James Watson hace unas declaraciones racistas

La cara fea del materialismo

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El premio Nobel James Watson se ha atraído un aluvión de críticas por sus declaraciones despectivas para los negros en The Sunday Times (14-10-2007). Aunque preferiría que fuera de otra forma, dice, de hecho no existe la igualdad que se supone entre las razas. Así, sobre las personas de origen africano, precisa: “Todas nuestras políticas sociales están basadas en la idea de que su inteligencia es la misma que la nuestra, pero en realidad todas las pruebas señalan lo contrario”. Y asegura que eso es algo que sabe “cualquiera que ha tenido empleados negros”.

Con este motivo se le han dirigido reproches que en el fondo son atrasados. Ahora que se lamenta que “un científico tan reputado” haga comentarios “acientíficos y sin ninguna base” (Keith Vaz, diputado laborista), o se señala que “es un destacado biólogo molecular y no debería entrar en temas en los que no está cualificado” (Steven Rose, neurobiólogo), recordemos que Watson lleva años haciendo eso mismo.

Por ejemplo, en su libro Pasión por el ADN, cuya primera edición original es de 2000 (ver Aceprensa 118/02), se manifiesta partidario de la eugenesia, asunto para el que su condición de biólogo molecular no le confiere cualificación. En distintas ocasiones, como en el cincuentenario del descubrimiento que le valió el Nobel -junto con Francis Crick y Maurice Wilkins-, ha hecho comentarios acientíficos a favor de la clonación humana y la manipulación genética (ver Aceprensa 63/03).

Watson suele invocar los hechos, la ciencia en apoyo de sus opiniones, como ahora, y tacha las posturas contrarias de “prejuicios religiosos”. Si esta vez no se le ha pasado por alto que se extralimite, no es porque su pasión por la eugenesia sea más “científica” que sus ideas sobre la inteligencia de los negros, sino porque el racismo es, por fortuna, contrario a la sensibilidad general contemporánea.

Pero las opiniones de Watson, las que causan indignación y las que tantos reciben con la reverencia debida a un Nobel, vienen de la misma raíz. Watson suscribe una ideología materialista que ve en el hombre un mero producto de la evolución y considera los derechos humanos como estipulaciones del contrato social. Si, por no admitir en las personas la presencia de un espíritu trascendente a la dimensión biológica, no ve inconveniente en eliminar a las que sufran graves defectos congénitos, no se le puede acusar de incoherente cuando niega la igualdad de las razas por creer que existen diferencias genéticas.

Desde luego, adherirse al materialismo no por fuerza hace a uno racista; pero no ayuda a evitarlo. Algo de razón tiene Watson cuando atribuye a la religión posturas contrarias a varias de las suyas. La igual dignidad de todos los seres humanos no era sostenida por casi nadie antes del cristianismo; unos que hace más de dos siglos la proclamaron solemnemente no la basaron en el ADN, del que no tenían noticia, sino en que “todos los hombres nacen iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”; los negros empezaron a ser librados de la esclavitud merced a los “prejuicios” de unos cuáqueros.

Con sus declaraciones sobre los negros, Watson no se ha desdicho de su ideología materialista: solo ha mostrado de ella la cara más fea.


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