vigor en 2004 la Civil Partnership Act, las parejas del mismo sexo tienen los mismos derechos a que da acceso el matrimonio (se estima que más de 20.000 homosexuales disfrutan ya de estos beneficios). De modo que no es necesario redefenir el matrimonio para el conjunto de la sociedad.

3. Cameron no incluyó en su programa electoral la decisión de legalizar el matrimonio gay. Además, la consulta que ofrece ahora al pueblo inglés es puramente formal, ya que no se les pregunta “si” debería aprobarse o no sino “cómo” hacerlo.

4. La igualdad no es uniformidad. En una sociedad libre aceptamos pacíficamente que hay una serie de actividades que no todos podemos realizar. Por ejemplo: los hombres no pueden participar en las carreras de 100 metros femeninos, ni los menores beber alcohol, votar o conducir. Pero eso no supone menosprecio para nadie; sencillamente no reúnen las condiciones necesarias.

5. Dado que ninguna otra forma de convivencia proporciona la misma estabilidad que los matrimonios formados por un padre y una madre involucrados en la educación de sus hijos, las políticas sociales han de promover el matrimonio igualitario como un bien social para niños y adultos.

6. Lo anterior no se cumple en aquellas formas de convivencia en que la relación biológica complementaria entre hombre y mujer –que presupone “la vinculación natural entre intimidad sexual y procreación”– es sustituida por las técnicas de reproducción asistida. La propuesta de Cameron elimina esa diferencia específica que aporta el matrimonio y aumenta el riesgo de que prolifere “el número de familias en las que se confunde la identidad biológica, social y familiar”.

7. Redefinir el matrimonio sería complejo y caro. Entre otras cosas, porque habrá confusión con el régimen legal de las parejas civiles registradas (homosexuales o no). Se calcula que el coste de implementar el matrimonio gay en el Reino Unido rondaría los 5.000 millones de libras.

8. Al cambiar la definición legal del matrimonio, las escuelas se verán obligadas a enseñar a los niños que el matrimonio puede ser entre un hombre y una mujer, entre dos hombres o entre dos mujeres. “Esto puede confundir a los niños cuyos padres desean enseñarles de acuerdo con sus propios valores y su visión del mundo. Aquellos padres que objeten pueden verse desautorizados a los ojos de sus hijos, estigmatizados como homófobos e impedidos a participar plenamente en las escuelas”.

9. Si la definición legal del matrimonio se puede cambiar en función de los deseos del colectivo gay, nada impide que otros colectivos como los polígamos o los “poliamorosos” (cfr. Aceprensa, 5-09-2010 y 29-11-2011) exijan lo mismo para satisfacer sus intereses.

10. Redefinir el matrimonio podría conducir a discriminaciones basadas en la fe, y a vulnerar los derechos de conciencia de individuos y organizaciones que no están de acuerdo con el matrimonio gay. Por ejemplo, al exigir a las agencias de adopción católicas que acepten a parejas homosexuales (cfr. Aceprensa, 3-11-2010).


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